Patrimonio vegetal en riesgo

Patrimonio vegetal en riesgo
Ángeles González Gamio
De los patrimonios más valiosos de una ciudad son sus árboles. Nuestra capital, con su clima extraordinario se ha vuelto una urbe verde. Aunque no tiene muchos parques, las banquetas, camellones y hasta pequeños espacios en el periférico y viaductos lucen una variedad de especies que se han sembrado en las décadas recientes.

Además del placer visual que brindan, colaboran de manera importante a purificar el aire y, particularmente en la Ciudad de México, disminuyen el problema enorme de hundimientos por la excesiva extracción de los mantos freáticos. La ayuda es invaluable.

Este tesoro capitalino ahora está en peligro: muchos árboles están infestados de muérdago, una planta parásita que absorbe el agua y los nutrientes del hospedador y acaba por secarlo.

La Secretaría del Medio Ambiente (Sedema), estima que en la ciudad hay aproximadamente unos 3.3 millones de árboles, de los cuales alrededor de 33 por ciento padecen la infestación. La sequía los hace más susceptibles a los estragos de la invasora que prolifera porque la diseminan los pájaros que se deleitan con sus semillas.

Para combatirla, se van a sembrar 250 mil árboles frutales para que los pájaros prefieran sus frutas y dejen de consumir las semillas de muérdago y no las depositen en otras especies.

Ahí no queda la desgracia: las palmas canarias, que conocemos simplemente como palmeras, que proliferan por toda la ciudad, con su alta y esbelta elegancia, coronada de un enorme penacho de grandes hojas afiladas,verde brillante, padecen una tremenda plaga que las está matando a gran velocidad.

Aparentemente el responsable es un insecto denominado picudo, aun cuando –dicen los expertos– hace falta precisar si es sólo esta plaga. Lo que se sabe de cierto es que la sequía generalizada en la capital y el país, ha acentuado la mortandad.

Es una tristeza ver a las otrora espectaculares palmeras con las grandes hojas amarillentas, secas y contraídas. Su nombre genérico es P hoenix canariensis. Se dice que porque la belleza de las hojas se compara con la de las plumas de la mítica ave fénix.

El nombre común de palma canaria, se debe a que son originarias de la islas Canarias, de donde seguramente las trajeron los españoles durante el virreinato. Aquí hemos hablado de la que adorna y bautiza una glorieta del Paseo de la Reforma, que sabemos con certeza que tiene más de 100 años porque aparece en una foto de 1920. Dicen los expertos que pueden llegar a vivir hasta 300.

Se encuentran en muchas partes de la capital, de hecho, en las Lomas de Chapultepec, hay una avenida que se llama Paseo de las Palmas, por las que adornaban el amplio camellón.

Hablo en pasado porque ahora la mayoría son tristes cadáveres cuyo único futuro es la remoción. El mismo drama viven los vecinos de la calle Doctor Vértiz, Avenida San Antonio y muchos otros sitios que tienen la fortuna de lucirlas.

Autoridades y especialistas buscan tratamientos para salvar a las que aún no se han contagiado. Se sabe que ayuda enriquecer el suelo y que hay que remover los ejemplares muertos con mucho cuidado para que no se contagien otros especímenes.

Confiemos en la ciencia para que pronto se encuentre el remedio y, por lo pronto, de las que logren sobrevivir hay que sacar hijos y sembrarlos para que sigan embelleciendo nuestra urbe.

Mientras tanto, hay que darnos una vuelta por el primoroso y solitario parque que renovaron hace un par de años, frente al Auditorio Nacional, sobre Paseo de la Reforma, lo nombraron Winston Churchill, mejor conocido como El Mexicanito. El espacio fue parte del viejo Chapultepec y conserva una rica variedad de enormes árboles: fresnos, liquidámbares, truenos, eucaliptos, distintas variedades de pinos y palmeras, que todavía lucen sus penachos verdes.

Diseñaron unos gratos andadores salpicados con bancas, rodeados de tupidos setos de flores: lirios, clivias, acantos y los vistosos agapandos blancos y lilas que semejan fuegos artificiales. El grato paseo nos despertó el deseo de un buen café con un bocadillo. Nos adentramos a Polanco, y llegamos a Boicot, en el 9 de la calle Oscar Wilde. Ofrece diversas preparaciones del oloroso brebaje. Como es una mañana calurosa, se me antojó un cold brew, con hielo y un waffle con frutos rojos; ¡revitalizante!

Esta entrada fue publicada en Mundo.

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