Las casas de Hernán Cortes

Proceso

Es conocimiento de muy pocos especialistas cómo fueron y en dónde estuvieron las edificaciones que dieron asiento al gobierno español de Hernán Cortés, antecedente del Palacio de los Virreyes, y del Palacio Nacional en nuestros días.

El arquitecto Sergio Zaldívar, quien en los años setenta estuvo al frente de su restauración, cuenta cómo hallaron sus vestigios, en una minuciosa labor que duró años; explica a detalle las investigaciones que la sustentaron, y cómo se restituyó en el Patio Central la fuente que en la época colonial remató con la escultura de un Pegaso, símbolo de la Nueva España.

Debajo de los muros y pisos de Palacio Nacional, resguardados por capas de tierra y quizás hasta en el olvido, subyacen los restos de las Casas de Hernán Cortés, que él mismo mandó construir sobre parte de las ruinas de las Casas Nuevas de Moctezuma Xocoyotzin, tras la caída de Tenochtitlan.

El arquitecto restaurador Sergio Zaldívar Guerra destaca que son –junto con la Casa de Cortés en Cuernavaca– los edificios de la cultura europea en América más antiguos en México.

Responsable del Plan Maestro de Conservación y Restauración del Palacio Nacional durante varias décadas y excurador del recinto en la época de Ernesto Zedillo, cuenta que durante el gobierno de Luis Echeverría se descubrieron los restos de las Casas de Cortés. Y con base en la descripción del clérigo y escritor novohispano Isidro de Sariñana, se lograron elaborar los planos de esa antigua residencia.

En el voluminoso libro sobre Palacio Nacional (de 55×35 cm y 565 páginas) publicado en 1976 por la Secretaría de Obras Públicas, entonces a cargo del ingeniero Luis Enrique Bracamontes Gálvez, se refiere que las características de aquellas casas habían sido motivo de curiosidad. Se sabía que Palacio había sufrido transformaciones a lo largo de su historia porque los descendientes de Cortés vendieron la propiedad a la Corona. Y en 1692 hubo un incendio, con lo cual el edificio “cambio radicalmente, al ser destruida la mayor parte de sus dependencias”.

Se consigna que las obras de restauración en la ahora sede del Poder Ejecutivo iniciaron en 1972, en el llamado Patio de la Emperatriz, ubicado en la parte posterior del edificio.

En el contexto de los 500 años de la llegada del extremeño a Mesoamérica y de su encuentro con Moctezuma II en Tenochti-tlan (8 de noviembre de 1519), el arquitecto Zaldívar recuerda cómo se dio el hallazgo y sus entretelones. Tuvo como antecedente que tenía poco de haber restaurado integralmente el antiguo Salón de Congresos, por lo cual el entonces presidente Luis Echeverría le permitió, junto con su equipo, trabajar en áreas restringidas, como lo era la primera zona militar:

“Había una serie de edificios que no se terminaron de construir, donde estuvieron las primeras computadoras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP). Explorando ahí, detrás del Patio de Honor, nos aparecieron algunos restos de muros de carácter colonial, pero con fragmentos muy importantes de sillarejos y piezas claramente identificables, como reempleo de piedras y elementos prehispánicos.”

El libro describe que las piedras en forma rectangular son características de las prehispánicas. Para demostrar que se habían reutilizado en la construcción colonial, se hicieron excavaciones arqueológicas y se encontraron elementos de una construcción que estilísticamente pertenecía al siglo XVI. Y “también se hallaron algunos restos de habitaciones prehispánicas, de las Casas Nuevas de Moctezuma, aunque ya muy alterados; y una ofrenda de conchas y cuchillos ceremoniales, particularmente rica”. Pero se puntualiza que debido a que Palacio se encontraba en obras de restauración, la excavación tuvo que cerrarse.

Todo el trabajo, indica Zaldívar en la entrevista, “sirvió para ir desenredando una especie de madeja por todo lo que descubríamos y se averiguaba. Encontramos, al final de cuentas, la base de una columna trilobada, de tres cuerpos, que correspondía a la esquina de un patio. Posteriormente pudimos constatar que era el patio del Tribunal de Cuentas y el otro patio era de la Real Audiencia”.

El llanto de occidente…
La columna les abrió el camino para hacer excavaciones colaterales y fueron apareciendo rastros de otros basamentos de columnas que hicieron evidente que formaron parte de un patio. Entonces investigaron y estudiaron lo que se sabía de Palacio Nacional desde sus épocas originales:

“Realmente constatábamos que George Kubler (1912-1996), en sus estudios de arquitectura mexicana del siglo XVI, sólo presenta un lineamiento general del conjunto de lo que pudo haber sido el Palacio de los Virreyes en el siglo XVI o finales del XVI. La Casa de Cortés había subsistido con las mismas características más o menos hasta cuando la Corona se la compra.”

