Festival del chocolate

El pecado del chocolate

Vilma Fuentes

Para festejar los 25 años del Salón del Chocolate en París, la noche de la apertura se llevó a cabo en el Grand Palais con un concierto-desfile de modas único, pues los vestidos presentados están hechos de chocolate. Se eligieron las más bellas creaciones realizadas durante las dos décadas pasadas. Espectáculo maravilloso de encajes, gasas, organdí, tules, sedas, terciopelos, bordados, plumas, flores, collares, adornos diversos, la tela de los atuendos flotando alrededor de una crinolina o un vaporoso tutú abajo del corpiño de la bailarina, todo en chocolate.

Creado por Sylvie Douce y François Jeantet, el Salón del Chocolate se ha convertido en un acto mundial que tiene lugar cada año en noviembre. En él se dan cita artesanos chocolateros de todo el planeta para exponer sus creaciones y vender sus deliciosos productos a un público creciente que acude al Parc des Expositions de la puerta de Versalles en París. Si el desfile del Gran Palais causó un revuelo de encantamiento levantado por la gracia de los vestidos, no menos admiración causan las esculturas de chocolate presentadas en la puerta de Versalles, donde pueden admirarse desde pequeños trenes de juguete, diminutas torres Eiffel en filigrana de chocolate hasta un enorme oso, cuya gigantesca estatura permite a los visitantes contemplarlo desde cualquier parte de los 20 mil metros cuadrados del Salón. Una juguetería en chocolate para los niños, un festejo a la gastronomía para todos.

El Salón da también lugar a un concurso donde los mejores artesanos pasteleros y chocolateros rivalizan a fin de obtener un premio. El galardón con mayor prestigio es el del mejor obrero de Francia, que da derecho a llevar un cuello tricolor con los colores de la nación y la inscripción meilleur ouvrier de France. Para obtener este trofeo, los candidatos son capaces de consagrar horas y semanas de trabajo encarnizado. Este año, por ejemplo, un artesano chocolatero logró, auxiliado por su equipo de trabajo, a presentar un enorme rinoceronte, acaso inspirado por Ionesco, sostenido sobre sus cuatro patas y enteramente esculpido en chocolate. Una obra maestra, una apuesta de loco, pues lanzaba un desafío a todas las leyes del equilibrio. Lo más notable de esta obra es que fue llevada a cabo por creadores que se presentan sólo bajo el muy modesto nombre de artesanos. Nunca se dicen artistas, cuando a veces son verdaderos y grandes artistas. Esta elección de las palabras podría hacer reflexionar. Existen hoy tantas y tantas personas autoproclamadas artistas que la palabra, a fuerza de circular, ha perdido acaso una gran parte de su valor y significado. El artesano no pretende más que a probar su capacidad de realizar una obra bien hecha. Antes de proclamarse artista, sería sin duda necesario mostrar, en primer lugar, el resultado impecable de una modesta labor de artesano. El admirable Leonardo da Vinci fue sin duda un artista excepcional, un genio, pero dio la prueba de ser, primero que nada, un consumado artesano.

Otro aspecto de este Salón del Chocolate es el homenaje al pecado capital de la gula: esta lujuriosa fiesta eleva el apetitoso pecado al nivel del arte. Glotonería y gastronomía se subliman. Ya no hay traza de vergüenza, sólo el orgullo legítimo de la obra maestra realizada.

Ante este arte, la glotonería de los visitantes se convierte en virtud. Una amiga se prepara a la voraz degustación del chocolate con dos meses de anticipación, sometiéndose a una rigorosa dieta para bajar de antemano los kilos que subirá durante el Salón.

Cabe señalar que entre las numerosas actividades y animaciones, se consagran mesas redondas a los orígenes del chocolate en México, su entrada a España gracias a Cortés, traído a Francia por la reina Marie Therese, esposa de Luis XIV. Y ni hablar de las numerosas virtudes del chocolate para la salud, el sueño y el optimismo. ¡La gula es una fiesta!

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