El Cuento de la verdad

Robert Fisk y el cuento de la verdad

Javier Aranda Luna

Robert Fisk, el reportero de guerra que conocía como pocos el silbido de los cohetes antitanques, el golpeteo de las ametralladoras, el sonido seco de las bombas personales y la intensa luz que enceguecía provocada por el impacto de los obuses, tuvo su mayor prueba en 1997, cuando emprendió una resbaladiza y espeluznante odisea de dos horas por lo que describió como espantosas quebradas bajo la lluvia y agua nieve, montado en un Jeep Toyota cuyas ruedas desprendían las piedras que rodaban por el precipicio en dirección a las nubes situadas más abajo.

La actividad mental de Fisk era incesante. No se desprendía de su libreta de taquigrafía donde apenas podía garabatear algunas notas en la oscuridad. Después de varios retenes perdidos en los desfiladeros y con un parabrisas que no dejaba de empañarse mientras ascendían por la escarpada montaña, escuchaba al conductor que le decía mientras luchaba con el volante para evitar el abismo: es fácil hacer esto cuando crees en la yihad.

Pero si el camino había sido tortuoso y largo, lo más aterrador estaba por llegar:

Osama Bin Laden, a quien entrevistó en tres ocasiones, lo recibió en su tienda de campaña hablándole de un sueño. Algo común en él, a decir de Fisk, pero esa vez le dijo algo escalofriante, según escribió el reportero en una de sus célebres crónicas publicadas en The Independent y en La Jornada: Uno de nuestros hermanos había tenido un sueño en el que había visto a Robert Fisk a caballo, con barba, como una persona espiritual.

Yo llevaba una túnica, me dijo. Eso significa que eres un verdadero musulmán.

El mensaje era aterrador, escribió Fisk. El hombre más buscado y temido en el mundo quería reclutarlo. No, respondí, yo no era musulmán, sólo un periodista cuyo trabajo consistía en contar la verdad. Eso le bastó a Osama Bin Laden, que contara la verdad.

Robert Fisk no tenía redes sociales ni entraba a Internet para reportear. Le sorprendía que cada vez existían más corresponsales de guerra y que cada vez supieran menos de las guerras. Le sorprendían las redacciones de los diarios donde todos miraban monitores para seguir las noticias de CNN u otra cadena; le sorprendían los estudios de televisión o las cabinas de radio, donde todos leían diarios. Reporteros que se alimentaban unos de otros y no de las noticias. Le asombraba, por ejemplo, encontrar en Beirut periodistas reportando a partir de materiales de otros. Para él, eso era matar al periodismo. No entendía la razón de que un periodista enviado al frente de guerra se enlazara con expertos que nunca habían estado en Medio Oriente o que supieran siquiera el idioma que se hablaba en la región.

Tampoco creía en el equilibrio informativo. Para hacer periodismo teníamos que abandonar la idea de ser neutral, de dar el mismo espacio a todas las voces como hacen muchos medios en nuestros días.

“Si eres testigo de barbaridades como los crímenes de guerra, debes enfadarte; no te puedes quedar sentado con tu ordenador portátil escribien-do lo que han dicho varios portavoces.

Cuando ves a víctimas infantiles apiladas en el lugar de una masacre, dijo en varias ocasiones, no es el momento de dar el mismo tiempo periodístico a los asesinos. Si estuvieras informando de la trata de esclavos en el siglo XIX no darías 50 por ciento del tiempo al capitán del barco de esclavos: te centrarías en los esclavos que murieron y en los supervivientes. Si estuvieras presente en la liberación de un campo de exterminio en la Alemania nazi, no buscarías a las SS para que dieran 50 por ciento de comentario.

Antes de morir, Ryszard Kapuscinski publicó unas reflexiones que no han perdido vigencia. Le sorprendía que los escritores no tocaran los grandes conflictos de nuestro tiempo y se dedicaran a recrear mundos más cercanos a los temas de moda. Era cierto. Sara Sefchovich me dijo hace unos días que dejó de leer novelas durante una década porque la mayoría de las tramas eran las tragedias del Yo. En lugar de mirar el entorno, miraban su ombligo.

Fisk fue el cronista de la intemperie, aunque su verdad, la que reporteaba de manera directa, lo enfrentara a periódicos como The New York Times, al responsable en turno del Pentágono o al primer ministro de su país. Fue el único periodista occidental que dijo que no existían pruebas de la existencia de armas químicas en manos de Hussein, cuando periodistas y gobiernos afirmaban lo contrario. El tiempo le dio la razón después de miles de muertos y ciudades destruidas.

Según Robert Fisk, muerto hace unos días, el periodismo debería ser una profesión, una vocación, no un trabajo para alcanzar la fama y pagar la hipoteca.

Las crónicas de Fisk vivirán más que muchas novelas, no sólo por su valor testimonial, sino por la calidad de su escritura. Sin buena prosa no hay emoción duradera, ni verdad que subsista, ni periodismo que convenga.

 

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