Un cuento de Agustín Ramos, sobre una Cócona

La Jornada Semanal

De abuelo rara vez volvió a vender borregos, nomás los mataba para las barbacoas de la familia, que como buena mata siguió y sigue y sigue dando.

De abuelo rara vez volvió a vender borregos, nomás los mataba para las barbacoas de la familia, que como buena mata siguió y sigue y sigue dando. Pero cuando le agarró un mal aire en la cabeza ya era bisabuelo.

La cosa estuvo así, habían terminado de comer y estaban pellizcando tostadas con sal y chiquiteando refino cuando Bichito se levantó de la mesa y fue a meter a la cócona de engorda que los biznietos habían sacado para jugar. Lo hizo sin decir ni reclamar nada, porque si los nietos y biznietos venían con gusto al rancho, era porque les llamaban la atención los animalitos, ¿por qué más?, decía Bichito.

La familia había ido creciendo a la par que la finquita. Y aunque su mujer hubiera faltado antes de que todos los hijos salieran a estudiar, y con eso todo hubiera ido cambiando, la fotografía sepia de sus papás y la de estudio de su señora, no se movieron jamás de su lugar. Tampoco su sombrero de palma cocida de gallero de Sahuayo, que ya ni copa ni alas tenía y era el puro redondel, como el del cómico Capulina, decían los nietos. Y los biznietos lo único que conocieron del sombrero fue la marca de alambre que coronaba la cabeza entrecana de Bichito, quien agarró la costumbre de calárselo sin darse cuenta, como también la otra de decir que así se llamaba, Bichito, porque así le empezaron a decir los más chiquitines, quienes no podían decir bisabuelito. Entonces, pues, cuando Bichito salió a rescatar a la guajolota lo agarró de frente el ventarrón, él se aparró en un surco para protegerse con las espigas de la cebada y cuando se levantó tenía briznas sobre las sienes y tras las orejas, ahí donde había puesto las manos para sostener el sombrero.

Cuando Bichito regresó al comedor en esas fachas una nieta le preguntó, ¿pues qué andaba usted jugando escondidas en el pajar o qué, Bichito? Comentó lo sucedido con su sombrero y los mayores le dieron un sentido pésame, y es que lo ameritaba, lo mismo o más, que un pariente no muy lejano, un animal de pie de cría (o la cócona de engorda para la Nochebuena) l

El duende Cristito

Chalita y su hermano Pillo pasan y repasan todo el santo día el pasillo que une la casa con los chiqueros. Aunque la verdad, no es un pasillo sino una brecha que los puercos han ido haciendo cada que los hermanos levantan la rejilla.

Fue ahí, al anochecer, cuando mero menos se veía, cuando lo hallaron.

Ahí, en el pasillo que no es pasillo, chiquilín y panzón, fosforescente. Era lo que aquí conocemos como duende, quién sabe en otros lados. Los demás, ve tú a saber, pero éste apareció a los nueve días de que Chila, la cuñada de Chala, abandonara a Pillo. Y era duende, sí, con toda la barba, pero le gustaban los hombres. Él mismo se lo dijo a Chalita, y que su nombre era Crístofer. Chalita le decía Cristito.

Órale, Cristito, no seas mal alma, encuéntrame el control remoto. Y el control aparecía. Ve Pillo, estaba entre los jehuites, ¿cuándo lo iba yo a hallar? Anda, Cristito, por vida tuya, hacen falta centavitos. Y en menos que canta un gallo venían del pueblo por una cócona o por blanquillos. Pillo nomás paraba oreja; porque de ver, no veía nada, pero sí lo oía: no eran cuentos. ¿Cuánto pides por la marrana bien criada? Esa no porque está dando de mamar. Dámela, tú de mi vida. ¿Y qué hago yo con los lechones? Te la merco con todo y todo…

Al poco tiempo, Pillo se animó. Ándale, Cristito, haz que regrese Chila, tú de mi alma. ¿Con todo y los hijos que ya traiba? Pillo bien que oyó pero se quedó pensando un rato, no mucho. ¿Pos luego?, a fuerza que sí, con todo y todo.

¿Nada de nada?, preguntó Chalita mero hoy, al otro día. Nada, dijo Pillo; regresaba de la ordeña. De pendejo te concede el deseo si está enamorado de ti. ¿Tú crees que haya duendes jotos? Hay duendes celosos, eso creo. Chalita dice esto hasta que acaban de almorzar, primero lo primero.

O no es mi duende, dice Pillo. O no le echaste todas las ganas a tu fe, Pillo. Y así se la han pasado, pasando y repasando todo el santo día l

*Tulancingo, Hidalgo, 1952. Es autor, entre otros, de Al cielo por asalto, Olvidar el futuro, La vida no vale nada y Como la vida misma.

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