Michelet Jules

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Michelet, Jules (1798-1874).

Erudito, ensayista, historiador, filósofo y traductor francés, nacido en París el 21 de agosto de 1798 y fallecido en Hyères (Provenza) el 9 de febrero de 1874. Autor de una extensa, brillante y documentada producción impresa que, animada siempre por su talante liberal, intentó presentar la historia como «la resurrección de la vida integral del pasado», está considerado como una de las figuras más relevantes de la historiografía romántica, y, sin lugar a dudas, una de las voces cimeras de la intelectualidad francesa decimonónica. En sus escritos brilla con singular fulgor, al margen del valioso acopio de documentos y testimonios que iluminan un período crucial en la historia de Francia, una prosa enérgica, vibrante e impetuosa que ha llevado a una parte considerable de la crítica literaria a considerar a Michelet no sólo como un destacado escritor, sino incluso como «uno de los grandes poetas románticos» de las Letras francesas.

Vida
Nacido con los últimos estertores de la Revolución Francesa, vino al mundo en el coro de una iglesia en la que su padre había instalado una imprenta durante el período revolucionario conocido como «el Terror». En los primeros años de su infancia, el pequeño Jules pasó grandes calamidades derivadas de la pobreza en que había quedado sumida su familia a raíz de la llegada al poder de Napoleón (1769-1821), cuyo despótico gobierno había limitado y censurado salvajemente el mercado editorial, con el subsiguiente perjuicio para el gremio de impresores (y, en general, para cualquiera que desempeñase un oficio relacionado con el libro).

Tras implicar a todos los medios de su familia en su desesperada lucha por sacar adelante su pequeña empresa, el padre del futuro escritor hubo de renunciar a este negocio y aceptó un mediocre empleo como contable, con el que ganó lo suficiente para enviar al pequeño Jules al prestigioso Collège Charlemagne de París; en dicha institución, los profesores Villemain y Leclerc advirtieron con presteza las asombrosas dotes intelectuales de su joven alumno, quien sobresalió en el estudio de las disciplinas humanísticas y, particularmente, de la literatura y la retórica (llegó a ganar un premio de oratoria en un certamen de implantación nacional). Así las cosas, en 1819, al poco de haber cumplido los veinte años de edad, Jules Michelet ya había obtenido el grado de doctor en Letras, título al que accedió tras la lectura de dos tesis: la primera de ellas, que daba cuenta de su constante interés por la Antigüedad clásica greco-latina, estaba centrada en las Vidas paralelas del biógrafo griego Plutarco (ca. 50-ca.125); la segunda, que dejaba patentes sus hondas inquietudes filosóficas, llevaba por título el de L’idée de l’infini d’après Locke (La noción de infinito después de Locke).

Estos trabajos le granjearon un precoz reconocimiento intelectual que despertó el interés de varios centros docentes de gran prestigio, deseosos de contar en sus respectivos claustros con el humanista parisino. Así, tras iniciarse como profesor en la institución Briand en 1821, fue inmediatamente reclamado por el abad Nicole, uno de los fundadores del afamado Collège de Sainte-Barbe, para que impartiera allí clases de Historia. Integrado, así, en dicho centro de enseñanza superior, el joven maestro Michelet redactó, para uso de sus alumnos, un espléndido manual titulado Tableau chronologique de l’histoire moderne (1453-1789) (Cuadro cronológico de la historia moderna [1453-1789], 1824), al que luego añadió, al cabo de un lustro, su Précis d’histoire moderne (Compendio de historia moderna, 1829), obra -esta última- en la que resumía su labor docente en el colegio de Sainte-Barbe. Ambos trabajos sentaron las bases para sus posteriores escritos historiográficos, que habrían de convertirle en uno de los historiadores más leídos y respetados de su tiempo.

