Madres invencibles: Luchan contra el cáncer y los prejuicios

Madres invencibles: Luchan contra el cáncer y los prejuicios

Mariana Guadalupe y Lidia Esther han lidiado con enfermedades y salido adelante

ORIZABA, Ver.-

Mariana Guadalupe Hernández Jiménez tiene un espíritu fuerte como muchas mujeres, pues a pesar de que a los 34 años le diagnosticaron cáncer de mama, se atendió al presentar los primeros síntomas y después de radiaciones y quimioterapias hace unos días tocó la campana de la victoria. El motor que la impulsa a luchar es su hijo.

Para Lupita ser mamá fue un sueño que cumplió a corta edad. Sabía que criar un hijo era una responsabilidad muy grande y se convertiría en un reto más grande pues debía continuar sus estudios y luego con su microempresa, pero no se detuvo.

Después de terminar de estudiar, comenzó a trabajar en una empresa de cosméticos y descubrió que le gustaba mucho maquillar a las personas, sobre todo “ver su sonrisa al mirarse al espejo”.

Fue así que comenzó a trabajar en la sala de su casa, su mobiliario era la mesa y sillas de su comedor, como muchos emprendedores: “con muchos sacrificios, pero con amor y pasión por lo que me gusta hacer”, menciona. Cuando salió de trabajar en la empresa que estaba, decidió que era tiempo de dedicarse de lleno a su negocio; así que empezó su sueño de poner su propio estudio de uñas y maquillaje, en el cual ya lleva casi cuatro años, dando un espacio acogedor y especial a sus clientas. Ha invertido en capacitaciones, cursos y materiales de calidad para consentirlas en cada visita.

Reinventó su negocio con la pandemia y le trajo un reto a la salud

Con la pandemia llegó un nuevo reto, cerró durante 3 meses mientras pasaba la cuarentena, pero ante la difícil situación ya no podía mantener cerrado su negocio; así que junto con su esposo investigó protocolos de otros países para complementar las medidas que tenían en el estudio, necesarios para recibir a las clientas de forma segura y que estuvieran tranquilas.

“A media pandemia se me presenta el reto más grande, la detección de un carcinoma en la mama derecha. En 2020 empecé con dolores muy fuertes en los senos, y acudí a un especialista para revisión. Me mandaron a observación cada 6 meses y a tratamiento hormonal”.

En mayo del 2021, en su tercer chequeo, le dicen que debe tomar acción porque el tumor ha crecido; «me hacen estudios, análisis y en agosto de 2021 me dieron la noticia de que la biopsia salió positiva y me tenían que operar».

“Sentí que mi mundo se derrumbó y vino a mi mente el peor de los escenarios. Entre lágrimas, el doctor me explicó que estoy en una etapa temprana y que había un pronóstico bueno”. Cerré mi estudio para prepararme para la operación, quimios y radioterapias

“Hubo días buenos y malos, días en los que ya no quería seguir, días en los que me sentía tan mal que no sabía si lloraba vomitando o vomitaba llorando; pero esperaba que terminara pronto”, recuerda.

En diciembre terminó sus quimioterapias y pudo reabrir su estudio para consentir a sus clientas. Tuvo agenda llena, lo que la ayudó a distraerse de todo lo que estaba pasando, pues platicar con ellas alegraba sus días.

Tocó la campana de la victoria el viernes pasado

En abril de este año comenzó sus radioterapias en Veracruz. “El viernes pasado las concluí, toqué campana al fin. Sé que aún falta camino que recorrer, pero el tocar la campana de radioterapias fue una alegría enorme, fue ganar una batalla en esta lucha”.

Agradeció al doctor Jonathan, que la operó; a Emily, de Ruta Rosa, que siempre les ayudaba guiándola y haciendo las citas correspondientes; a Érika, su enfermera de confianza, a la enfermera Flor, que siempre la atendió con una sonrisa, a los doctores y enfermeras de quimioterapias; y a todo el personal del Instituto de Atención al Cáncer en Veracruz, donde le dieron sus radioterapias.