La Corona le hace algunas mejoras y ampliaciones y así se conserva hasta mediados del siglo XVII:

“Siguiendo esa madeja de datos y de información, que se fue desenredando, pudimos establecer los lineamientos y las dimensiones claras de lo que fue el patio de la Real Audiencia al oriente del actual Patio de Honor, y con base en las indicaciones de Kubler, pero sobre todo leyendo las descripciones de Isidro de Sariñana (1630-1696) en su libro Llanto del occidente en el ocaso del más claro sol de las Españas, escrito con motivo de la muerte de Felipe IV.

“Son documentos importantísimos, muy interesantes. Uno de ellos, por cierto, lo recupera Guillermo Tovar de Teresa, quien tuvo la gentileza de permitirnos una copia. Ahí describe todo el Palacio Virreinal metro por metro o vara por vara, para ser precisos, con las dimensiones de entonces: Va hablando del local, el estrado, el trono, de los juzgados de provincia, dónde estaban situados, si en el patio de la Real Audiencia o en el patio del Tribunal de Cuentas, dónde estaba la escalera de acceso a los dos patios y cómo era el patio central y otro patio que se había perdido a raíz de los motines del maíz y de las inundaciones de 1624, donde interviene Carlos Sigüenza y Góngora, y todas esas historias ya conocidas que transformaron mucho Palacio Nacional.”

Por Sariñana se sabía que el Palacio actual estaba basado en las Casas de Cortés. Muchos de los basamentos que encontraron están resguardados. Se han puesto marcas en el pavimento porque no se podía dejar todo al descubierto:

“Las cuatro esquinas angulares del patio del Tribunal de Cuentas están en el corredor oriente del Patio de Honor resguardadas por un pequeño barandal, no son demasiado profundas. Están a menos de un metro de profundidad, era una zona bastante sólida. Los arqueólogos no nos han podido decir qué hay abajo, pero mejor que ya no le busquen. Sin duda mucho pertenece a la Casa de Cortés.

“Y es todavía más interesante porque, desde mi punto de vista, éste y el Palacio de Cuernavaca son los primeros edificios de la cultura occidental, la cultura europea en América, sobre todo en México. Son incluso antes que las de Perú, tal vez haya algo más antiguo en República Dominicana con el Palacio de Colón, pero esos restos en Palacio Nacional pueden ser los más antiguos desde el encuentro de los dos mundos, para hacerle un homenaje a Miguel León-Portilla, que habla en estos términos de lo que malamente han dicho que era el descubrimiento.”

En el inmueble, que tuvo también sus primeras edificaciones con las Casas Nuevas de Moctezuma, se han hecho cambios tan significativos, dice, que en la actualidad el Patio de Honor, el Patio Central y los restos de lo que era el Patio de la Real Audiencia, “estaban un poco perdidos, y el mismo ritmo de columnas, de basas y de trazo entre los dos patios, fue cambiando y se fue eliminando”. Las obras con las cuales fue reconstruido el Palacio y alteraron el Patio Central, en el siglo XVII, fueron hechas por fray Diego Valverde.

Reitera que el texto de Sariñana les guiaba pues indica con claridad: “Hay tantas columnas del lado oriente, de tantas varas entre columna y columna, tantas al norte, y el patio es cuadrado”.

A Zaldívar y su equipo sorprendió, sin embargo, que el Patio de Honor “extrañamente” no es cuadrado sino trapezoidal. Parece un cuadrángulo, “pero sus lados no son iguales y no coinciden las columnas o pilares actuales con las columnas que pudimos descubrir en lo que fue la primera investigación de carácter arqueológico de una obra colonial”, destaca, y agrega:

“A muchos arqueólogos les parecía extraño que hiciéramos arqueología colonial. Pensaban los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia que era exclusiva de las ruinas prehispánicas, desconocían incluso que en Grecia se ha hecho arqueología.”

Monumento primigenio
Con la descripción de Sariñana, otras investigaciones, y lo que iba arrojando la exploración arqueológica, Zaldívar pudo hacer la restitución de la planimetría de lo que fue el Palacio Virreinal en 1666:

“Las dimensiones precisas coinciden con los restos de algunos muros que se conservan en Palacio Nacional del siglo XVI. Uno de los más puntuales es el muro norte de lo que es actualmente el Salón Guillermo Prieto, que era la Tesorería de la Federación. Es probablemente uno de los pocos restos del siglo XVI que se conservan, donde terminaba el Palacio Virreinal.