Sin embargo, durante aquel período en las aulas del Sainte-Barbe el humanista parisino se sentía mucho más atraído por la filosofía que por la historia (materia en la que se había introducido para ganarse la vida como profesor, mas no siguiendo los auténticos dictados de su vocación, que le arrastraban más hacia el terreno de la reflexión y la especulación). En efecto, mientras impartía sus lecciones de historia trabajaba por su cuenta en la traducción de algunas obras filosóficas del pensador escocés Thomas Reid (1710-1796), del inglés Dugald Stewart (1753-1828) y del gran humanista italiano Giambattista Vico (1668-1744), de quien vertió al francés sus célebres Principios de una ciencia nueva sobre la naturaleza de las naciones -que puso bajo el título de Filosofía de la historia (Philosophie de l’histoire, 1829)-. En todos estos trabajos, Michelet mostró su interés por presentar una filosofía aplicada al conocimiento útil de otras materias, unas veces situadas en la órbita de sus inquietudes humanísticas (con la literatura y la historia), y otras veces pertenecientes a otros campos del saber que tampoco se escapaban a su vasta curiosidad intelectual (como el de las ciencias naturales).

En 1826, recién abierta la Escuela Preparatoria -que venía a ocupar el vacío dejado por la desaparición de la antigua Escuela Normal-, Jules Michelet concurrió a las cátedras de filosofía e historia de esta institución y, durante dos años (1827-1829), estuvo impartiendo ambas materias; pero en 1829 se le aconsejó que renunciara a la cátedra de filosofía para que pudiera consagrarse de lleno a la enseñanza de historia antigua, asignatura en la que ya era considerado una autoridad mundial. Volcado, así, en esta disciplina, a comienzos de los años treinta dio a la imprenta la primera parte de su magnífica Histoire romaine (Historia romana, 1831), centrada en el período republicano de la Roma Antigua. Sirviéndose de un soberbio estilo literario que cautivaba al lector por su vigor y su claridad, Michelet recogía en este libro algunas de las ideas que el historiador danés Niebuhr (1776-1831), quien había impartido clases en las universidades de Berlín y Bonn, había difundido por Alemania a través de su reveladora Historia de Roma, obra que, hasta entonces, no había merecido el interés de la historiografía francesa; pero, además, el erudito parisino enriquecía las aportaciones de Niebuhr con valiosísimas ideas personales procedentes de su propia investigación e interpretación de los hechos.

Mientras se hallaba escribiendo esta Historia romana, Michelet tuvo ocasión de visitar la Ciudad Eterna, en el transcurso de un primer viaje a Italia que realizó en la primavera de 1830. Sesenta años después, el diario en el que el humanista francés había ido anotando las impresiones de esta visita vio la luz bajo el título de Rome (Roma, 1890). La edición de esta interesante obra semi-desconocida de Jules Michelet corrió a cargo de un hijo de la duquesa de Berry, antiguo alumno del historiador parisino.

A su regreso a Francia tras dicho recorrido por Italia, coincidiendo con la Revolución liberal de 1830 y la reorganización de la Escuela Normal, Jules Michelet fue nombrado en este centro de enseñanza catedrático de historia medieval y moderna. Poco después, empezó a compaginar estas labores de docencia e investigación con las obligaciones derivadas de un nuevo cargo que venía a sancionar su merecido prestigio intelectual: jefe de sección de los Archivos Nacionales (1831). Por aquel tiempo, inició también la redacción de un ambicioso proyecto historiográfico que, a la postre, habría de convertirse en su obra maestra, proyecto del que ofreció un suculento avance en 1833, cuando publicó su Précis de l’histoire de France (Compendio de la historia de Francia). Unos meses después, dio a los tórculos los dos primeros volúmenes de dicha obra maestra; se trata de su monumental Histoire de France (Historia de Francia, 1833-1844), en la que trabajó intensamente durante los diez años siguientes, hasta cubrir el período comprendido desde los orígenes hasta el final de la Edad Media.

