Las Lenguas Originarias

SITUACIÓN DE LAS LENGUAS ORIGINARIAS

En este 2019 año internacional de las lenguas maternas, es importante recordar los señalamientos del Documento adoptado por la “Reunión Internacional de Expertos sobre el programa de la UNESCO “Salvaguardia de las Lenguas en Peligro”, realizada en París, entre el 10 y el 12 de marzo de 2003.

Este Documento señala que la diversidad lingüística es esencial en el patrimonio de la humanidad y que cada lengua encarna la sabiduría cultural única de un pueblo. Por consiguiente, la pérdida de cualquier lengua es una pérdida para toda la humanidad.

Aunque todavía existen aproximadamente seis mil lenguas, muchas están amenazadas. Una lengua está en peligro cuando sus hablantes dejan de utilizarla, cuando la usan en un número cada vez más reducido de ámbitos de comunicación y cuando dejan de transmitirla de una generación a la siguiente. Es decir, cuando no hay nuevos hablantes, ni adultos ni niños.

El Documento de la UNESCO nos advierte que incluso idiomas con muchos millares de hablantes ya no se enseñan a los niños; al menos el 50% de las más de seis mil lenguas del mundo están perdiendo hablantes. Según nuestros cálculos, cerca del 90% de todas las lenguas podrían ser sustituidas por lenguas dominantes de aquí a finales del siglo XXI.

El peligro de desaparición de una lengua puede ser el resultado de fuerzas externas, tales como el sojuzgamiento militar, económico, religioso, cultural o educativo, o puede tener su causa en fuerzas internas, como la actitud negativa de una comunidad hacia su propia lengua. A menudo las presiones internas tienen su origen en presiones externas, y unas y otras detienen la transmisión intergeneracional de las tradiciones lingüísticas y culturales.

Es muy acertado lo que advierte el Documento de la UNESCO: la extinción de una lengua significa la pérdida irrecuperable de saberes únicos, culturales, históricos y ecológicos. Cada lengua es una expresión irremplazable de la experiencia humana del mundo. El conocimiento de una lengua cualquiera puede ser la clave para dar respuesta a cuestiones fundamentales en el futuro.

Contrarrestar esa amenaza requerirá los esfuerzos de cooperación de las comunidades de hablantes, especialistas en lenguas, ONG y poderes públicos.

Con mucha razón el Documento de la UNESCO sostiene que cada vez que muere una lengua tenemos menos datos para entender los patrones de estructura y función del lenguaje humano, la prehistoria humana y el mantenimiento de los diversos ecosistemas del mundo.

Sensibilizar hacia la pérdida de lenguas y la diversidad lingüística sólo será eficaz si se consigue dotar de funciones contemporáneas positivas a las lenguas minoritarias desde el punto de vista de las necesidades de la vida moderna, dentro de la comunidad y también en los contextos nacional e internacional.

Entre esos papeles positivos están el uso de estas lenguas en la vida cotidiana, en el comercio, la educación, las letras, las artes y los medios de comunicación. Tiene también una función importante en la revitalización y conservación de las lenguas su uso en los oficios sagrados, en los cantos, en la catequesis, en la pastoral en general.

LA DIVERSIDAD DE LAS LENGUAS COMO PROYECTO DIVINO

En el evento de Babel, que nos narra Génesis (11,1-9), aparece el monolingüismo como un proyecto sin un Espíritu auténtico: “el mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras”. Este monolingüismo provoco una acumulación de energía contraria al proyecto de Dios y con ello una soberbia impregnada de apetito de gloria: “construir una torre que alcance al cielo”. Alcanzar al cielo para ser como Dios.

El proyecto primigenio divino es que la humanidad sea fecunda para poblar toda la tierra (Gn. 1.28). Este proyecto divino se reafirma después del diluvio (Gn. 10), cuando del linaje de Noé han surgido pueblos que han conformado territorios con sus respectivas naciones, lenguas y culturas. Es importante señalar que se reafirma la diversidad, después del evento posdiluviano, como el auténtico proyecto divino.

