Poema a Tuxtla

Poema a Tuxtla

Es tan sencillo enamorarse de Chiapas que no es necesario visitarle para tener ganas inmensas de disfrutar de las delicias que le adornan. El vivir alejado de este lugar aumenta la necesidad hacer maletas y viajar hasta éste y pasar unos días visitando cada uno de los espacios llenos de color, aromas deliciosos, música de maderas preciosas, el perfume de sus flores y la hospitalidad de sus habitantes.

No es posible ya vivir tranquilo luego de haber estado ahí y obliga a regresar. Este sentimiento no es nuevo, ya en el siglo XIX la belleza de Chiapas había enamorado a quien por suerte, negocios o trabajo había llegado. Hace ya algunos ayeres en los que el país y el estado no conseguían la tan anhelada paz un poeta enamorado se inspiró en una caminata que le mostró una a una la hermosura de la capital tuxtleca. De esto resultó un poema dedicado a Tuxtla, el cual se publicó en el periódico La Tijera en 1861. Este poeta camina por las calles de Tuxtla y la observa desde las alturas, conoce sus fincas, mercados y templos.

Es alguien que se enamoró de esta ciudad y sus habitantes a pesar de que en esas mismas fechas había disturbios que se formaron por la incautación de los bienes del Clero. Y con la puesta en marcha de Leyes de Reforma se consiguió la división de propiedades y familias. Unos a favor, otros en contra pero todos en la misma región, recordando que abanderaron un ideal distinto entre ellos. A pesar de todo, la forma en la que es narrado invita a visualizar ese espacio del que fue testigo.

El documento en el que se publicó en el periódico llamado La Tijera Periódico independiente y popular de Chiapas. Se publicaba en San Cristóbal Las Casas. Se fundó en 1861, el 31 de mayo, su director fue Carlos M. López, y la continuaría Nicacio Granados. Lo podemos encontrar en la Hemeroteca Fernando Castañón Gamboa de la UNICACH. Es probable que el gobernador de entonces fuera Ángel Albino Corzo.

El ejemplar que lo contiene es el tomo 1º, núm. 15 del 6 de septiembre de 1861

A Tuxtla

¡Salve, verjel en donde el alba nace

Y donde el sol poniente se reclina,

Y las perlas en plata cristalina;

Donde el placer sobre laureles yace

Y Dios sonríe y la salud domina!

Divino objeto de mi canto rudo,

Yo, al empezar mi canto, te saludo.

Y si te dan á ti contentamiento,

Y algún premio por ellos me buscares,

Dame á tu vez, ¡oh flor de mis amores!

Sepultura, al morir, entre tus flores.

[Zorrrilla.- Poema oriental de Granada]

Salve, salve Tuxtla hermoso,

Centro de dicha y placeres;

Cuna de bellas mujeres,

De las delicias mancion.

Salve mil veces: te adoro;

Pues refugiado en tu seno,

De paz y ventura lleno

Sentía mi corazón.

Nadie por ti, lindo Tuxtla,

Jamás ha entonado loores;

Nadie ha cantado á esas flores

Que hacen de ti á esas flores

Que hacen de ti un pensil.

Las flores que allí en tus campos

Se alzan lozanas y hermosas,

Esas magníficas rosas que mece el aura de Abril.

Mas yo, al recordarte, siento

Brotar en la mente mia

Raudales mil de poesía;

Y arder mi imaginación.

Y mi cerebro ajitado

De intenso desasosiego,

Siento consumirse al fuego

De espléndida admiración.

Yo, pobre bardo, lanzado

Sobre este mísero suelo,

Para sentir sin consuelo,

Y siempre, siempre llorar;

A veces ya fatigado

Me detengo en mi camino,

Como lo hace el peregrino,

Para poder descanzar.

Y entonces, siempre llorando,

Saco mi raida cartera,

Y allí la impresion primera

Me pongo triste á apuntar.

Y vuelvo a emprender mi marcha,

Siguiendo siempre al destino,

Que me obliga de contino

Cual triste Pária á vagar.

¡Tuxtla…! Llegué á tus humbrales,

Desfallecido y cansado,

Rendido ya fatigado

Por el intenso calor.

Bajo de un árbol hermoso,

Del musgo en la verde alfombra,

Tendime á gozar la sombra…

¡Estaba en tu mirador! (1)

Desde este punto mis ojos

Por vez primera te vieron;

Desde ahí tus campos hicieron

En mí, profunda impresión.

Desde ahí ¡oh ciudad hermosa!

Te ví en tus valles tendida,

Como una virgen dormida

Sobre un floreado colchón.

Seguí de tu angosto rio

La caprichosa corriente,

De su linfa transparente,

En sus mil jiros y mil.

Y me pareció mirar,

Allá á lo léjos, desiertos

Esmaltados y cubiertos

De roja grana y añil.

Y ví tus hermosas Quintas,

Tus verdes cañaverales;

E hileras de naranjales;

Cubiertos de blanco azahar.

Y ví tus calles tendidas,

En línea recta tiradas;

Y ví las ramas copadas

De tu seiba secular.

Vi de tus templos las torres

Subir hasta el Cielo erguidas:

Ví las paredes derruidas

De tu empezado panteón.

Y estando tu edificada

En lo profundo de una hoya,

Te ví del cerro Copoya

Bajo el desnudo crestón.

Todo lo ví: mis miradas

Abarcaron tu conjunto,

Y todo, punto por punto,

Mi admiracion exitó.

Y cuando en ti, lindo Tuxtla,

Por algún tiempo habité,

Tus moradores hallé

Como lo pensaba yo.

Francos, alegres, amables,

Y de génios excelentes;

De caracteres ardientes,

Y de ardiente corazón,

Que al pobre vate acojieron

Con un afecto sincero;

Por eso, Tuxtla, te quiero,

Y te envío mi canción.

Canción bien desaliñada,

Mas que la inspira el afecto;

Si nó es mi canto perfecto,

Perfecta es mi gratitud.

Recibe, pues, como prueba

De la gratitud que abrigo,

Mis votos como tu amigo,

Y como poeta, mi laud.

San Cristóbal, Agosto 27 de 1861

José Manuel Puig

 

por Refugio González Ramírez

Esta entrada fue publicada en Mundo.

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