Alonso Arreola.  The Smashing Pumpkins, Inspirado en “Tonight”

Bemol sostenido

Alonso Arreola

Inspirado en “Tonight”

 

El personaje llega, entrada la noche, a la puerta de un vivero que ha terminado su horario de servicio. Llama con los nudillos una, dos, tres veces. Luego de un momento, alguien repite el patrón rítmico desde adentro, como haciendo eco o completando la contraseña. Extrañado, el recién llegado pregunta: “¿Dónde está la entrada?” El otro responde con voz conocida, luego de una pausa larga en que se adivina el desconcierto: “Yo soy quien quiere entrar…, ¿por dónde puedo hacerlo?” Tiritando, el primero insiste crispado: “¡Hace frío!” La respuesta va en tono idéntico: “¡Igual aquí!”

Molesto, nuestro personaje da vuelta al terreno para encontrarse con una sección rota en la reja circundante. La traspone. Guiado por el ritmo de un tambor que crece paso a paso, conquista el centro del huerto a media luz en donde se alza una tienda de lona de gran tamaño. Adentro hay siluetas andando a oscuras. Todas se parecen. Nadie habla. Todas fuman. La suma de sus brasas regala un cuadro peculiar. Parece un baile de luciérnagas. El olor es intenso. Inhala. Contiene. Resiste al estertor. Deambula. Se desespera. Sale por otro lado y sigue una señalética roja clavada en los árboles hasta columbrar una construcción blanca, sin ventanas, al final de un claro circular.

Llegado ante la única puerta, a punto de tomar el pomo de hierro, escucha tres golpes a los que responde de forma automática y de igual manera. “¿Dónde está la entrada?” La voz lo sobresalta. Le parece familiar. “Yo soy quien quiere entrar…, ¿por dónde puedo hacerlo?”, responde tras una larga pausa. El intercambio que sigue es absurdo. Tiene que ver con el frío. Intenta girar la manilla. No se puede. Retrocede derrotado.

De vuelta a la carpa toma el cigarrillo humeante que alguien ha dejado en un cenicero de pedestal con forma de uroboro, justo a la entrada. “Así debe ser el infierno”, se dice mientras jala el humo. Sí. Una tienda donde suena el ritmo del tambor djembé y nadie habla. Un espacio al que cada determinado tiempo llega alguien para luego irse y volver en forma definitiva, sumándose a la concurrencia identificada con los puntos rojos de los cigarrillos. Entra.

Pasados unos minutos, casi se decide a salir en busca de la reja rota. Pero no puede concentrarse. La percusión constante, pese a debilitarse, lo mantiene aletargado. Sus deseos son inconcretos. Tampoco tiene ganas de conversar. Nada importa; ni siquiera el hecho de que no ve a nadie golpeando el insistente djembé, cada vez más sincopado. Su sonido llega de “arriba”. Pero no hay bocinas ni cableado. La carpa de lona tiene un techo translúcido. “Parece que durante el día funciona como invernadero”, alcanza a pensar. ¿Estaría pisando plantas?

El humo es ya calígine ensoñada. ¿Quién le dijo que allí continuaría la fiesta? Aceptó asistir para encontrarse con ella. Pero no reconoce su sombra. En el departamento de su vecino por lo menos había vino. Poca gente, sí, pero le gustaba la música de los Smashing Pumpkins, por cuyo repertorio hiciera un recorrido exhaustivo junto a otros entusiastas. El talento de Billy Corgan es innegable. Su carácter es triste pero feliz. Lástima que no pudiera ir a su concierto en el Teatro Metropólitan.

¿Para qué había salido a la calle? ¿Para qué había cruzado la avenida corriendo y sin fijarse? ¿Para qué había puesto atención a ese percusionista vestido de verde, sentado en la banca del parque? ¿Para qué había volado tras el golpe? ¿Para qué había rodado, cubierto en sangre? ¿Para qué? Era tan sencillo. Sólo había que mantenerse. Pero decidió seguir andando hasta llegar al vivero.

Tiene sueño. Balbucea una canción. “Cree. Cree en mí. Que la vida puede cambiar. Que no estás atrapado en vano. No somos iguales, somos diferentes. Esta noche. Esta noche. Esta noche, tan brillante.” Los cigarrillos se han apagado. El latido del tambor se detiene, finalmente. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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