Dios “baja” a Babel para recuperar la diversidad de las lenguas, para reorientar a la humanidad hacia la “dispersión” por toda la tierra, entendida ésta no como una maldición sino como oportunidades que dan los caminos múltiples para desarrollo de variadas identidades de los seres humanos. Podemos afirmar que Dios no comparte la uniformidad que limita la belleza de la diversidad.

El evento neotestamentario de Pentecostés (Hch. 2) da elementos de plenitud a este proyecto de la diversidad. Con la venida del Espíritu Santo los apóstoles logran que cada pueblo escuche la Buena Nueva de Jesucristo en su lengua propia. Adquiriendo la naciente Iglesia, con este hecho fundante obra del Paráclito, su carácter de catolicidad, de uni-versalidad, en orden a cumplir el mandato del Resucitado de ir a todos los pueblos, a todas las gentes, a toda la creación, hasta los confines de la tierra (Mt. 28,19; Mc. 16,15).

La Iglesia siguiendo el mandato de su fundador, el Señor de toda lengua pueblo y nación (cfr. Col. 1), Él que no vino a abolir ni destruir sino a dignificar (Mt. 5,17), a levantar lo que está caído y a dar vitalidad a la mecha que aún humea (Is. 42,3), está obligada a intervenir para revitalizar las lenguas originarias consideradas minoritarias.

CATOLICIDAD Y DIVERSIDAD DE LAS LENGUAS

La Iglesia sacramento universal de la salvación, obedeciendo el mandato de su Fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres (AG 1). La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre (AG 2).

Para cumplir eficazmente la misión que se les encomienda, el Documento Conciliar Ad Gentes exhorta a los misioneros que conozcan ampliamente la historia, las estructuras sociales y las costumbres de los pueblos, estén bien enterados del orden moral, de los preceptos religiosos y de su mentalidad acerca de Dios, del mundo y del hombre, conforme a sus sagradas tradiciones; de igual manera estimula a los misioneros para que aprendan las lenguas hasta el punto de poder usarlas con soltura y elegancia (núm. 26).

En la Carta Encíclica Slavorum Apostoli, de San Juan Pablo II, del 2 de junio de 1985, encontramos un gran testimonio de dos insignes misioneros: Cirilo y Metodio. Ellos originarios de Salónica, de cultura griega, son enviados a la Gran Moravia con los pueblos eslavos.

Estos ilustres misioneros llevaban consigo las Sagradas Escrituras para la celebración de liturgia, pero los textos estaban traducidos por ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con un nuevo alfabeto, elaborado por Constantino filósofo y perfectamente adaptado a los sonidos de la lengua eslava.

Para traducir las verdades evangélicas a lengua eslava, Cirilo y Metodio se preocuparon por conocer bien el mundo interior de los eslavos. Se propusieron como ejercicio previo: comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos.

En razón a la tradición misionera la Iglesia la normatividad de la Iglesia, según la Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium, no desea imponer una rígida uniformidad, ni siquiera en la liturgia, al contrario, respeta y promueve los dotes y cualidades de las distintas razas y pueblos, y, si puede, conserva integro elementos de las costumbres de los pueblos e incluso los admite en la misma liturgia (cfr. Núm. 37)

La Iglesia tiene una gran responsabilidad para contribuir a que no se pierdan los saberes de los pueblos contenidos en las lenguas originarias, entre los que destacan sus cosmovisiones y profundos saberes en muchas ciencias, incluidas las teológicas.

Por lo expuesto, se pide a “los misioneros que van a las misiones lleven tiempo suficiente para aprender la lengua y sus costumbres y después hacer misión” (Recomendación del Papa Francisco a Mons. José de Jesús, con ocasión de la visita Ad limina).

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