«Hamburgo en las barricadas» sobre la Alemania de Weimar

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Hamburgo en las barricadas. Y otros escritos sobre la Alemania de Weimar (Fondo de Cultura Económica, colección popular número 751, traducción de Isabel Vericat. 294 páginas) reúne tres obras de la escritora, revolucionaria y activista rusa Larissa Mikhailovna Reissner (Lublin, Polonia 1895-Moscú, Rusia, 1926):

La primera, Hamburgo en las barricadas; la segunda, Berlín, octubre 1923 y finalmente En el país de Hindenburg, escritos que le valieron la censura alemana.

Larisa Reisner fue una poeta y cronista que se desempeñó como miembro del Ejército Rojo durante la guerra civil rusa; de esta experiencia surgió uno de los escritos más representativos, “Sviyazhsk”, artículo publicado en su obra En el frente. Desde muy joven mostró interés por la escritura participando en periódicos como Letopis y Novaia Zhizn (Nueva Vida, de Gorki), labor por la cual se le considera una pionera de la crónica femenina en el mundo. Fue corresponsal del Izvestiya.

El prologuista Richard Campbell asegura al comienzo de este volumen del FCE, que “en 1937 el poeta Ósip Nandelstam observó que Larisa tuvo la suerte de haber muerto a tiempo; para entonces, como él lo expresaba, todas las personas del círculo de Larisa ‘habían sido destruidas al por mayor’. En su funeral, el 11 de febrero de 1926, cargaron el ataúd Karl Rádek, Boris Volin, Enukidze, Lashelevich, I. N. Smirnov y Pulnyak. Cuatro de ellos fueron asesinados por la burocracia de Stalin unos diez años después”.

Larisa es conocida por sus roles de liderazgo del lado de los bolcheviques en la Guerra Civil Rusa que siguió a la Revolución de Octubre y por su amistad con varios de los poetas rusos de principios del siglo XX. Aún cuando usted no esté familiarizado con la fascinante historia europea del siglo pasado, en este libro hallará una prosa inteligente y aguda de una mujer que nos ofrece a nuestros lectores su visión periodística del mundo alemán en aquellos tiempos aciagos. A continuación, fragmentos de este libro hecho por una combatiente y escrito para combatientes de corazón.

En el Reichstag
¡Qué Parlamento!

Si hay algo en él que pueda infundir respeto, deben ser únicamente las enormes botas de Guillermo I irguiéndose en medio del vestíbulo. El viejo soldado, al que con tantas dificultades se le arrancó una constitución en su época, está ahí, de pie, con una mirada desaprobatoria, esperando el momento en que se le permita echar de esa mansión a las manadas parlanchinas de los diputados.

Los miembros del Parlamento pululan tranquilamente alrededor de sus famosas y pesadas botas, paseándose individualmente y en parejas, exactamente igual que las muchachas en el bulevar. De vez en cuando, a estas multitudes despreocupadas las interrumpe un anciano funcionario que guía a nos cuantos jóvenes con gruesos calcetines de lana y botas de suela claveteada que llegan, sudando por este acto de homenaje, a ver la Cámara del pueblo alemán.

Alzando sus gorras escolares, clavan servil y turbadamente su mirada en los dorados ombligos de las doncellas de roble que soportan el techo, en los torrentes de levitas y en esos viejos lacayos tan meritorios que representan, al igual que un encumbrado personaje escribiendo sus memorias, a los únicos portadores de las viejas tradiciones parlamentarias.

¡Ay, ni rastros de apariencias de la antigua grandeza! Ni una sola figura importante que pueda atraer siquiera el odio respetuoso de todos los partidos. Ni un solo hombre que se distinga por su integridad personal o por tener tras él unas cuantas décadas de juego político sin mácula.

Cuando el viejo Bebel cruzaba este vestíbulo, sus enemigos se levantaban y hasta los intransigentes junkers prusianos se alzaban torpemente de sus apoltronados sillones rindiendo así homenaje a su nombre sin tacha; hoy nadie, ni un solo rastro, ni un solo nombre. Allí, en medio de la nube de humo del tabaco, está el insignificante perfil de Levi, un rostro gris y reservado, que se ha ido adiestrando para resistir sin maquillaje teatral la curiosidad de las personas que lo escudriñan pensando para sí en la traición que cometió. Todo pertenece al pasado; miembros de previos ministerios convulsionados por el malestar público, hombres de Estado eructando, personajes del ayer que conservarán para siempre las manchas de una suciedad indeleble en las colas de sus indumentarias de diputados.

En términos generales, es fácil seleccionar entre la multitud varios tipos básicos de la fauna parlamentaria. En primer lugar, están los que han sido utilizados, ocupando cargos ministeriales y arreglándoselas para inscribir sus oscuros nombres en algún documento internacional o en una de las lacrimosas súplicas dirigidas a Entente. Aquí están los socialistas, famosos por disparar a los obreros, miembros del gabinete que asumió la responsabilidad de expoliar las reservas de oro de la República Alemana; en resumen, nombres que corren de boca en boca.

