La caída de México-Tenochtitlan fue obra de grandes ejércitos indígenas.

500 años de la conquista de México-Tenochtitlan

Vida y muerte de una gran ciudad

Enrique Semo

Partiendo de un ­cálculo militar simple, 700 hombres no pueden poner sitio anfibio a una ciudad lacustre de 300 mil habitantes, dueña de una flota de 50 mil canoas, poblada con guerreros dispuestos a luchar y defenderla hasta la muerte.

El asedio es ante todo un bloqueo militar que impide el abasto y el ingreso de ­refuerzos desde afuera. Los mexicas podían defender las calzadas con pocos hombres y romper el cerco por agua en todos los sentidos para abastecerse. Fue necesaria la participación masiva de los pueblos indígenas en la Gran Alianza Antiazteca para llevarla a cabo.

La caída de México-Tenochtitlan fue obra de grandes ejércitos indígenas con la participación destacada de los conquistadores.

Los pueblos originarios en su imaginario continuaron con sus filias y fobias, conflictos, alianzas, que predominaban en el último siglo de la sociedad antigua, prehispánica. Es ahí donde hay que buscar varias de las explicaciones de la rápida destrucción de México-Tenochtitlan.

El mexica era un pueblo eminentemente guerrero. Cada año combinaba las labores agrícolas con las expediciones militares. Los aztecas exigían a los pueblos sometidos tributo, trabajo masivo, apoyo en sus expediciones guerreras y víctimas para los sacrificios. Además, había pueblos que no lograron someter, como los tlaxcaltecas y los tarascos, pero con los cuales tuvieron varias guerras floridas (de desgaste). El imperio azteca estaba basado en el miedo que debía ratificarse cada año con éxitos que inspiraran terror.

Es natural que el odio y el temor que inspiraban fuera creciendo y muchos pueblos estaban dispuestos a luchar contra ellos. Las condiciones que dieron lugar a la Gran Alianza Antiazteca se fraguaron durante las últimas décadas del periodo posclásico 1428-1521. Cortés no tuvo que azuzarlos, sólo unirlos, y eso fue la esencia de su estrategia a lo largo de dos años.

Irónicamente, la lucha por la libertad de los pueblos dominados por el imperio azteca y la empresa colonialista de los españoles coincidieron y se sobrepusieron en un momento crucial. Por un tiempo corto convergieron dos movimientos con propósitos opuestos: los pueblos indígenas sometidos o bien hostilizados por los aztecas luchaban para liberarse del cruel dominio de un poder imperial. Los conquistadores, siguiendo la Reconquista y el capitalismo temprano, guerreaban por imponer un régimen colonial. Una alianza contranatura, la Gran Alianza Antiazteca fue una unión de los contrarios. Al principio se unieron a los españoles los pueblos de Tlaxcala, Huejotzingo, Cempoala, Cholula, Chalco y Texcoco; al final incluso los pueblos de las chinampas, Xochimilco, Churubusco, Mexicaltzingo, Mizquic, Cuitláhuac, Iztapalapa y Coyoacán, que al principio apoyaban a los mexicas, se pasaron a la Gran Alianza Antiazteca. El caso no se repitió en todo lo que sería la América española. Por una de esas casualidades trascendentales que se dan en la historia, los luchadores por la libertad se vieron unidos con los agentes de un imperio colonial en el mismo campo.

El 22 de mayo de 1521 se inició el sitio de México-Tenochtitlan con 700 conquistadores y unos 100 mil guerreros indígenas. Los habitantes de México-Tenochti­tlan hacinados en la ciudad se vieron diezmados por la viruela y otras enfermedades propiciadas por la falta de alimentos, agua potable y los cuerpos insepultos. Las batallas se sucedieron durante 83 días; se luchaba de día y de noche, sin descanso. Cortés apresuró el sitio por miedo a que sus aliados lo abandonaran si duraba mucho. Eso contribuyó a la destrucción física de la ciudad. Durante las batallas los aliados destruyeron sistemáticamente las casas de dos pisos de la capital mexica porque desde las azoteas les arrojaban piedras, flechas y dardos a los invasores. Moctezuma había sido sustituido en el poder por reyes que se habían opuesto desde la aparición de los conquistadores en Veracruz: el bando de la resistencia sin concesiones. Al principio Cuitláhuac, hermano de Moctezuma, quien murió en la pandemia, y luego Cuauhtémoc, joven de 25 años, señor de Tlatelolco, que dirigió la resistencia hasta el final. Nadie quedó excluido en la defensa de la ciudad. Participaron todos los sectores de la población mexica: macehuales, artesanos, comerciantes, guerreros de las órdenes, nobles y sacerdotes. En varios momentos las mujeres jugaron un papel muy importante.

