Bob Dylan, dejando huella en la alfombra roja de la historia

Bob Dylan, dejando huella en la alfombra roja de la historia

Bob Dylan abre la puerta del cielo literario

Poeta torrencial, maestro del caos

Me atrevería a decir que el galardón llega tarde

El País

El premio Nobel a Bob Dylan es una noticia feliz. Primero, porque le da a uno la razón: llevo diciendo por lo menos 20 años que Dylan es el mejor poeta de América y de la lengua inglesa actual y también el que más ha influido en varias generaciones. Así que en cierto modo me atrevería a decir que el galardón llega tarde. La dicha es, por suerte, buena: el gesto de la Academia Sueca hace que todos los que nos dedicamos a dignificar las palabras en el pop nos sintamos premiados con él.

En segundo lugar, porque creo que manda un mensaje evidente a aquellos que se han dedicado a reducir durante décadas el oficio de la canción popular a las cosas tontas de ‘chico conoce a chica’ o las historias banales del sábado noche. Desde ayer, nuestro mundo ha quedado elevado a la categoría de alta cultura, y eso está bien.

Y por último, porque cierra en cierto modo un círculo íntimo para mí. La primera vez que escuché a Dylan fue a los 18 años, cuando una novia inglesa me lo puso en mi casa de Granada. No entendí una palabra de lo que decía, pero tuve claro que me estaba hablando a mí. Su manera personal de jugar con la fonética, de escupir las palabras, de frasearlas, consiguió que aquel poeta que yo entonces quería ser decidiese convertirse en músico. Sobra decir que Dylan me cambió la vida.

Después llegó el estudio de su música. He leído sus letras a conciencia (aunque no diría que me han influido en la escritura; él es un poeta torrencial, un maestro del caos, yo soy más académico) y debo de tener unos 100 libros sobre él. Escucho todos sus discos, incluso los que no me gustan. También le he visto muchas veces en directo desde aquel lejano concierto en el campo del Rayo Vallecano con Santana. Ha habido veladas maravillosas y otras en las que me ha irritado.

Y si me preguntan si un músico en español podría ganar el Cervantes, la respuesta es: sí. Y tengo un candidato: Joan Manuel Serrat, que es el maestro de todos nosotros.

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La elección del músico de Minnesota reconoce la revolución cultural de los 60

DIEGO A. MANRIQUE

Madrid Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura

Tras años siendo un improbable candidato, Bob Dylan ha ganado el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca lo argumenta finamente: “Por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. La elección tiene, sin embargo, otras lecturas: de alguna manera, se reconoce la revolución cultural de los sesenta, de la que Dylan fue esencial catalizador. Se interpretará igualmente como un triunfo generacional, de los llamados baby boomers.

Revisando el cartel del pasado Desert Festival, se hacían cábalas sobre la relativa importancia de cada participante: Dylan, los Rolling Stones, Paul McCartney, Neil Young, The Who, Roger Waters. Olvidemos fama y ventas: resulta evidente que solo uno de ellos tiene categoría de maestro. Una palabra demasiado desgastada, pero que aquí se aplica literalmente: todos los demás invitados estudiaron los discos de Dylan, desde 1965, si no antes. Las letras del rock cambiaron radicalmente a partir de sus primeros álbumes. Ampliaron su temática, enriquecieron sus técnicas expresivas, buscaron aliento poético, se alargaron. Acierta el tópico: “Elvis liberó el cuerpo, Dylan hizo lo mismo con la mente”.

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Había sido rockero en sus inicios (escuchen Mixed up Confusión, su primer single, de 1962) pero se mimetizó con el ambiente del Greenwich Village neoyorquino). Reconvertido en folk singer, pronto superó a sus preceptores en la acidez de sus canciones políticas, en su agridulce repertorio amoroso, en la forja de un cancionero personal que oscilaba entre el surrealismo y unos monólogos interiores particularmente torrenciales. Avisó del cambio de perspectiva con Another Side of Bob Dylan (1964). Pero nadie estaba preparado para la tormenta de decibelios que vendría al año siguiente.

Ejemplo moral

Dylan también ha funcionado como ejemplo moral. Resistió impertérrito las críticas mordaces de la izquierda y los abucheos ocasionales que siguieron a Like a Rolling Stone. Tras encabezar —sin pretenderlo— la insurgencia juvenil, en 1966 se retiró justo cuando la contracultura saltaba de la bohemia a las masas. Primó su familia sobre aquella teórica revolución y recibió sopapos sin cesar. Su casa de Nueva York hasta se vio asediada por patéticas manifestaciones de creyentes que exigían que tomara de nuevo la bandera de la rebelión.