Todo jugador asiduo conoce perfectamente el dibujo del reverso de los naipes. Cuando se esté formando un gabinete, la mano de un gran tahúr nunca más escogerá estas cartas, así como tampoco volverá a extender sobre la mesa grandes coaliciones. La carta que ya se ha tomado una vez de la baza de un jugador y se le ha arrojado a la cara, una carta gastada y maltratada, continúa sobreviviendo en los escaños traseros. Pero ya pasaron sus grandes momentos. Esparcido por la alfombra roja del Reichstag, hay un extenso surtido de estos naipes descartados. Continúan votando, pero los jóvenes entusiastas que aún no han perdido su virginidad política se adelantan en pos de los honores políticos. A espaldas de los viejos bucaneros que transitan por allí, recuerdan con envidia y veneración las sumas de dinero que aquéllos recibieron; sus imaginativas traiciones y deslumbrantes escándalos. Una galería de fisionomías ignominiosas y ajadas que, no obstante, alcanzaron a beber un sorbo de la copa del dulce poder a su debido tiempo. Ellos, indigentes entre los indigentes, se pasean sin ningún sentido del pudor. Entre esas glorias pasadas, los más móviles, estúpidos y persistentes se reúnen en enjambres:

Son los gobernantes del mañana. Toda una bandada zumba y se arremolina alrededor de Beitscheid, a quien rodea la flor de sus partidarios políticos. Zumban muy levemente como mercaderes negros, pero en su gran mayoría melifluos, fragantes y comedidos. También aquí el orgullo y ornato del Reichstag pastorea; casi su único corresponsal político mujer, un negro y diminuto engendro envuelto en la hoja de un pequeño boletín cambiario. Los de derecha se pasean como en el hipódromo. Polainas blancas, brillantes espejuelos dorados bajo sus arqueadas cejas y el triángulo de un pañuelo en el pecho. A mitad de su buffet, completamente separado del comedor, el partido demócrata se pasea arriba y abajo como si estuviera en un salón donde no se corre el riesgo de encontrar nada innoble. No obstante, justo al lado de las aristocráticas, envaradas, horribles y arrogantes damas genuinamente prusianas que tienen la costumbre de tomar su té de las cinco entre el tufo del chismorreo político, tropezándose con sus abrigos de pieles arrastrando colas marchitas como viejas lagartijas, también deambulan los rechonchos patriotas banqueros e industriales, tan gordos y locuaces que las páginas del negro Boletín del Cruzado, que asoma por los bolsillos de los diputados de derecha, les impiden pasar. Éstos son ahora, ay, los que tienen las bolsas del dinero y los almuerzos con los que se atiborran en los intervalos de las sesiones, son más copiosos, nutritivos y caros que os que alimentan a los junkers de raza.

En las mesas del Partido Socialdemócrata hay salchichas, café y ansiedad. Todas las entradas y salidas del Reichstag han sido acordonadas. La policía agarra por el pescuezo a los transeúntes; en las puertas están os lacayos más antiguos, eunucos del harén político, quienes, conociendo la cara de cada una de las esposas legales y cada una de las concubinas favoritas, revisan con sus propias manos y permiten el paso a los representantes del pueblo. En el interior, junto al quiosco de periódicos, hay un tipo robusto y jovial, el jefe de la policía de Berlín, que clava una mirada claramente escrutadora en el rostro de todos los diputados, tratando de detectar el elemento criminal. Los señores delegados fingen un rostro franco y honesto y pasan rápidamente ante él, dirigiéndose a sus asuntos.

Aún así, a pesar de todas las precauciones, los comunistas armarán de repente algún escándalo. Un miedo –pánico—completamente absurdo de que Remmele irrumpa de repente, provoque un altercado, lance una bomba de humo y haga estallar todo el Reichstag. El nombre de Remmele se repite como una obsesión. Se espera su aparición como un disparo en un teatro. Se mastica, se traga, se eructa y se engulle de nuevo. Pero si este Remmele apareciera ahora con sólo una bocina de gramófono o si el sargento de piedra tosiera desde su pedestal de mármol, este Parlamento se dispersaría vergonzosamente. El general Seeckt también lo sabe y, por lo tanto, de momento no hace el clásico movimiento de rodilla, gesto descrito por Voltaire con maravillosa vivacidad en Candide, ou l’Optimsme.

El juego parlamentario no guarda relación alguna con el destino de Alemania y su revolución. La historia, como las enormes estatuas que se yerguen junto a la fuente frente al Reichstag, hace mucho que le han volteado su espalda de hierro.

Y así conspiran, regatean y luchan por el poder.

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