Filosofía y poesía: los guardianes de la lengua. Giorgio Agamben

Filosofía y poesía: los guardianes de la lengua / Entrevista con Giorgio Agamben

Antonio Gnoli

Doctor en filosofía por la Universidad de Roma, Giorgio Agamben (Roma, 1942) es uno de los filósofos más reconocidos y atendidos en el mundo. Agamben es autor, entre otros títulos, de los libros ‘Creación y anarquía’ y ‘La potencia del pensamiento’. La siguiente entrevista, hasta ahora inédita en español, tuvo lugar en mayo de 2016.

 

Usted ofrece una imagen volátil de la filosofía.

–Tengo la costumbre de dividir el campo de la experiencia en dos grandes categorías: por un lado, la sustancia y, por otro, la intensidad. De una sustancia se pueden dibujar los límites, definir los temas y el objeto, trazar la cartografía; la intensidad, en cambio, no tiene un lugar propio.

¿Puede ocurrir en cualquier lugar?

–En este sentido, la filosofía y el pensamiento son fuerzas que pueden desplegarse hacia todos los ámbitos, recorriéndolos y dándoles vida. Comparte este carácter tenso con la política. También la política es intensidad; incluso la política, contrariamente a lo que piensan los politólogos, no tiene un lugar propio: como es evidente no sólo en la historia reciente, la religión, la economía, incluso la estética, de golpe pueden adquirir una fuerza política decisiva, hasta convertirse en ocasión de enemistad y guerra. Ni siquiera es necesario decir que la intensidad es más interesante que la sustancia. Si la sustancia y la disciplina –como la vida y todo demás– permanecen inertes, si no alcanzan una cierta intensidad, decaen en prácticas burocráticas.

A menudo usted ha reafirmado el vínculo entre filosofía y poesía, que es el mismo que Heidegger puso en el centro de sus reflexiones. ¿En qué consiste este vínculo?

–Siempre he pensado que filosofía y poesía no son dos sustancias separadas, sino dos fuerzas que llevan al campo único del lenguaje en dos direcciones opuestas: el puro sentido y el puro sonido. No hay poesía sin pensamiento, como tampoco hay pensamiento sin un momento poético. En este sentido, Hölderlin y Giorgio Caproni son filósofos, así como ciertas prosas de Platón o de Benjamin son pura poesía. Si los dos campos se dividieran drásticamente, yo mismo no sabría dónde colocarme.

En su biografía intelectual hay un título en derecho, pero con una tesis bastante inusual, dedicada a Simone Weil. ¿Cómo nació esta
elección?

–Descubrí a Simone Weil en París, en el año ’63 o ’64, comprando por casualidad la primera edición de los Cahiers en la librería Tschann, en Montparnasse. Quedé tan deslumbrado que, al volver a Roma, se los leí a Elsa Morante, que quedó encantada. E inmediatamente decidí que dedicaría mi tesis de doctorado en filosofía del derecho al pensamiento político de Weil. Entonces sus ideas eran casi desconocidas en Italia, y yo sabía mucho más acerca de ellas que los sinodales con los que tenía que graduarme.

¿Qué le atrajo de su pensamiento?

–De modo particular, la crítica de los fundamentos del individuo y del derecho que Weil desarrolla en La persona y lo sagrado. Fue a partir de esta crítica que leí el ensayo de Marcel Mauss sobre la noción de individuo, y me pareció claro el nexo que une íntimamente a la persona jurídica y la máscara teatral y, después, teológica del individuo moderno. Quizá la crítica del derecho, que nunca abandoné a partir del primer volumen de Homo sacer, tiene su primera raíz en el ensayo de Weil.

Otra raíz en la construcción de su pensamiento fue Walter Benjamin.

–En la vida hay acontecimientos y encuentros que son demasiado grandes como para poder digerirlos de una vez por todas. Ellos, por así decirlo, no cesan de acompañarnos. El encuentro con Benjamin –como el de Heidegger en el seminario “Le Thor”– son de este tipo. Así como los teólogos dicen que Dios sigue creando el mundo en cada instante, del mismo modo estos encuentros siempre están en desarrollo. La deuda que tengo con Benjamin es incalculable.

–“Deuda” es una palabra potente.

–Basta con mencionar sólo un principio del método. Fue él quien me enseñó a extraer a la fuerza un fenómeno determinado de su contexto histórico –aparentemente remoto– para devolverle la vida y hacerlo actuar en el presente. Sin esto, mis incursiones en campos tan diversos como la teología y el derecho, la política y la literatura, no habrían sido posibles. Cuando emerges de manera tan intensa de un autor, se producen fenómenos que parecen casi mágicos, pero que sólo son el fruto de esa intimidad. Así me ocurrió con el hallazgo de los manuscritos de Benjamin, primero en Roma, en casa de un amigo de su juventud, y, más tarde, en la Biblioteca Nacional de París (los manuscritos del libro sobre Baudelaire, en el que Benjamin trabajó los últimos años de su vida).

