Ay cómo es cruel la incertidumbre

Vilma Fuentes

¡Ay, cómo es cruel la incertidumbre!

Un fantasma recorre Europa, tal vez el mundo, y disemina la neblina de su espanto. Escondido tras su bruma, el sentimiento de incertidumbre se propaga a la manera de la pandemia del coronavirus. Su contagio inocula este pernicioso malestar incluso en los espíritus más racionales y serenos. Atención, la inseguridad puede engendrar los miedos más diversos, remover temores atávicos, inventar recelos inéditos, ficciones científicas monstruosas.

El miedo provocado por la pandemia de Covid-19 permitió la aceptación general del confinamiento de países enteros, Francia entre otros, medida indicada por comités y consejos científicos. Los políticos se inclinaron ante los sabientes, tal vez temerosos de sus responsabilidades. ¿Cómo olvidar la ignominiosa y triste frase de una ministra de la época, cuando las víctimas de sangre contaminada, quien se declaró responsable pero no culpable? La gente aceptó confinarse y obedeció, acaso, en parte, porque creía temporales epidemia y encierro. El desconfinamiento en Francia se ha llevado a cabo en varias etapas. Las personas, sobre todo jóvenes, vivieron la reconquista de la calle con una explosión de alegría. La nueva vida, tan celebrada de antemano, se convirtió en fiesta callejera. Si seguían cerrados los bares, las orillas de canales y del Sena fueron los lugares electos para la festividad del rencuentro con los amigos. Precauciones y advertencias se olvidaron.

Algunos científicos hablaron de una posible segunda ola de la pandemia. Pero triunfó la decisión de desconfinar ante la inminente catástrofe económica. Era urgente relanzar la economía. Al miedo al Covid-19 sucedió el temor al desempleo, a la pobreza y el hambre. Después de todo, se preguntaron algunos, ¿vale la pena vivir sin libertad?

El reconfinamiento en ciudades como Barcelona y otras se erigió como advertencia y amenaza. Pero la gente había perdido la confianza en científicos que, a fin de cuentas, poco o nada saben del virus en cuestión ni de sus posibles metamorfosis. Desconfianza también en una clase política en desacuerdo, ¿las llamadas autoridades no afirmaron en un primer tiempo que los tapabocas eran inútiles y ahora dicen que son imprescindibles, e imponen, so pena de multa, su uso en lugares públicos cerrados? Ahora se sabe que fue la falta de mascarillas en Francia lo que llevó a declarar su inutilidad para evitarse las reclamaciones legítimas de la población. ¿Y cómo obligar a un uso que exige un pago en vez de ofrecer el suministro gratuito?

Mientras querellas y guerras crecen entre sabientes como entre políticos o laboratorios, la desaparición en el panorama audiovisual del investigador y doctor Didier Raoult, cuyos resultados positivos en Marsella, gracias al uso de la hydroxicloroquina contra el coronavirus, no pueden negarse, lleva a preguntarse si no se trata de censurarlo. ¿No osó afirmar que, según sus observaciones de las gráficas de la pandemia, ésta decrecía y no era previsible de inmediato una segunda ola? Como para preguntarse, también, sobre la necesidad de los políticos de mantener latentes incertidumbre y miedo. Un temor tan útil para que la gente se quede en casa sin manifestar y acepte confinarse sin protestar. Pero el miedo es un búmeran peligroso. Genera angustia y, a la larga, explosión de la violencia. Pues se trata del miedo oculto, secular, presente siempre: el de la muerte. Esa desaparición que hace decir al matemático y pensador Blaise Pascal: El hombre está necesariamente loco, y es por otro giro de locura que cree no estarlo.

Filosofar es aprender a morir, escribe Montaigne en sus Ensayos, al hacer referencia directa a las últimas palabras de Sócrates recogidas por Platón en el libro Phédon o del alma, antes de agregar en otras magníficas y profundas páginas de sus Ensayos: Cuando yo bailo, bailo, para concluir: Nuestra gran y gloriosa obra maestra es vivir a propósito.

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