Vivián Abenshushan

Eve Gil

La Jornada Semanal

Semblanza de una escritora rara (CDMX 1972), ensayista de la escuela original de Montaigne, cuentista, editora, ‘ghost writer’, que vence el miedo mediante la risa y la escritura, y autora de «Permanente obra negra» a la que llama “artefacto, libro astillado, triturado en series”, y que no quiere ser un ‘bestseller’.
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Vivian Abenshushan (México, 1972) solía ser aquella niñita que, para llegar hasta la cama de sus padres por las mañanas, tenía que abrirse paso entre los libros, “tortugones empastados”, que amurallaban su intimidad como pareja. Empezó a percibir los libros no como amigos sino como “animales óseos” que le impedían introducirse entre mamá y papá: “En mi casa siempre hubo libros… libreros con 5 mil, 6 mil ejemplares, y creo que ya papá (Isaac Abenshushan, el Insomne a quien está dedicado su primer y, probablemente último libro de cuentos, El clan de los insomnes) completó los 9 mil títulos. Hay una compulsión lectora en él y, aunque no fui un ratón de biblioteca, al ver que él centraba por horas y horas su atención en ese objeto, sin moverse más que para pasar las páginas, inevitablemente despertó mi curiosidad.”

Inmersa en la zozobra y el subempleo, fundadora de su propia editorial (Tumbona Ediciones) y del laboratorio Escritura Desaforada, Abenshushan reconoce que escribe, entre otras cosas, para vencer al miedo: “la risa nace frente a la ruptura de la lógica –dice muy seria, como es ella: seria y profundamente reflexiva–: la risa es, justamente, una manera de vencer el miedo ante lo que no puedes comprender”, por lo que el humor es otro elemento latente en su narrativa, aunque sea incisivo, cáustico, próximo al sarcasmo. Lamenta que un género tan entrañable como el ensayo montaigneano, único que permite al autor hablar desde
su particular visión de determinados temas, haya sido deformado en su propósito original por ciertos académicos que no se sienten autorizados para opinar si no es a través de la opinión de terceros… como la propia Vivian escribe en “Contra el ensayista sin estilo”: “el ensayo es el trayecto, no la llegada”. En sus inicios alternaba cuento y ensayo, de ahí que parezca fusionar ambos géneros y es perfectamente capaz de escribir cuentos de humor sobre situaciones serias y ensayos profundos sobre cosas triviales.

La última vez que hablé con ella, en el departamento que comparte con su esposo e hijo, sentadas en torno a una mesa, advertí la presencia de un fichero, una serie de tarjetas desperdigadas y unas tijeras. Creí entender que para la autora tenían un gran significado y, por lo tanto, un orden. Dijo estar “enfrascada” en la escritura de su primera novela, “caóticamente, sin mucho rumbo todavía”. Llegó a mencionar algo sobre “archivar”, por lo que supuse que el trabajo en cuestión requeriría una investigación exhaustiva, lo que justificaría aquel escenario. Pero la realidad resultó mucho más compleja. Ergo: tuve al cuerpo del delito frente a mí, abierto en canal ante mis ojos, casi pornográfico… como las partes con que el doctor Frankenstein formó a su criatura, tan bella que espantaba (y no como lo han inmortalizado en el cine), y mi olfato literario fue completamente incapaz de identificar su fetidez.

Debí inferir que, tratándose de ella, es imposible pensar en términos ortodoxos ni absolutos cuando alude a un proyecto literario, máxime si agrega el término “caótico”. Es, pues, una autora “rara”, por entero kierkegaardiana, que sale a dar largas caminatas para pensar mientras aparenta mirar con fijeza a su perro correteándose la cola. Esto, sin duda, le generará alguna reflexión nada desdeñable, como por ejemplo, ¿con qué compensan los seres humanos la ausencia de un rabo al cual perseguir? Ella es de ésos y ésas que contemplan el devenir del mundo sin que la razón eclipse por completo la emoción, lo que podría explicar su dificultad para escribir una novela, que la ha llevado a escribir lo que Borges no desestimaría en calificar de antilibro, pese a no existir el libro de origen, no en el mercado, que justifique dicho apelativo, en este caso: Permanente obra negra, novela inexperta (título provisional) (Sexto Piso, México, 2019). Con esto no intento decir que Abenshushan carece de imaginación, más bien todo lo contrario: ésta la desborda y ella, a diferencia de la mayoría de escritores que terminamos trabajando para esa Otra Gran Máquina (el capitalismo sería la máquina primigenia y no necesariamente funcionan a la par), se ha inventado un recurso que le permite filtrarla al instante de producirse el arrebato luminoso. “¿Qué es la escritura y qué podría llegar a ser?” Es entonces que surge la necesidad de desentrañarlo para sí misma y para el lector. La narrativa de Abenshushan exige un contendiente, no un receptor pasivo, y pocos toleran que les sean explicadas las cosas que creen entender; peor aún, dominar, y hasta poseer.