No lo hizo, aunque ocasionalmente diera rienda suelta a su ira ante la injusticia racial (Hurricane o la mucho menos conocida, George Jackson). De hecho, se emperraba en llevar la contra: lanzó un disco de retales, Self Portrait (1970), posiblemente en respuesta a la popularidad de los discos piratas que recogían sus grabaciones inéditas. Si el Viejo Testamento había formado parte de sus cimientos culturales, en los setenta visitó Israel y flirteó con el sionismo. Aún con todos esos precedentes, alienó a lo que quedaba de su público cuando, hacia 1978, se transformó en un cristiano fundamentalista, facturando poderosas canciones de fuego y azufre. Por si fuera poca cosa el reto a unos oyentes escasamente religiosos, reforzaba sus conciertos con unos sermones apocalípticos cuya lectura —el pintor Francesco Clemente los reunió en un librito de su editorial, Hanuman— todavía produce bochorno.

 Bob Dylan durante la grabación de su primer disco en Columbia Studios (Nueva York) en 1962.ver fotogalería

Bob Dylan durante la grabación de su primer disco en Columbia Studios (Nueva York) en 1962.  CORDON PRESS

FOTOGALERÍA| Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016

Ya en los ochenta, desistió de evangelizar a su descreída parroquia. Iniciaba una peregrinación aparentemente marcada por la desesperación profesional. Se puso a las ordenes de productores de éxito que prometían acercarle a los compradores de discos: Mark Knopfler, Arthur Baker, Daniel Lanois, David y Don Was; hasta cedería a la moda con un descuidado MTV Unplugged (1995). Sufrió una aterradora etapa de sequía compositiva, que tapó con colecciones de canciones folclóricas, como Good as I Been to You (1992) o World Gone Wrong (1993). Para más inri, por aquel tiempo, su hijo Jakob se convirtió en superventas al frente de The Wallflowers.

Se apuntó a giras con Tom Petty & the Heartbreakers y los Grateful Dead. Con los sanfranciscanos aquello fue particularmente desastroso —“se ponía a tocar canciones que no habíamos ensayado y que él tampoco dominaba”— pero tuvo una revelación. Lo contó en Crónicas (2004), el único tomo publicado de una prometida trilogía autobiográfica: descubrió una manera de reinventar sus canciones, sin importarle que sonaran irreconocibles. Y confirmó su vocación de músico itinerante: desde 1988 ofrece alrededor de un centenar de actuaciones al año, ritmo que ninguno de sus compañeros del rock se ha atrevido a imitar.

Todos estos volantazos estuvieron rodeados de misterio. La mayoría de los encuentros periodísticos con Dylan se caracterizan por su tono evasivo o arisco. Para ser el cantante más analizado del planeta, objeto de una inmensa bibliografía, ha sabido mantener muchos secretos sobre su vida privada. Solo en 2001, gracias a la investigación del británico Howard Sounes, se supo que estuvo seis años casado con Carolyn Dennis, corista de su grupo góspel, con la que tuvo una hija. Cada poco nos da una sorpresa que sugiere una mente inquieta, que no puede detenerse: expone pinturas, trabajos de forja…

Sin acrobacias

Ayuda que Dylan haya resuelto el enojoso trance de grabar. Nada de acrobacias en el estudio: desde Love and Theft (2001) se autoproduce, bajo el seudónimo de Jack Frost, apoyado por su banda de directo y algunos amigos. Su sonido y sus arreglos son ahora formalistas.

Desde 1997, los vientos soplan a su favor. Ese año, sufrió una pericarditis que estuvo a punto de reunirle “con Elvis”. Fue un mazazo entre sus seguidores, que le creían poco menos que indestructible. Desde entonces, sus excentricidades parecen más tolerables. ¿Que tocó para Juan Pablo II? “¡Le sacó una pasta al Vaticano!”. ¿Que se detectan abundantes plagios en canciones o escritos?. “Está recuperando a autores olvidados”. ¿Que hace publicidad para lencería, bancos o automóviles? “Se burla del comercialismo de nuestra era”. El espaldarazo recibido desde Estocolmo confirma que hasta el establishment literario se ha rendido a sus idiosincrasias. Es el reconocimiento definitivo a una vida tan intensa como creativa.

ESTRATEGIA DE COMERCIALIZACIÓN

Felizmente para Dylan, existe un Jeff Rosen. Es quien racionaliza su actividad y organiza sus tours. Desde 1991, confecciona la Bootleg series, ya con 12 entregas: minuciosos rescates de directos, tomas alternativas y maquetas que antes eran territorio exclusivo de pirateadores. Rosen ha ido adquiriendo material gráfico y cintas de audio y vídeo, para diferentes proyectos: se dice que realizó las entrevistas del documental No Direction Home, que luego Scoresese se ocuparía de montar. Se alternan así los discos frescos con los históricos: en 2016 coincide Fallen Angels, la segunda parte de su homenaje a Sinatra con una integral de los turbulentos conciertos de 1966, en 36 CD.