Entretanto, Michelet había seguido desplegando una intensa actividad docente que le había conducido en 1834 hasta las aulas de la Universidad de la Sorbona, en donde sustituyó durante un curso académico al celebérrimo historiador Pierre Guizot (1787-1874). Incansable en su dedicación al estudio de la historia, durante aquel ajetreado período de su vida realizó numerosos viajes por diversos lugares de Europa (como Inglaterra, el sur-oeste de Francia, los Países Bajos, Alemania, Suiza y el norte de Italia), destinados a recopilar, in situ, valiosos documentos relacionados con esa magna labor historiográfica a la que se había consagrado. Siempre pendiente, además, de ir anotando sus impresiones y recuerdos en un ameno y detallado diario personal, dejó para la posteridad un interesante libro de viajes que no vio la luz hasta finales del siglo XIX, bajo el título de Sur les chemins de l’Europa (Por los caminos de Europa, 1894). Por lo demás, su consagración a la docencia y a la investigación en la Escuela Normal y -de forma interina, como ya se ha anotado más arriba- en la Universidad de la Sorbona, le permitió dar a la imprenta otros trabajos tan notables como Mémoires de Luther (Memorias de Lutero, 1835), Les origines du droit français (Los orígenes del derecho francés, 1837) y Actes du procès des templiers (Actas del proceso de los templarios, 1841-1851), todos ellos deudores de los vastos conocimientos acumulados por Michelet en el curso de la elaboración de su monumental Historia de Francia.

Para varias promociones de alumnos de la Escuela Normal, Jules Michelet se convirtió en un punto obligado de referencia por su amplitud de saberes, su infatigable entrega a la investigación, su brillantez expositiva, su extraordinario interés por la renovación de los antiguos conocimientos y, sobre todo, su amor a la libertad e independencia del intelectual. Nombrado, en 1838, catedrático de historia y moral en el parisino Collège de France, ejerció desde allí una auténtica campaña en defensa de los principios democráticos dictados por su ideología liberal, compaginada con el respeto que sentía hacia el cristianismo desde 1816 (año en el que, a raíz de una profunda crisis espiritual propia de su edad juvenil, se había hecho bautizar). Este difícil equilibrio entre su ardorosa defensa del liberalismo político y filosófico y su fascinación por la espiritualidad cristiana -de la que llegó a participar fervorosamente en diferentes fases de su vida, como cuando fue contratado en la Escuela Preparatoria, período en el que pasaba por ser un católico practicante-, le impulsó a señalar el Cristianismo, la Reforma y la Revolución como los tres elementos capitales en la historia de la libertad humana (así lo dejó bien patente, v. gr., en su Introduction à l’histoire universelle [Introducción a la historia universal], obra que permaneció inédita hasta 1897).

Fruto de la preparación de los densos cursos de historia que dictó en el Collège de France fueron otras obras suyas tan dignas de mención como Les jésuites (Los jesuitas) -escrita en colaboración con Edgar Quinet-, Du prêtre, de la femme, de la famille (Sobre el cura, la mujer y la familia) -libro plagado de sutiles apreciaciones sobre las costumbres y la moral de su tiempo-, y Le peuple (El pueblo, 1846) -una pequeña obra maestra, en la que la emoción y la elocuencia se dan la mano para clamar en pro de la justicia social y los principios democráticos-. Atento, simultáneamente, a las circunstancias políticas y sociales que conformaban la realidad inmediata en la que se desenvolvía, Michelet presintió los radicales acontecimientos revolucionarios que se avecinaban y suspendió la redacción de su Historia de Francia cuando sólo había cubierto hasta finales del siglo XV, para centrarse en la escritura de una obra mucho más acorde con el signo de aquellos tiempos: la Histoire de la Révolution (Historia de la Revolución, 1847-1853). El rigor histórico y la calidad literaria alcanzadas por su Historia de Francia reaparecieron, rayando a idéntica altura, en esta segunda obra maestra del erudito parisino, integrada por siete grandes volúmenes más un pequeño tomo que, bajo el sugerente título de Les femmes de la Révolution (Las mujeres de la Revolución, 1854), se sumó al grueso de la obra a guisa de apéndice.

Tras este largo y fecundo paréntesis consagrado a la «historiografía revolucionaria», Jules Michelet reanudó en 1855 su ambiciosa Historia de Francia, a la que aportó once nuevos volúmenes entre 1855 y 1867, de tal forma que dejó cubierto el pasado histórico de su pueblo hasta el estallido de la Revolución Francesa (1789). En total, si se suman los tomos de la primera etapa de esta obra (la que abarca desde los orígenes hasta el final de la Edad Media), más estos once volúmenes de su segunda fase, más los tomos sobre el período revolucionario mencionados en el párrafo anterior, se halla que Michelet dedicó a la historia de su nación veinticuatro volúmenes, a los que aún habría de añadir -en su afán por apurar su investigación hasta el presente- los tres volúmenes que conformaron su Histoire du XIXe siècle (Historia del siglo XIX). De estos tres últimos, sólo el primero vio la luz en vida de su autor (1872); los otros dos, que prolongan su estudio hasta la batalla de Waterloo (1815), vieron la luz en 1875, un año después del fallecimiento del humanista parisino.

