Mydori es paramédica en ciudad Nezahualcoyotl

 

Mydori es paramédica en Nezahualcóyotl. A sus tareas habituales se suma el traslado de pacientes con covid. Reconoce su impotencia: “La gente casi siempre nos llama cuando su familiar ya está muy grave. Prácticamente se nos mueren en las manos”.

(proceso).-

Son más de 175 días desde que apareció en México el primer caso de covid y no los he sentido, porque mi ritmo de trabajo ha sido muy fuerte.

Soy paramédica y desde que se inició la pandemia estoy impresionada con los traslados de enfermos con covid. Implican un gran desgaste físico y emocional porque desgraciadamente la gente casi siempre nos llama cuando su familiar ya está muy grave. Prácticamente se nos mueren en las manos. Siento una gran impotencia cuando las personas me dicen: “¡Ayude a mi familiar, por favor ayúdelo!”. Y nosotros no podemos hacer casi nada más que darles la primera atención y trasladarlos a un hospital. A diferencia de un baleado, de un accidentado, donde podemos ayudar más, esta es una enfermedad que ataca a nivel multiorgánico y es poco lo que podemos hacer. Eso me impacta.

Como paramédicos sabemos identificar el peligro. Cuando llegamos a algún lugar sabemos si es seguro entrar o no. Pero esto es diferente. Está fuera de lo que había visto antes. Luchamos contra un enemigo invisible. Y trabajar en Nezahualcóyotl es complicado. Es un municipio muy grande y con muchos habitantes. Es difícil porque los casos no paran. Ya estamos cansados, agotados tanto física como emocionalmente. En algún momento con mis compañeros decíamos: para qué tanta lucha sí la gente sigue igual, saliendo a la calle, como si nada, sin creer. Nosotros decidimos cuidarnos, cuidar a los nuestros y seguir trabajando.

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Afortunadamente no he tenido ningún incidente. No ha sido el caso de un compañero, que llegó a un servicio de atención y traslado justo cuando la persona murió por covid. Los familiares de éste lo golpearon. Cuando llegamos a un domicilio de un paciente se les explica a los miembros de su familia la gravedad de su estado de salud. Pero hay gente que no lo comprende. Nosotros entendemos su dolor, pero no podemos hacer nada.

Aquí nos han ofrecido acompañamiento psicológico, pero por la pesada carga de trabajo ha sido imposible tomarlo. Para cuidar nuestra salud mental tratamos que nuestra guardia sea amena. Con mis compañeros nos reímos mucho. Hablamos: “¿Qué tienes, cómo te sientes, qué te duele?”.

Desde que empezó la pandemia aquí en el escuadrón ha habido como 10 contagiados. Afortunadamente todos han sido asintomáticos o con repercusiones no graves, porque fueron detectados a tiempo.

El día empieza a las siete de la mañana. Hay que estar alertas: un choque de motonetas por aquí, por allá un hombre desorientado y polvoriento que cayó de un techo a medio hacer, después un niño de tres años que atoró su dedito en la cadena de una bicicleta… Sin hora fija para tomar alimentos, mi compañero y yo comemos en la calle lo que podemos.

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Si trasladamos a un paciente con covid de su domicilio al hospital, debemos inmediatamente después ir a la base que se encuentra en el cruce de las calles Tepozanes y Chimalhuacán, en el oriente de Neza, para descontaminar la ambulancia y a nosotros mismos. Nos lleva como 40 minutos rociar con cloro el interior y exterior del vehículo: la camilla, el instrumental, el tablero, volante, los espejos, asientos. Todo. Luego viene desinfectar el aparatoso equipo de seguridad: gogles, dos tapabocas –uno tricapa y otro N95–, dos pares de guantes y el engorroso overol de polietileno que hace sudar hasta la conciencia. Sólo entonces nos lo quitamos: una rociada de desinfectante por cada capa que se retira. Enrollarlo todo cuidadosamente para no dejar expuesta el área que tuvo contacto con el paciente y poner todo en una bolsa que se amarra inmediatamente. Después, retirar el calzado de trabajo. Y una rociada final.

Luego de 12 horas de trabajo hay que hacer papeleo administrativo y revisar una a una las unidades, sus equipos e instrumental para entregar todo a punto a los relevos. Con mis cosas personales que saqué de la ambulancia, subo las escaleras en el oscuro y despoblado interior de la Base Aire. Ya en el segundo piso entro al cuarto en donde se encuentran los casilleros de los paramédicos. En el baño me lavo minuciosamente manos y cara. Me retiro la camisola de rescatista, guardo mis cosas en el casillero. Bajo e inicio el regreso a casa en transporte público: dos horas de recorrido hasta Valle de Chalco.

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En mi casa soy la única que trabaja en el sector salud. Sé que podría llevar el virus, pero prácticamente soy el sustento de la casa. Por eso llevamos a cabo todas las medidas posibles. A veces, cuando de repente me duele la garganta y empiezo a estornudar, me quedo pensando, esperando los demás síntomas, pero afortunadamente no ha pasado.

A la gente que todavía no cree yo le diría que sigan las indicaciones de las autoridades –esto no ha terminado y no va a terminar ahorita–; que si realmente quieren a los suyos, los cuiden.

*Paramédica del Escuadrón de Rescate y Salvamento Municipal de Nezahualcóyotl.

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