En Tenochtitlan se tomaron medidas para poner en pie un ejército, a pesar de que la estación de guerra fijada por el calendario agrícola había pasado. Además la cadena de mando había sido seriamente dañada por el asesinato de los nobles en la fiesta de Toxcatl. Los dirigentes optaron por una estrategia defensiva que obligara a la Gran Alianza Antiazteca a concentrar sus ataques y sortear los obstáculos que la ciudad y las aguas del lago les oponían. Los tenochcas aprendieron a usar espadas, lanzas y ballestas quitadas a los españoles aun cuando no podían fabricar las flechas de metal. También aprendieron a enfrentar a los jinetes. Así, un natural de Tlatilulco asió la lanza con que estaba atravesado y sus compañeros lo ayudaron quitándosela al jinete a quién tumbaron del caballo y mataron. Otra vez, ante la acometida de los tlatelolcas, los españoles tuvieron que abandonar un gran cañón en el patio de Huitzilopochtli y fue arrojado en aguas profundas, en un sitio que se llamaba Tetamazulco.

Además, los mexicas aprovecharon los momentos de derrota o vacilación de los aliados para realizar contraofensivas tanto por tierra como por agua. Varias veces Cortés buscó la rendición de sus enemigos o una tregua, pero en todas los mexicas se negaron, dejando claro que preferían morir a ser esclavos. Es evidente que esa decisión era de todos y no sólo de los dirigentes. Incluso en los últimos días Cuauhtémoc vaciló, pero sus capitanes lo llamaron a rechazar hasta el final toda idea de rendición. La apasionada y valerosa defensa de la ciudad se basó en la resolución unánime del pueblo que tuvo, sin duda, una inspiración religiosa e ideológica muy fuerte. Ahí donde la nobleza había flaqueado, la decisión popular fue contundente.

En un momento, los jefes de la Gran Alianza decidieron poner punto final a la guerra con una extensa ofensiva. La fecha se fijó para el 30 de junio. Al inicio, ante la acometida, los mexicas retrocedieron, haciendo menos resistencia de la acostumbrada. Los aliados prosiguieron, venciendo trincheras tras de trincheras, y llenando cuidadosamente los fosos, para asegurar el regreso. El enemigo, aparentemente cogido de sorpresa, parecía no poder resistir la furia del ataque. Pero todo había sido una trampa. Súbitamente se oyó el caracol de Cuauhtémoc, que sólo sonaba en ocasiones de sumo peligro, desde la cumbre del teocalli mayor. En un instante los aparentemente fugitivos aztecas se volvieron y arremetieron contra sus perseguidores. Al mismo tiempo, infinidad de guerreros acudían de las calles inmediatas, atacando por el flanco a los españoles. Éstos, cogidos por sorpresa y cediendo a la furibunda embestida, entraron en desorden. Amigos y contrarios, quedaron revueltos en un sangriento cuerpo a cuerpo. Los tenochcas caían sobre ellos como un torrente que se lanzaba hacia un foso, del otro lado del cual estaba Cortés sobrecogido de horror. Las filas delanteras se arrojaron al agua; los unos empujaban a los otros, éstos nadaban, aquéllos se hundían.

Los aliados regresaron a sus cuarteles desalentados y tristes. Razón tenían para ello, porque fuera de los muertos y de los muchísimos heridos, habían caído 62 españoles y gran número de aliados vivos en manos del enemigo. La pérdida de dos piezas de artillería y de siete caballos coronaba la desgracia de los castellanos y el triunfo de los mexicas. La tranquilidad del crepúsculo fue alterada por el repentino y ronco son del tambor del gran templo, que recordó a los españoles la noche de su estrepitosa derrota. Entre la muchedumbre que festejaba, los españoles distinguieron algunos hombres desnudos, que por el color de la piel reconocieron como compatriotas suyos. Eran, en efecto, víctimas destinadas al sacrificio.

La guerra tuvo momentos álgidos con victorias para los sitiadores y los sitiados. Cortés estuvo a punto de perder la vida en dos ocasiones. En un momento, tras una victoria sonada de los mexicas, la alianza estuvo a punto de desbandarse, muchos aliados indígenas abandonaron temporalmente el campo. Pero al fin vencieron. La ciudad destruida quedó sembrada con los cadáveres de sus defensores y el 13 de agosto de 1521 por fin se rindió México-Tenochtitlan. Buena parte de los sobrevivientes huyeron. La destrucción de un prodigio del ingenio humano pesa hasta nuestros días sobre la figura de Hernán Cortés, quien inmediatamente impuso el tributo real, repartió encomiendas y esclavos para las minas e impulsó la evangelización y el adoctrinamiento.

 

Esta entrada fue publicada en Mundo.