En 1849, la reacción contraria a la revolución del año anterior -revolución que había sido saludada con alborozo por Michelet, pues había cifrado en ella todas sus esperanzas de alcanzar esa libertad extrema que venía propugnando en sus clases y en sus escritos- apartó al escritor parisino de la docencia en el Collège de France, donde fue definitivamente destituido en 1851. Al año siguiente, con la llegada del nuevo imperio de Napoleón III, Michelet fue también desposeído de su cargo en los Archivos Nacionales (a los que pertenecía desde hacía más de veinte años), tras haberse negado a prestar juramento al gobierno conservador. No cayó, empero, en el desánimo ni dejó de investigar y escribir durante este período, en el que trabajó -además de en esa interesante Historia de la Revolución Francesa citada más arriba- en otras muchas obras, como L’Étudiant (El estudiante) -una recopilación de ocho lecciones magistrales pronunciadas en el Collège de France-, y los folletos Pologne et Russie (Polonia y Rusia) y Principautés danubiennes (Principados danubianos), ambos reunidos primero bajo el título de Légendes démocratiques du Nord (Leyendas democráticas del Norte, 1854) y más tarde en otro volumen titulado La Pologne martyre (La Polonia mártir, 1863).

Privado, en fin, de cargos públicos y sujeto, durante aquel período del Segundo Imperio, a la necesidad de subsistir únicamente del producto de su pluma, Jules Michelet encontró por aquel tiempo el apoyo incondicional de su joven esposa, Athanaïs Mialaret, con la que acababa de contraer matrimonio en 1850, a pesar de que entre ambos había una diferencia de edad de treinta años. En 1824 (es decir, cuatro años antes de que viniera al mundo Athanaïs), el erudito parisino se había casado con una mujer que le había dado una hija y un varón, aunque había sido incapaz de entender su espíritu creativo y su consagración al estudio y la investigación, por lo que el matrimonio nunca llegó a funcionar. Viudo desde 1839, hacia 1848 la vida privada y doméstica de Michelet transcurría en soledad, pues su hija ya se había casado y su hijo residía lejos de París; fue por aquel entonces cuando empezó a mantener una intensa relación epistolar con la joven Athanaïs Mialaret, a la sazón afincada en Viena en calidad de institutriz en casa de la poderosa familia Esterhazy. En un principio, las cartas intercambiadas entre el afamado intelectual y la estudiosa joven sólo abordaban cuestiones literarias y filosóficas, que eran las que habían empujado a Athanaïs a iniciar la correspondencia; pero, poco a poco, otras inquietudes personales se cruzaron en el ir y venir de las epístolas, y antes de que hubieran transcurrido dos años la institutriz ya estaba aposentada en París, convertida en la nueva Mme. Michelet. A su lado, el ya maduro humanista encontró no sólo esa felicidad conyugal que no había conocido en su primer matrimonio, sino también un auténtico estímulo para seguir consagrado por entero a sus investigaciones; de hecho, fue su nueva esposa quien le animó para que reanudara, cuando ya había rebasado el medio siglo de existencia, sus estudios juveniles sobre las ciencias naturales y la filosofía moral, que Michelet había ido relegando en beneficio de su consagración a la historiografía.