Últimamente se ha acentuado su alusión a la “biopolítica”. ¿Es un concepto que le debe mucho a Michel Foucault?

–Por supuesto. Pero de la misma forma resultó importante para mí el principio del método en Foucault, es decir, la arqueología. Estoy convencido de que la única vía de acceso al presente es la investigación del pasado, la arqueología. A condición de precisar, como hace Foucault, que las investigaciones arqueológicas no son más que las sombras que las interrogantes del presente proyectan sobre el pasado. En mi caso, esta sombra es más espesa y más amplia que la que persiguió Foucault, y de campos opuestos, como la teología y el derecho, y que él frecuentó poco. Los resultados de mis investigaciones pueden ser ciertamente cuestionables, pero al menos espero que las investigaciones puramente arqueológicas que realicé en el Estado de excepciónEl reino y la gloria o en el libro sobre el Sacramento del lenguaje ayuden a entender el tiempo en que vivimos.

Guy Debord dijo: “No soy un filósofo, soy un estratega”, ¿a qué cree que se refería?

–A pesar de esa afirmación que mencionas, no creo que exista ningún conflicto entre el filósofo y el estratega. La filosofía implica siempre un problema de estrategia, porque, aunque busca lo eterno, sólo puede hacerlo a través de una comparación con su tiempo.

En los años que vivió en París vio muy a menudo a Italo Calvino. ¿Cómo fue la relación con él, con sus geometrías iluminadoras?

–Junto al nombre de Calvino quisiera poner el de Claudio Rugafiori, al que veía a menudo en aquellos años porque los tres trabajábamos en un proyecto de revista que nunca llegó a buen puerto. El intento era definir, a través de conceptos pares desde los cuales tratábamos de determinar las estructuras básicas de la cultura de nuestro país, lo que entre nosotros llamábamos las “categorías italianas”: “arquitectura/vaguedad”, “tragedia/comedia”, “rapidez/ligereza”; esta última se puede encontrar textualmente en las Seis propuestas para el próximo milenio de Calvino. Estaba fascinado por la manera en que trabajaban las mentes de Italo y la de Claudio.

¿Qué lo seducía?

–El hecho de que eran dos formas de pensamiento puramente analógicos, que percibían similitudes y correspondencias donde nadie más las encontraría. La analogía es una forma de conocimiento cada vez más marginal y que nuestra cultura siempre ha rechazado. En cuanto a la idea de un Calvino geométrico y científico, creo que hay que corregirla. La suya era más bien una extraordinaria forma de imaginación analógica, una especie de instinto fisiognómico que le permitía rediseñar cada vez la geografía del saber literario.

Sé que a través de Morante conoció a Pasolini; además, participó con un pequeño pero hermoso papel en su Evangelio. ¿Qué recuerdo tienes de esa experiencia en el set?

–Del Evangelio recuerdo la rapidez: Pasolini casi nunca hacía repetir una escena y cada uno hablaba y se movía como mejor le parecía. Creo que esto le da a su cine esa naturalidad que nunca pretende ser realista. La única pausa larga durante el rodaje fue culpa mía: en la Última Cena, sobre la mesa, me encontré delante de unos enormes panes fermentados y tuve que recordarle a Pier Paolo que para la Pascua judía el pan tenía que ser sin levadura.

También mencionó su relación con Heidegger y los seminarios que tomó con él en “Le Thor” en 1966 y, poco después, en 1968. ¿Qué le quedó de esas reuniones?

–El encuentro con Heidegger, como con Benjamin, no concluyó jamás; en mi memoria es inseparable del paisaje de la Provenza, que entonces no había sido alterado por el turismo. El seminario tenía lugar por la mañana, en el jardín del pequeño hotel donde nos hospedábamos, y una ocasión en una cabaña, durante una de las numerosas caminatas en el campo aledaño. El primer año éramos cinco en total. Además del seminario, había comidas en común, que yo aprovechaba para hacerle a Heidegger las preguntas que más me interesaban, si había leído a Kafka, si conocía a Benjamin. Pero estas son sólo anécdotas.

Uno de los aspectos principales de sus investigaciones ha sido la filología. ¿Cómo la practica?

–La filología siempre ha sido una parte esencial de mis investigaciones. Y no sólo porque hice trabajos filológicos en el sentido técnico –pienso en la reconstrucción del libro de Benjamin sobre Baudelaire y en la edición de los poemas póstumos de Caproni–, sino porque filología y filosofía, amor por la palabra y amor por la verdad, de ninguna manera pueden separarse. La verdad habita en la lengua y un filósofo que no cuide de esta morada será un mal filósofo. Los filósofos, como los poetas, son, antes que otra cosa, los guardianes de la lengua, y esta es una tarea genuinamente política, sobre todo en una época como la nuestra, que intenta por todos los medios confundir y falsificar el significado de las palabras.Agradecemos a Antonio Gnoli y a Stella Somma que nos hayan permitido la presente traducción. Traducción de Roberto Bernal.

 

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