“Al norte de este muro, de lo que es hoy el Salón Guillermo Prieto, donde actualmente el señor presidente López Obrador hace sus reuniones matinales, era el límite norte del Palacio Virreinal, porque al norte de lo que es actualmente la SHCP (también instalada en Palacio Nacional), estaba lo que algún cronista del XVI designa como las aguadas de Palacio y las aguadas de la casa del Arzobispado”.

Describe que más allá de esos muros no pudo construir Cortés ni sus subsiguientes porque presentaban desde entonces los problemas que han hecho, hasta la actualidad, que Palacio presente hundimientos de más de dos metros con relación a la puerta norte de Palacio Central, por donde entran los servicios, apoyos y carros. Y desde la calle de Moneda, dice, se puede ver la gran protuberancia o elevación que esto ha provocado.

Al hacer el plano de aquel antiguo edificio, lo sobrepusieron a los del Palacio actual y ver qué partes más subsisten con relación a aquel inmueble de 1666. Se pueden identificar, destaca el arquitecto, muchos elementos antiguos “que rigieron el desarrollo arquitectónico del monumento, que –si no es un monumento de arte notable–, es histórico, primigenio de nuestro país, sin duda. Antes desde luego de las modificaciones del arquitecto Augusto Petriccioli que le hace el último piso (1926)”.

El plano se transfirió de la medición por varas al sistema métrico decimal en la Dirección de Monumentos Coloniales del INAH, que Zaldívar encabezaba. Hay ilustraciones de los siglos XVII y XVIII que permiten ver el balcón central:

“Pudimos definir las características de las arcadas interiores de los patios y por tanto las alturas que tenían los pisos y las estructuras, lo que nos permitió elevar y hacer un volumen claro de lo que fue el Palacio Virreinal, basado fundamentalmente en las Casas de Cortés.”

Recuerda el apellido del dibujante, Corantes, quien plasmó las columnas descubiertas in situ, y añade que se dejaron dos al descubierto, al oriente de lo que es hoy el Patio de Honor. Y las restantes se volvieron a sepultar, porque el Estado Mayor consideró entonces que las cavidades eran propicias “para colocar bombas” y significaban un peligro para el presidente.

“Me dejaron hacer dos ventanas arqueológicas. Evidentemente en aquel tiempo no era miel sobre hojuelas, habían quemado la puerta de Palacio.”

Incluso recuerda, como una anécdota, que cuando se inauguraron las obras uno de los guardias descargó su arma contra el piso, al colocarse en posición de descanso, y “se le fue un disparo en el momento en que todos estábamos reunidos hablando de las obras que se habían terminado ese 30 de noviembre de 1976”.

El arquitecto trabajó varios años más en Palacio Nacional. Intervino, además del antiguo Congreso y el Patio de Honor, las Galerías (tercer piso), los salones porfirianos. Indica que contrario a la costumbre de muchos presidentes, Echeverría facilitó la restauración de las áreas restringidas, pidiéndole al Estado Mayor presidencial que dejara trabajar a los restauradores.

Ayudó, agrega, que el 6 de mayo de 1972 acababa de promulgarse la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, aún vigente. En su opinión, este hecho contribuyó a que pudieran investigar y concluir, con la ayuda del arquitecto Manuel González Galván, especialista en iconología del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, que en el Patio Central hubo una fuente con una figura que pudo ser un caballito y finalmente se supo que se trataba de un Pegaso (Ver recuadro),

“Vimos el razonable principio profesional de pedirle a todos los empleados de la Presidencia que sacaran los coches, sacaran las motocicletas y el taller de compostura en que estaba convertido el Patio Central. Proyecté con mis colaboradores otro Patio Central y restituimos la fuente con algunos elementos que se vislumbraban en la litografía que prevalece de alguna escena en tiempos de algún conflicto bélico, entre tantos que tuvo nuestro país en el siglo XIX, pero que es claramente definitorio el tazón de bronce de la fuente.

“Las conclusiones más interesantes fueron que ese potro era un Pegaso, y apoyados en González Galván y otras gentes, se definió que era como aquellas inclinaciones de Sor Juana y de Carlos de Sigüenza y Góngora, hacia la cultura universal.”

Y por igual, añade, de los criollos de la Nueva España, que buscaron también volverse sabios de primer nivel en todo lo que era la cultura europea y grecolatina y conocían mucho de esos mitos. Dice que fue poco antes de 1624, después de las inundaciones y otros motines, cuando se colocó el Pegaso en el Patio Central, con el propósito de evocar un mito grecolatino en el cual Perseo ataca y logra matar a la Medusa, una de las tres Gorgonas:

“Para recordar a los gobernantes que deben gobernar como Perseo que mató a la Gorgona con astucia, valentía e inteligencia.” l

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