Clases de historia (2018), tercer largometraje de Marcelino Islas Hernández

Clases de historia
Carlos Bonfil
No olvides que vas a morir. Clases de historia (2018), tercer largometraje de Marcelino Islas Hernández, tiene finalmente su estreno comercial esta semana, después de haber visto detenida su distribución, como tantas otras cintas mexicanas, por efectos de la pandemia. Desde sus dos cintas anteriores, Martha (2010), relato sobre las inclemencias de la vejez agudizadas por una jubilación forzada, y su película siguiente, La caridad (2016), acerca de los lazos de solidaridad afectiva en una pareja conyugal madura luego del accidente automovilístico que deja semiparalizado al esposo, hasta su más reciente recuento de los días grises de una mujer madura y enferma, el cine de Marcelino Islas ha venido insistiendo en los temas de la vulnerabilidad emocional, la enfermedad y la vejez.

En Clases de historia el relato se centra en la figura de la maestra de secundaria Vero (Verónica Langer), una mujer de 60 años que penosamente soporta la morosidad de su vida familiar a lado de Daniel (Héctor Holten), un marido abúlico, sin mayor ocupación que dormitar y estar pegado todo el día a la televisión, y los hijos que, sin alejarse del todo del recinto doméstico, han emprendido cada uno su propio camino, reservándole a sus padres un mínimo de atención afectiva. Una familia unida más por la comodidad y la costumbre que por una comunicación verdaderamente estimulante. El desasosiego emocional que vive la maestra Vero se agudiza ante dos perspectivas dramáticas: la posible pérdida de su empleo y la ineluctable suerte que le depara el padecer la fase avanzada de un cáncer que considera inútil operar. En este contexto de desesperanza, la silenciosa e impasible Vero comienza a mostrar signos de exasperación y desaliento en su trabajo, y el punto de quiebre se produce con la llegada a su salón de clases de Eva (Renata Vaca), una joven de 16 años, cuyo carácter insumiso y su gusto por la provocación suscitan en la mujer madura una mezcla de fascinación y rechazo instintivo.

Un cúmulo semejante de infortunios puede y suele generar en el cine algún melodrama apabullante o, algo no menos calamitoso, alguna rutinaria lección de vida, o de superación personal, aderezada con sendos toques de solemnidad y sentimentalismo. Superando esos escollos, la cinta de Marcelino Islas se limita a mostrar las novedosas clases de una historia afectiva personal poco ortodoxa que la maestra Vero imparte a una Eva crecientemente comprensiva y madura. A cambio de ello, ésta recibe ese estímulo vital que en la joven es desbordante y que para la enferma es motivo suficiente para darle un sentido nuevo a sus días crepusculares. Se da así un pacto tácito de enseñanzas compartidas entre dos mujeres de generaciones muy distantes, a las que une además la curiosidad de descubrir una en el cuerpo de la otra las sensaciones de una complicidad erótica.

En una cinta relativamente reciente, Dólares de arena (2014), de Laura Amelia Guzmán e Israel Hernández, el asunto de la relación, primero mercantil luego intensamente afectiva, entre una mujer madura (Geraldine Chaplin) y una joven 50 años menor (Yanet Mojica), aludía con temeridad y desenfado al tabú social de la sexualidad entre dos mujeres, pero de modo más agudo a una comunión física intergeneracional que podría parecer aún más escandalosa. En Clases de historia, Marcelino Islas toma un camino muy distinto al aludir a esa intimidad afectiva de modo muy sutil, pero sin esquivar la complejidad que supone el curioso aprendizaje emocional de la joven Eva a lado de una persona cuyos días parecen contados y cuya curiosidad se vuelve, por lo mismo, una gran expresión de vitalidad y entusiasmo.

El cineasta aborda el asunto de esa amistad particular marcada por enseñanzas morales y aprendizajes recíprocos, con refrescantes toques de humorismo (la fiesta juvenil en que la profesora veterana se descubre aprendiz estupenda en el arte del desmadre), y desterrando de paso cualquier asomo de autoconmiseración emocional por parte de la enferma. Son notables las actuaciones de las dos protagonistas, una Verónica Langer llena de matices dramáticos y, como siempre muy dueña de su oficio, y en especial Renata Vaca, una vigorosa presencia escénica que reserva sorpresas todavía mayores.

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