Bajo este amoroso estímulo, Jules Michelet imprimió un novedoso giro a su escritura y dio a la imprenta algunas obras tan bellas y emotivas como L’oiseau (El pájaro, 1856), L’insecte (El insecto, 1859), La mer (El mar, 1861) y La montagne (La montaña, 1868), en las que su descripción de seres y fenómenos naturales alcanza altas cotas de refinamiento lírico, al tiempo que deja entrever la sensibilidad de un espíritu libre y sutil, pero traspasado por el sentimiento religioso. Dicha dimensión espiritual de su trabajo se aprecia también, bien es verdad que algo más atenuada, en otras obras suyas como L’amour (El amor, 1858), La femme (La mujer, 1859) y Nos fils (Nuestros hijos, 1869), en las que, siempre bajo el acicate del amor de Athanaïs, se reveló como un agudo y solvente filósofo moralista, seguidor de las ideas ilustradas de Rousseau (1712-1778) y de las propuestas educativas del pedagogo suizo Pestalozzi (1746-1827). La sorcière (La bruja, 1862), es otro libro de esta etapa de madurez de Michelet, un estudio de psicología histórica plagado de elementos fantásticos que, en cierto modo, desorientan al lector acostumbrado a su rigor científico, pero enriquecido también por esa vena poética que hace de su estilo uno de los más amenos y literarios de las Letras francesas decimonónicas; pero, sin lugar a dudas, su obra maestra de este último período de su trayectoria literaria e intelectual es La Biblie de l’humanité (La Bilblia de la humanidad, 1864), en cuyas páginas ofrece un hondo análisis de las religiones arias y semíticas, orientado a la búsqueda de una auténtica moral natural que pueda guiar a la humanidad sin coartar la libertad del espíritu.

Afortunadamente para el viejo liberal republicano, la irrupción en su vida de Athanaïs Mialaret atenuó la tristeza que le invadió tras el golpe de estado del 2 de diciembre de 1852, por vía del cual Luis Napoleón Bonaparte tomaba el nombre de Napoleón III y proclamaba el II Imperio. Otros acontecimientos posteriores contribuyeron a ensombrecer aún más sus últimos años de existencia, como la guerra franco-prusiana de 1870 -con la subsiguiente pérdida de los territorios de Alsacia y Lorena- y el fracaso estrepitoso, rodeado de crueldades y atrocidades, de la Comuna de 1871. Desolado por la desmembración de Francia y la descomposición de los ideales democráticos que había venido defendiendo durante toda su vida, Michelet aún tuvo bríos, ya septuagenario, para protestar contra la nueva situación política y social en un folleto titulado La France devant l’Europe (Francia ante Europa, 1871), mientras seguía redactando su Historia del siglo XIX, traspasada en todas sus páginas por el odio del erudito parisino hacia los Bonaparte (que, en su opinión, fueron los auténticos destructores del espíritu liberal y reformista surgido tras la Revolución).

A pesar de esta entrega permanente a su vocación de estudioso e investigador, desde la pérdida de Alsacia y Lorena Jules Michelet había dejado de ser ese intelectual animoso y combativo, capaz de afrontar los proyectos más laboriosos y de mostrar en ellos abiertamente todo el alcance liberal y democrático de su ideología. Francamente abatido por los acontecimientos que le amargaban la vejez, se retiró en busca de sosiego y aislamiento a la tranquila localidad provenzal de Hyères, en la que perdió la vida a comienzos de 1874.Tras su desaparición, su esposa Athanaïs Mialaret asumió la responsabilidad de reunir los textos inéditos que había dejado el desaparecido humanista y darlos a la imprenta, culminando así la impagable labor de estímulo sentimental e intelectual que había desempeñado a su lado desde mediados del siglo XIX. Gracias a las gestiones de su viuda -proseguidas luego por el hijo que el había tenido el escritor en su primer matrimonio-, vieron la luz otras obras de Jules Michelet como sus dos libros de impresiones viajeras citados en parágrafos superiores, así como dos interesantes dietarios que fueron publicados bajo los títulos de Ma jeunesse (Mi juventud, 1884) y Mon journal (Mi diario, 1888). Además, la viuda del escritor dio a los tórculos un texto Michelet que hasta entonces era desconocido, Le banquet (El banquete, 1878), centrado en sus recuerdos acerca de una estancia en la costa de Liguria, y reeditado luego bajo el título de Un hiver en Italie (Un invierno en Italia). Asimismo, en su afán por divulgar la obra de su difunto esposo, Athanaïs Mialaret entresacó numerosos fragmentos de sus monumentales trabajos y los publicó como extractos o muestras selectas de su producción literaria, ensayística o historiográfica; entre estas selecciones de la obra de Michelet, cabe recordar las tituladas Nôtre France (Nuestra Francia) et Les soldats de la révolution (Los soldados de la Revolución).

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