Ulises Criollo

 

Por: CESAR TEJADA

Aquel ejemplar de Ulises criollo se empolvaba en una repisa a la que nunca llegaban el sol ni mi curiosidad. Era un misterio qué hacía allí, entre libros de teoría sociológica y polilla, y por qué nadie lo había puesto en un lugar más adecuado, ya fuera el anaquel de literatura mexicana, ya fuera otra biblioteca donde provocara un raro interés. Lo ignoré incluso cuando fui estudiante de ciencia política, como si sus tapas blandas no contuvieran nada más que anacronismos. La portada, en la que figuraba el perfil de Vasconcelos con un beso de lápiz labial, me parecía el colmo de la extravagancia. Cómo augurar que ese desangelado título de Lecturas Mexicanas iba a convertirse en una especie de libro de cabecera hasta deshojarse en mi buró.

Quién sabe qué pudor embozaba a la literatura mexicana en el siglo XX, y quién sabe qué pudor siguió embozándola en la primera década del siglo XXI. La autobiografía se juzgaba como exhibicionismo en la primera parte y como ejercicios de imaginación estéril en la segunda, cuando incluso hubo quien se agrupó en oposición a ella. Con excepción de algunos escritores que utilizaron los textos autorreferenciales para escribir sus columnas periodísticas, como Ibargüengoitia, Castellanos o, más recientemente, Rafael Pérez Gay, pocos concluyeron que sus vidas fueran interesantes o que sus intereses literarios estuvieran relacionados con sus experiencias vitales. Pasaron, digamos —con cierto arbitrio— setenta y cinco años entre la primera edición de Ulises criollo y el caudal reciente de libros autobiográficos que le suceden, como el que tiene hijos hasta la senectud y es incapaz de comprender, por motivos generacionales, a su descendencia.

Dejemos de lado las razones, el hecho es que por ahí de 2011 comencé a trabajar en un proyecto enciclopédico, en el equipo que escribiría los capítulos sobre José Vasconcelos. En las juntas de la cuadrilla vasconcelista surgió mi interés por Ulises criollo cuando mi colega, el ensayista Edgar Yépez, habló con entusiasmo de algunos pasajes de las memorias. Nunca olvidaré cuando tomó su ejemplar y leyó unas palabras para ejemplificar su entusiasmo, palabras de improbable conexión que a la postre llegarían a fascinarme, palabras que hoy considero las mejores de la autobiografía mexicana, condensada en un brevísimo párrafo: “Antes que la lujuria conocí la soberbia”. Es la síntesis de un carácter, de una forma de ser y pensar, pero sobre todo de una manera de escribir sobre uno mismo, de acudir a las posibilidades de la escritura para revelarse al mismo tiempo como escritor y como persona. Es la declaración de una autobiógrafo que al escribir no puede distanciarse de su personaje y que desde su personaje escribe de sí mismo.

En otro libro de esta colección, Protagonistas de la literatura mexicana, Emmanuel Carballo reunió sus trabajos sobre Vasconcelos e incluyó un par de entrevistas. En ellas debemos imaginar al septuagenario lleno de animadversiones y antipatías, tras su escritorio de director de la Biblioteca México. Un día recibe al joven Carballo. Dice arrepentirse de haber dedicado una vida al servicio público donde —de acuerdo con sus propias expectativas— fracasó. Se queja de no tener el dinero que tendría si se hubiera dedicado a la abogacía en el sector privado. Considera que la posteridad recibirá con entusiasmo sus tratados filosóficos y no sus memorias. En ese contexto teoriza alrededor de la autobiografía. Hoy parece inverosímil que una actividad tan inocente haya sido defendida de manera contestataria por el gran defensor de la educación pública y los libros gratuitos.

El 8 de julio de 1936 fue publicada, en El Universal, la primera crítica de Ulises criollo, firmada por Jorge Cuesta, acaso la mejor de las aparecidas desde entonces. Éste, sin prejuicios autobiográficos, disertó lúcidamente alrededor de los propósitos vasconcelistas. Tan acertado es Cuesta que no discierne entre vida y libro. Escribe:

La de Vasconcelos es la vida de un místico; pero de un místico que busca el contacto de la divinidad a través de las pasiones sensuales. Su camino a Dios no es la abstinencia, no es la renunciación del mundo. Por el contrario, tal parece que en Dios no encuentra sino una representación adecuada de sus emociones desorbitadas y soberbias, que no admiten que pertenecen a un ser hecho de carne mortal. Su misticismo es titánico.

En 1959, veintitrés años después y ante Carballo, Vasconcelos contestó quiénes fueron sus maestros: “Nadie tuvo el menor influjo sobre mí que no fuera una de esas cumbres que todos atacamos: San Agustín, por ejemplo”. Es como si Cuesta hubiera dado en el clavo con aquello del místico o, como si en el clavo dado por Cuesta, Vasconcelos hubiera encontrado los argumentos para explicarse años después.

Con Ulises criollo pienso en la soledad de las obras sin descendencia y en los ejemplares sin suerte que habitan repisas empolvadas. Se trata de un libro accidental. Es un accidente que la más grande de nuestras soberbias pudiera disolverse en un manuscrito. Es un accidente que una figura pública se atreviera a explorar las fronteras del pudor en los años treinta. Es un accidente que alguien pudiera escribir esa difícil mezcla de bildungsroman (o novela de iniciación) y novela de la revolución mexicana y convertirla en la cúspide de nuestras memorias.

Esta entrada fue publicada en Mundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *