Edith Wharton, vida y fantasmas de una escritora sin cadenas

Edith Wharton, vida y fantasmas de una escritora sin cadenas

Páginas de Espuma publica los primeros 43 cuentos de la gran señora neoyorquina

CARMEN MORÁN BREÑA

Madrid

Edith Wharton fue contemporánea de Virginia Woolf y de muchas otras escritoras a las que no les faltaron lectores y que vivieron una época apasionante como mujeres. Cabalgaron la velocidad del siglo XIX al despedirse y los fogonazos con los que se desperezó el XX. De las faldas y refajos a los pantalones; de la bicicleta al avión; las sufragistas, los divorcios… Un mundo que prestaba todos sus cambios para destacar como pioneras. Wharton (1862-1937), tres veces candidata al Nobel, fue la primera mujer que consiguió un Pulitzer, con La edad de la inocencia, y también la primera con un doctorado honoris causa por la Universidad de Yale. A pesar de todo, nada ha impedido que perdure en la historia como la pupila de su amigo Henry James, cuando la valía de ambos solo puede dirimirse en el terreno de los gustos literarios.

Páginas de Espuma publica ahora el primer volumen de sus Cuentos Completos (el siguiente saldrá el año que viene), los que van de 1891 a 1908, una oportunidad de acercarse a ese otro género que también cultivó la autora de Ethan Frome y La casa de la alegría. Wharton también llega la primera a esta colección de cuentistas donde solo había, hasta ahora, autores masculinos.

A las libertades conquistadas, la neoyorquina sumó el descaro con el que llegaban al viejo continente los enriquecidos estadounidenses entonces. Mientras la sangre azul europea se resistía a abandonar sus escayolados protocolos de terratenientes, Wharton se paseaba en su coche, amaba por igual a hombres y mujeres, conseguía su divorcio, ganaba dinero a porfía con sus novelas y se adentraba como reportera por los frentes de la primera Guerra Mundial a lomos de una moto. Sin límites. Y todo eso sin apearse de su condición de gran señora. Conservadora en su ideología, se manifestó contraria a las sufragistas y antifeminista, pero pocas lo fueron tanto como ella. “Era la contradicción en estado puro, una loca suelta”, se ríe la escritora Clara Obligado, que ha prologado el volumen. “Lo mismo se carcajeaba de la maternidad o del matrimonio que se aliaba con los hombres. Era de derechas, pero su literatura es profundamente progresista. Escribe de criadas, de clases medias, tenía una visión social muy amplia. No juzgaba, pero exponía los privilegios de los de su clase. Escribía para entenderse a sí misma”.

Decoración interior

Obligado destaca entre esas contradicciones que lo mismo escribía de asuntos peliagudos en aquellos tiempos que se daba a aficiones propias de las señoras de postín, “la decoración interior, los perritos, la moda”. Eso, explica la escritora, le fraguó una imagen de elegancia apolillada que debe revisarse porque su valía intelectual y sus relatos “no necesitan defensa”. Eran los años de los fantasmas, aires góticos en la temática literaria que a las mujeres les venían muy bien para exponer sus propios miedos, su espiritualidad. Wharton desarrolló una gran sensibilidad hacia lo misterioso y oculto de la existencia.

El volumen ha sido traducido por un equipo de traductores que trabajan en coherencia: Maite Fernández Estañán, Eva Gallud, Juan Carlos García y Emma Cotro. Para esta última, Wharton es “fácil de leer y difícil de traducir: alta literatura”.

Viajera incansable (España, Italia, Marruecos), Wharton instaló su residencia en Francia, donde murió en 1937. Su apasionante biografía no ensombrece una literatura que siempre contó con la mirada crítica de su institutriz, Anna Catherine Bahlmann, quien, como dice Obligado, la corrigió desde pequeña la miopía con la que miraban los de su clase.