Permanente obra negra es una novela. Una novela de la familia de Museo de la novela eterna, de Macedonio Fernández, y Esto no es una novela, de David Markson. También es ensayo. Y probablemente un producto del azar, es decir, una lotería literaria. O Literatura para Jugar. La autora le llama “artefacto, libro astillado, triturado en series” […] “Las series pueden leerse por separado; primero Baskerville, luego Bodoni, Adobe, Caslon, Pro, Corbel, Eurostile (o) dejar que las fichas hablen con la elocuencia sutil del montaje.” Elegí, como en el caso de Rayuela (que seguro también les vino a la mente) leerla “en tipo misionero”, sin perder de vista que los tipos de letra marcan tres caminos diferentes de lectura. Se trata de un experimento logrado que, al término de la lectura, nos deja dos sensaciones: primera, que hemos participado activamente de su realización. Segunda: tenemos una historia que contar; una autobiografía entreverada con autoficción.

Abenshushan es una escritora que, como muchos, se ha propuesto vivir de la literatura y, en medio de su estoicismo o demencia, según se vea, no tarda en caer en lo que la mayoría, empujada por el hambre (literal): las garras de un empresario/político/estrella de cine incapaz de escribir un tweet sin faltas de ortografía (en caso de que no tenga quién se lo escriba), deseoso de figurar en la escena literaria y que, obviamente, carece de herramientas y de un iq elemental para concretar un libro publicable. Es aquí donde entra en escena La Escritora, que confiesa: “Sí: yo fui una negra literaria.”

Negro, se sigue empleando en el caló de los escritores latinoamericanos y españoles, aunque en lengua inglesa se reemplazó la alusión esclavista y racista, políticamente incorrecta, por “escritor fantasma” (ghost writer) que, además, ya no es tan clandestino sino que forma parte de la nómina de las grandes editoriales a quienes lo único que les importa es vender productos digeribles.

A través de una experiencia que parece, o suena, auténtica, Vivian trama una lúcida –que entona con lúdica–, a veces mordaz, pero para nada exagerada crítica de los medios editoriales, contrastándola con una factoría de negros consagrados a reciclar textos de otros, es decir, “plagiar”. En todo esto, se advierte un cierto desencanto respecto a las expectativas juveniles de destacar por ideas poco ordinarias que aportan variedad y singularidad a la escena literaria, cuando la realidad es que la avaricia de sus dueños se rige precisamente por lo opuesto: fórmulas exitosas que se repiten hasta agotarse… hasta que el zombi le arrebata sex appeal al vampiro, o los serial killers le ganan terreno a los narcos. No podían faltar entre la colección de epígrafes frases de los grandes terroristas contra la industria maquiladora de bestsellers, como el ya citado Fernández o Leónidas Lamborghini.

La verdad, y ésta sale a relucir a partir de los lúcidos/lúdicos ensayos de Vivian Abenshushan, uno no ha entendido la trascendencia que puede haber en una habitación desordenada, en el placer de rascarse la cabeza o en la compulsión por el zapping, y la razón por la que somos susceptibles a indigestarnos con las imágenes sin darnos cuenta. La suya no es, pues, una escritura redituable en el terreno económico. Vivian jamás será bestseller, ni le importa serlo… no mientras la lectura no vuelva a ser percibida como descubrimiento de un mundo, como deslumbramiento perpetuo, que fue precisamente como la abordó Montaigne, padre del ensayo. Y el ensayo, dice ella, surge del asombro de estar vivo.

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