A los físicos que diseñaron el plan adecuado a su caso, a los técnicos radiólogos y enfermeras que le atendieron, a la doctora Vania que sigue al pendiente de ella; así como al grupo de amigas que conoció durante las radioterapias, que se han apoyado una a la otra, “porque solo nosotros sabemos lo que estamos pasando y sufriendo”.

Agradeció a su esposo, a su hijo, a sus papás, familia, amigos y a todos quienes no la dejaron caer durante esta dura experiencia.

La lucha la inicié porque quiero ver crecer a mi hijo, ver que forme una familia; él ha sido el motor desde el día uno

«Hoy agradezco poder celebrar un año más de vida. Así que, si me estás leyendo, te invito a hacer tus chequeos anuales, no tenemos que esperarnos hasta los 40 años para poder hacernos el ultrasonido, tenemos que detectar a tiempo cualquier anomalía».

Mi hija es la fuerza en la vida: Lidia

Para algunas mujeres las palabras «no puedes ser madre» les da miedo e inseguridad. Lidia Esther Medina Mora vivió este sentimiento cuando el médico le diagnosticó quistes, lo que complicaba su salud para poder procrear, pero algo llegó a cambiar su vida.

Su ánimo decayó, pero siguió un proceso médico y a los 35 años Lidia pudo ser madre: la vida la compensó con la llegada de su niña, a quien llamó Antonella.

La pequeña nació con un problema en su cadera que, a decir de los médicos, le iba a traer complicaciones para caminar, «fue un golpe fuerte pues tenía días de nacida, me dijeron que tenía que llevarla a especialistas; me asusté y sentí que se me desmoronó el mundo, entre el proceso de aliviarme me dio una depresión postparto pensando cómo sería el mundo para mi hija, pero luego canalicé mi miedo en fortaleza para ella».

Con ayuda de un tratamiento médico que incluía un cinturón especial que trajo Antonella desde recién nacida le compuso la malformación de su cadera, generando asombro en el doctor que la trató, «el especialista me dijo: ‘pero señora qué hizo’; al decirme eso me asusté y me dijo ‘su hija ya no tiene nada’; le expliqué que la rehabilité; todo el proceso lo llevé desde casa».

Sin embargo, la batalla de esta gran madre no iba a terminar ahí, pues debía demostrarle al mundo que su hija es especial y que debía de hacer de ella una guerrera. Narró que a los 14 meses de vida la menor enfermó de diarrea, pero al suministrarle un medicamento le complicó su salud y quedó sorda.

La señora Lidia únicamente contaba con Seguro Popular, pero este no cubría los gastos de un tratamiento complejo como el que Antonella necesitaba. Acudió al Centro de Rehabilitación Integral de Orizaba (CRIO) donde el especialista atendió a la menor, «el doctor me dijo que había que rehabilitar, usar aparatos auditivos y gracias a la conductora de televisión Paola Rojas mi niña recibió sus aparatos auditivos, pues ella se los donó».

Cuando la menor fue diagnosticada con sordera, tanto para Lidia como para Antonella la comunicación empezó a complicarse, pero gracias a la iniciativa de esta mujer que actualmente tiene 45 años de edad, empezó a tomar por su cuenta clases de lenguaje de señas mexicanas a través de videos de Internet, aprendió lo básico como saludos, letras, colores, comida y sentimientos para así poder enseñarle a su hija en lo que entraba a la etapa estudiantil.

Para Lidia su miedo más grande era que su hija fuera una niña retraída debido a su problema de sordera, sin embargo, la inclusión en una institución hizo que Antonella se sintiera dentro de un grupo de amigos, sin la necesidad de ir a una escuela especial, lo que para esta mamá le representó una tranquilidad permitiendo así continuar con sus clases. Ahora «Anto», como de cariño le llaman en su familia, está a punto de pasar a cuarto año de primaria cumpliendo este próximo 15 de mayo 10 años de vida.

Lamentó que no exista una ciudad inclusiva a pesar de que existen centros de especializados para la enseñanza del lenguaje de señas, maestras de educación especial y profesores y profesoras que buscan empatar a sus alumnos sin hacer diferencias, sin embargo el apoyo de los gobiernos no ha sido para este sector de la población que diariamente lucha por ser tomado en cuenta en la sociedad.

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