Detrás de la ventana

Mario Campuzano

La Jornada Semanal

 

Las condiciones generadas por la pandemia causada por el Covid-19 obligan a reflexionar sobre los cambios impuestos en todas las áreas del conocimiento. Por su vocación profundamente humana, la psicoterapia no es la excepción. Aquí se apuntan algunas ideas al respecto, basadas en la experiencia profesional y de vida del autor.
Ahora que un nuevo virus causa una pandemia que amenaza al mundo y nos obliga a tomar medidas radicales dictadas por los conocimientos médicos existentes, tenemos que reflexionar no sólo sobre el conocimiento biológico del virus y cómo prevenirlo y darle tratamiento eficaz, en lo cual ya se vienen logrando avances importantes en poco tiempo, sino sobre las consecuencias humanas y sociales, amén de las económicas y políticas, a que da lugar tanto el ataque viral como los efectos y dificultades humanas, subjetivas y sociales, que provocan las medidas de confinamiento para lograr su contención.

Las medidas básicas para disminuir la difusión masiva del virus, debido a su alto nivel de contagiosidad, son el aislamiento social, para evitar el contagio directo entre los individuos dado por la difusión de la saliva contaminada que se genera al hablar, al estornudar o al toser en quienes están enfermos, así como el contagio indirecto a través de cualquier objeto contaminado por el virus y retransmitido por aquellos en quienes queda en su cuerpo, sobre todo sus manos, y lo transmite así a las vías respiratorias.

Con un enemigo invisible, ambas medidas son difíciles de instrumentar, sobre todo la primera, el aislamiento social, pues somos seres gregarios, animales sociales, y por ello para la mayoría el aislamiento se vive con sufrimiento. No es casual que el castigo para delincuentes sea, precisamente, el aislamiento social en las cárceles.

 

Del instinto a la coerción

Los etólogos, ese grupo de biólogos que se propuso estudiar el comportamiento de los animales en su medio ambiente, también incursionaron en las alteraciones de su comportamiento bajo condiciones diferentes a las propias de la naturaleza y, en relación a la agresión, descubrieron cosas interesantes: la mayor parte de los animales tienen controlada la agresión contra los de su misma especie, a menos que se cambien las condiciones de vida propias de su entorno natural, por ejemplo, en situaciones de confinación en espacios reducidos. Este control de la agresión intraespecie se logra mediante mecanismos instintivos que juegan un papel mucho menos importante en los seres humanos, donde la mayor parte de su comportamiento no es determinado directamente por la herencia instintiva, sino por factores de aprendizaje social, especialmente aquellos establecidos por la modulación de los impulsos amorosos y agresivos en el interior de la familia y la sociedad.

Precisamente la situación de confinación física y social que se requiere como medida de prevención en la pandemia causa efectos similares a los conocidos en los demás animales: irritación, agresividad y/o depresión emocional. Todo ello acentuado porque se requiere por períodos prolongados. De ahí la necesidad de coacción social de distinta intensidad que ha tenido que instalarse en distintos países para que la medida se obedezca, aunque algunos lo han aprovechado malamente para intensificar el control social, a veces dictatorial, de las poblaciones, y para que ciertos sectores o grupos de población asuman medidas contra la circulación de quienes no son originarios de esos lugares, mismas que pueden ser incluso agresivas con todos los foráneos, o hacia el personal de salud, a quienes perciben como entes peligrosos, potencialmente transmisores de la temida enfermedad.

Además, la falta de un antiviral eficaz y de alguna vacuna que brinde protección con la consecuente ampliación de la libertad de movimientos, propicia las supuestas soluciones derivadas del pensamiento mágico, así como la aplicación de múltiples mecanismos de defensa para evadir la situación de vulnerabilidad, entre otras, la negación de la enfermedad y la omnipotencia ante ella, actuando, por ejemplo, desde la actitud de “yo soy joven, a mí no me dará”, por lo cual son muchos los enfermos y muertos en ese rango de edad.

En otros casos, el temor potencia medidas de aislamiento de las comunidades, (como en el período del feudalismo), que amenazan el mantenimiento de concepciones amplias como la de nación, de uniones de naciones, e incluso de un elemento central del neoliberalismo como es la globalización, que contribuirá a acelerar
su decadencia anunciada desde la crisis financiera de 2008-2009, que ha dejado desde entonces una recesión crónica que ahora se vuelve aguda. Aunque los ciclos económicos suelen ser largos, de décadas, ahora estos factores pueden aumentar la velocidad del declive.

El virus (del individualismo)

Los efectos de las propuestas ideológicas neoliberales de individualismo, narcisismo, hedonismo y consumismo se volvieron evidentes con varias nutridas manifestaciones en Alemania, España y otros lugares, contra las autoridades que recetan el confinamiento y el cubrebocas obligatorio, a pesar de que participar en un evento masivo aumenta considerablemente las posibilidades de contagio. Esos jóvenes, tan acentuadamente individualistas, protestaban por la afectación a sus derechos individuales, dando por muertos o inexistentes temas como solidaridad social y corresponsabilidad sanitaria. En otros lugares, las manifestaciones son debidas a la dureza de las medidas, cuasi dictatoriales. Pero, en general, hay cansancio de la población por el confinamiento y cada vez más frecuentemente aparece el síndrome que provoca.

Puesto que, además, la pandemia causa afectación económica a gran parte de la población, se incrementa la inseguridad pública y obliga a un cambio de vida en sectores amplios de la misma, y estos problemas económico-sociales generan impactos políticos acentuados en ciertos países donde hay elecciones cercanas, como la presidencial en Estados Unidos y las elecciones intermedias de algunos gobernadores y legisladores en México. Esto en cuanto a los efectos macrosociales, pero también están los microsociales, individuales y profesionales.

Las escuelas de todos los niveles académicos han pasado del trabajo presencial en las escuelas al cibernético en casa. Las empresas han aumentado la cuantía del home-office y hasta los médicos han buscado protegerse mediante las consultas por vía cibernética, sobre todo en algunas áreas que lo permiten fácilmente, como las relacionadas con la psicoterapia.

La realidad es amplia y compleja, no sólo es la enfermedad sino sus consecuencias: dificultad para conseguir la atención médica necesaria, sobre todo cuando se requiere la hospitalaria debido a la enorme demanda simultánea, pérdida de empleos y de ingresos económicos, enfermedad y a veces muerte de seres cercanos y queridos en condiciones inéditas y fuera de nuestra cultura: en la soledad, sin el acompañamiento de familiares y amigos, y en los
casos de fallecimiento en hospitales, sin la entrega del cuerpo, sino de una urna con las cenizas del fallecido. Son situaciones que no facilitan ni el enfrentamiento a la enfermedad ni la elaboración del duelo en los casos fatales, así como un ambiente de amenaza y futuro incierto para todos.

¿Qué cambios generarán estas experiencias en nuestras personas (si sobrevivimos), en nuestra familia, nuestra comunidad, país y el mundo entero? Esas son las interrogantes para las cuales no tenemos respuesta. Sabemos por experiencia de vida y profesional que las crisis son, también, oportunidades de crecimiento, pero requieren que agucemos al máximo nuestra inteligencia y creatividad. Menudo reto el que tenemos, porque las vacunas tardarán.

 

*Médico, psiquiatra, psicoanalista.

 

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