105 Asamblea de la CEM

105 Asamblea de la CEM

Obispo RODRIGO AGUILAR MARTÍNEZ

SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS

miércoles 11 de abril de 2018

Parte importante del objetivo general de esta Asamblea es revisar el documento final del PGP 2031-2033. El proceso de elaboración, en espíritu sinodal, ha sido fatigoso, pero también fructuoso, y ayer hemos llegado a su aprobación. Nos toca ahora aplicarlo en nuestras Diócesis y Provincias, conscientes de que no elimina sino que respalda y fortalece nuestros respectivos planes pastorales, de modo que, manteniendo el espíritu sinodal como Iglesia que peregrina en México, nos dejemos iluminar por el acontecimiento de la Redención de nuestro Señor Jesucristo y el acontecimiento Guadalupano, a fin de asumir las opciones y los compromisos pastorales.

Desde luego que también nos ilumina y compromete la Palabra de Dios propia de este Tiempo Pascual y que está siendo proclamada diariamente, una lectura casi continua de los Hechos de los Apóstoles y, en parte, del Evangelio de san Juan.

El Evangelio de hoy también ha sido proclamado en el Tiempo de Cuaresma. De modo que hemos de meditarlo ahora en la ubicación litúrgica de la Pascua, dando el paso que Jesús sugiere a Nicodemo, quien es “varón principal entre los judíos” (Jn 3,1), pero titubeante y escondido discípulo de Jesús. Resucitar con Cristo significa obrar el bien conforme a la verdad, acercarnos a la luz, de modo que seamos testigos de que nuestras obras están hechas según Dios (cfr. Jn 3,21).

Pero todavía cabe preguntarnos si de verdad hemos resucitado con Cristo Jesús. Como decimos en el borrador del PGP, “con humildad reconocemos que en nuestro modo de ser pastores, en algunos momentos parecemos más jueces, dueños o líderes de una estructura humana, que agentes dóciles al Proyecto del Reino de Dios. Confesamos que no hemos respondido con generosidad al valor esencial de la comunión, especialmente en la colegialidad entre nosotros como Obispos.” (Id, 72). “Como obispos vemos con inquietud que nuestro Pueblo reclama aún mayor acompañamiento espiritual y un especial coraje profético frente a las circunstancias actuales, basado en el testimonio humilde, la vida sencilla, la cercanía habitual al Pueblo de Dios. Como nos lo señaló el Papa Francisco, pastores que sepan reflejar la ternura de Dios, con mirada limpia, de alma transparente y mirada luminosa, que tienen en su rostro las huellas de ‘quienes han visto al Señor’, de quienes han estado con Él” (Id, 73).

“Escuchando [a Nietzsche], pareciera que nosotros, los Obispos, y con nosotros muchos cristianos, somos los primeros que no acabamos de creer nuestra confesión de fe, no se nos nota la redención, no vivimos de acuerdo con nuestra condición de redimidos.” (Id, 95).

¿Qué podría estar sucediendo? En relación al Misterio Pascual de Cristo Jesús, nos encontramos en el “ya” y “todavía no”. El “todavía no” es reflejo de la fragilidad e imperfección nuestra y de nuestro derredor; como lo es la actitud titubeante de Nicodemo, y que en nosotros es indicativo de que no nos hemos unido a fondo a Cristo crucificado y a Cristo sepultado, de ahí que también podamos quedarnos cortos para celebrarlo resucitado.

Ahora bien, los apóstoles, que habían seguido vacilantes a Jesús, ahora con la resurrección de su Maestro y con el don del Espíritu Santo, se han transformado en valientes testigos-misioneros de Jesús: No se asustan ante las amenazas e intimidaciones que les hacen para que no hablen ni enseñen en el nombre de Jesús. Más bien escuchan las indicaciones del ángel, que los envía al templo “a enseñar al pueblo todo lo referente a esta nueva vida” (Hch 5,20). Eso les dice el ángel en la misma noche que los saca de la cárcel. Debió haber sido una noche de situaciones y vivencias muy variadas, con poco tiempo para dormir, pero los apóstoles atienden con prontitud la orden y así “se fueron de madrugada al templo y ahí se pusieron a enseñar.” (Id. ) Ya nos dirá el texto de la Palabra de Dios de mañana otros aspectos valiosos de la respuesta de los apóstoles.

