Historias del pabellón seis

Historias del pabellón seis

Hermann Bellinghausen

Me iré de largo conforme avance el mundo–dijo.

Sentado en un camastro esperaré que venga por mí quien tenga que venir –dijo.

Le pregunté entonces que por qué esperaba y no se iba de una buena vez.

Esperar es mi forma de irme –dijo.

Con todo respeto, me permití señalarle que la pasividad mató al gato, o algo parecido.

A mi edad –dijo– uno está mejor sin hacer nada.

Ya sólo hablar con ustedes me induce a pensar que hablar no vale la pena a la hora de irse –dijo.

Claudia y Esperanza, como buenas hijas, lo arroparon con una frazada.

De aquí no se va nadie –dijo Esperanza.

Claudia, con esa sonrisa de hoyuelos y gracia, le propuso mejor vámonos todos. Era brava.

No te toca, no les toca que se vayan –dijo a sus hijas, a Claudia. No estaba malhumorado, ya ven que el mal humor también cansa. Y él trataba de pasarla descansado.

¿Y si el mundo no avanza? –dije.

Si el mundo no avanza –dijo– me caería la maldición de permanecer indefinidamente. Pero no teman, el mundo avanza, basta verlas.

Hasta se le suavizó la voz, señalando a Claudia y Esperanza, pero también nos sentimos aludidos yo y la joven enfermera.

Primero impidan que el mundo retroceda –dijo.

Si lo hiciera no valdría la pena lo que estoy a punto de hacer –dijo incorporándose y arrojando lejos la frazada.

Juro que en ese momento vi cómo le salían alas antes de alcanzar la ventana.

 

 

Lulú

Joven y estudiante, todavía era impresionable e ingenuo. Corría la versión de que Lulú era una ninfómana incontrolable (“psicótica”). Los enfermeros la vigilaban permanentemente. Un día llegué a verla con las manos atadas por atrás con un trozo de tela. Los médicos evitaban abundar sobre su caso y recomendaban guardar distancia. En sus hojas de prescripción brincaban los medicamentos duros. Lo más inquietante era su juventud (tendría mi edad aproximadamente) y la belleza que el deterioro nosocomial no apagaba. Mi inexperiencia sexual era tan grande como mi curiosidad. Ella la despertaba en todos. Un morbo. Cuando la vi dirigirse a mí, sonriente, sentí una especie de miedo sagrado.

Estábamos en el patio grande del hospital Fray Bernardino a la “hora del recreo”, una expresión poco afortunada que compartían el personal y los internados, aunque la verdad a los segundos les alegraba el ánimo salir a la intemperie un rato. Era como un patio de prisión con áreas verdes. Los guardias vestían de enfermeros y los internados deambulaban en delirio solitario. Algunos buscaban socializar con los estudiantes y pasantes.

A Lulú no siempre la dejaban salir, que para protegerla de sí misma. Su historial era terrible, lleno de episodios violatorios “que ella misma provocaba” concluía una de sus notas de admisión. Recorrió la distancia que nos separaba con presteza. Llegó ante mí y preguntó mi nombre. Se lo dije. Su sonrisa era encantadora, aunque algo grotesca a causa del bilé rojo ligeramente corrido, un poco alterada por los fármacos, y conjeturé que por ocasionales electrochoques, que todavía se usaban.

Soy Lulú, dijo. Me reprimí decirle ya sé. Me extendió la mano, sudorosa y fría. Quiero que me ayudes a salir de aquí, tengo una cita importante en otra parte, dijo. La bata entreabierta revelaba sus duros pechos sin sostén. Viéndome inquieto, con una expresión irresistible en el rostro, no de loca, desanudó otra correa de la bata y pude verle el sexo negro. Poco sabía yo de coños en ese entonces. La tenía tan cerca que me embriagó el aroma íntimo de ella, opacaba el rancio olor del hospital, común a todos los pacientes.

Gracias a mi bata blanca de practicante la erección se disimulaba, pero debí ruborizarme entre la excitación inapropiada y la vergüenza.

¡Lulú!, gritó un enfermero a la distancia y caminó aprisa hacia nosotros. Ella se percató de la situación y pareció divertirle. Se limpió una migaja de los labios con su lengua blanquecina y pastosa. Tomó mi rostro entre sus manos húmedas y frías y ya iba a darme un beso cuando el enfermero la cogió con rudeza de los hombros y en segundos llegaron dos más con una camisa de fuerza que le ensartaron.

Lulú gritó, súbitamente alterada, déjenme, decía, y palabras muy altisonantes y obscenas. Y luego suplicante, déjenme, no lo vuelvo a hacer, se lo prometo, gimoteaba.

Me sentía un ridículo villamelón pero aún así abogué por ella, no la lastimen, alcancé a decir cuando uno de los enfermeros le clavó una jeringa en el brazo y ella soltó un millón de lágrimas, como en el cruel retrato de Dora Maar que pintó Picasso.

La arrastraban de los brazos y de la camisa de lona exhibiendo sus desnudeces, rodeada de la grotesca algarabía de los demás internados. Si no es que ya lo había hecho antes, en ese momento decidí que nunca sería psiquiatra.

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