Galeano, el irruptor

 

Galeano, el irruptor

Víctor M. Quintana S.

Desde que al candidato Peña Nieto le demandaron cuál era el libro que más había influido en su vida, yo me lo pregunté y, sin pensarlo mucho, me respondí: Pedagogía del oprimido, de Paulo Freyre y la trilogía Memoria del fuego, de Eduardo Galeano. Más recientemente, los de Leonardo Boff. Todos latinoamericanos.

Lo primero que leí de Galeano fue Las venas abiertas de América Latina. Independientemente de las críticas o autocríticas de él a ese trabajo, me proporcionó un muy buen instrumento de análisis. Cuando un día sí y otro también uno se encuentra con la realidad del extractivismo, del capitalismo del despojo, en los grandes proyectos mineros a cielo abierto, en la devastación forestal perpetrada por negociantes y por cárteles de la droga, en la extracción sin límites de los agotados mantos acuíferos, no puede menos que pensar en las venas abiertas de la Sierra Tarahumara, en las venas abiertas del desierto chihuahuense, en las venas abiertas de Aridoamérica. Puede ser que luego al propio Galeano el libro le pareciera aburrido, pero uno de sus abordajes, el del pillaje voraz de la naturaleza, como forma de acumulación y ahora como recurso de recomposición del capitalismo, es de enorme actualidad.

Poco después vendría la espléndida trilogía sobre la historia de América Latina: Memoria del fuego. Una y otra vez la he releído. De ella he aprendido nuestra historia contada desde los pueblos indios, desde las mujeres, desde los esclavos, desde las y los excluidos, las y los marginales, desde la clase trabajadora, desde la subversión, desde las micro emancipaciones hasta las grandes gestas libertarias.

Lo que Howard Zinn hace en La otra historia de los Estados Unidos, lo hace en esta trilogía, Eduardo Galeano, pero en un estilo para mi gusto mucho más ágil y literario. No sólo en el contenido, reconstruye, mejor dicho, deconstruye, nuestra historia, sino en su forma de narrarla. Su prosa ágil, bella, a veces sarcástica, a veces tierna, su estilo sencillo y atractivo, nunca en parrafadas y paginadas largas, captura y fascina. Él es el creador de esa especie de epigramas histórico-periodístico-poéticos en que en media cuartilla nos entregan un pasado como experiencia de opresión o de explotación y que es futuro en cuanto inspiración libertaria.

En la literatura de Galeano aprendí a ver la realidad desde el punto de vista de las personas, las comunidades y los grupos sociales que sufren la opresión de clase, racial, sexista, colonial, siempre encarnada en personas, lugares y fechas concretos. Poco a poco me fui formando en esa manera de sentir y entender las cosas. Muchos años después encontré todo esto teorizado, expresado en los complejos, densos, y a la vez muy bien fundamentados planteamientos de los autores de la Teoría de la decolonialidad, de las epistemologías del sur. Pude comprobar directamente lo que muchos dicen sobre el valor de la literatura para exponer de una bella manera, sintética, el pensamiento complejo.

Algo más: siempre en esos escritos de Galeano y en sus libros posteriores, he visto un llamado continuo, pero muy sutil a la acción. No puede uno quedarse en el encanto, en la emoción estética que produce su pluma. Porque también le sacude a uno la conciencia, le hace cuestionar la actitud ante las múltiples formas de opresión a su alrededor, a buscar una forma de participación, así sea modesta, en tantos procesos de denuncia y de emancipación que se van gestando todos los días. En este sentido se da en la obra de Galeano lo que Walter Benjamin dice del tiempo del ahora: el momento originario de la creación que anticipa una nueva historia sin injusticias ni enajenaciones.

Quiero terminar reconstruyendo una maravillosa experiencia de mi persona con relación a Eduardo Galeano. Parto de un acontecimiento que narré en una Carta abierta al autor, publicada en estas mismas páginas de La Jornada en 2009. https://www.jornada.com.mx/2009/04/03/opinion/021a2pol

Ahí le cuento a Galeano cómo, sin saberlo, me salvó la vida. Fui secuestrado ocho horas en 1997 en la Ciudad de México. Salvé mi vida –así lo declararon mis captores cuando fueron aprehendidos un año después– gracias a que les narré una anécdota sobre Hugo Sánchez, el equipo de Epigmenio Ibarra y la guerra de Bosnia que había publicado Galeano en Ventanas de este querido diario el domingo anterior, que aparece en su libro El futbol a sol y sombra.

Galeano tuvo el detalle de responder con un breve correo a mi carta abierta, lo que me dio mucho gusto. Pero luego él mismo la narró, con algunas leves modificaciones, en Deportv, un programa de la televisión argentina donde solía hacer comentarios sobre futbol: ttps://twitter.com/canaldeportv/status/1301595245524725762?s=08 y, para más sorpresa de quien esto escribe, Galeano vuelve a retomar la anécdota en su libro póstumo, Cazador de historias, en la pág. 214.

Así, puedo decir que Eduardo Galeano irrumpió en mi vida, para maravillarla, para cuestionarla, pero también para salvarla.

* Investigador-docente de la UACJ

 

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