Con el salmo responsorial reafirmamos: “Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores… Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado. [Por eso] haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.” (Sal 33, 5ss).

Cómo necesitamos aprender de los apóstoles, nosotros sus sucesores, para enseñar con nuestras palabras y con nuestro nuevo estilo de vivir que nos convence y compromete esta nueva vida de Jesús.

También la liturgia de hoy nos presenta el testimonio de san Estanislao, obispo de Cracovia, que vive plenamente su sacerdocio y luego su episcopado dando testimonio de esa nueva vida, que confirmará con el martirio: efectivamente, como obispo de Cracovia, un tiempo colaborador y amigo del rey Boleslao II, luego, cuando éste, a pesar de sus grandes cualidades de gobernante, sin embargo comete tropelías de injusticias y vida disoluta, no duda san Estanislao en sugerirle cambio de conducta, primero con bondad y precisión, pero luego llega a excomulgarlo, lo que provoca que el rey ordene la muerte del obispo y él mismo, tras un intento fallido de sus esbirros, sea quien ejecute ese acto. La firme y valiente actitud de san Estanislao nos estimule a saber colaborar con las personas de autoridad que son honradas y justas, pero también a desvincularnos de quienes actúan de forma tiránica y corrupta. El proceso electoral en que nos encontramos, que se prolongará en el período postelectoral, es álgido y requiere de nuestro sabio discernimiento y compromiso.

Igualmente el cambio de época –secularista, relativista, hedonista, consumista-, intenta seducirnos y amoldarnos, o hacernos entrar en pesimismo e impotencia. Pues bien, en esa atmósfera estamos llamados a ser testigos y sólidos compañeros de camino de los jóvenes, por ejemplo ahora en este Año de la Juventud hacia el Sínodo de octubre próximo.

Pidamos a Dios la gracia de nuestra conversión para ser testigos de la Luz,  o sea de Cristo crucificado-resucitado. En el PGP decimos que “creemos que el desafío fundamental es entrar en un profundo proceso de conversión, y nosotros, los obispos, somos los primeros que debemos dar ejemplo de ella” (Id, 165). Pidamos a Dios la sabiduría y prudencia para saber acompañar a quienes dudan o se alejan de la fe; la fortaleza para anunciar, celebrar y servir a Cristo, Hijo amado, Siervo doliente, Cordero Inmolado.

Personalmente, me siento en necesidad y actitud de conversión, aprendizaje, seguimiento y testimonio en la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, que Dios me ha encomendado. Hay conceptos que antes me resistía a escuchar y aceptar, como el de “Iglesia autóctona”, “teología india”, “teología de la liberación”, “Iglesia liberadora”. Ahí debo ser firme discípulo y apasionado misionero de Jesucristo.

Como decimos en el Salmo responsorial, El Señor nos librará de todos nuestros temores. Somos conscientes de que el Señor no siempre libra de las acciones injustas que incluyen cárcel e incluso muerte; pero ciertamente, en la medida que estemos disponibles, nos librará de la confusión, el abatimiento y el poder definitivo del imperio de la maldad, la corrupción y la ilegalidad.

Los apóstoles y san Estanislao nos estimulen a una esperanza más honda, más elevada, sostenida e iluminada por la cultura del Evangelio de la Vida, con la convicción de la vocación a la santidad, a la cual nos acaba de convocar el Papa Francisco en su reciente Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”. “La santidad, [que] es el rostro más bello de la Iglesia” (Id, 9), nos atraiga, nos lleve a cancelar falsos conceptos y perspectivas y a asumir precisos criterios en la vida diaria. Todo esto nos lleve a “contribuir en la construcción de un México más justo, reconciliado y en paz.” (Objetivo del trienio).

Señor Jesús, ayúdanos a no pretender resolver los problemas fundamentados en nuestra sabiduría y nuestro esfuerzo, sino abandonados confiadamente en tu poder, en tu encarnación y en tu misterio pascual que nos ha redimido.

Virgen María de Guadalupe, que reconozcamos tu presencia amorosa, que nos reconozcamos en tu regazo materno. Que aprendamos de Ti a llevar en nuestro interior a Jesús, para darlo generosamente a los demás.