Dicen los pesimistas que el amor es finito… en caso de que exista, claro

Biblioteca fantasma

Eve Gil

Ay William, ay Lucy

 

Dicen los pesimistas que el amor es finito… en caso de que exista, claro, porque la ciencia se ha tomado el atrevimiento no sólo de encontrarle un origen fisiológico sino de afirmar categóricamente que tiene una fecha de caducidad de seis meses. En esta ecuación, claro, lo que se estudian son las reacciones físicas ante el fenómeno del enamoramiento, no los vínculos emocionales que se crean entre dos que sienten amarse, y la novela Ay William, de Elizabeth Strout (Portland, 1956) nos obliga a reflexionar sobre la posibilidad de que un amor perdurable no implique, por fuerza, que los involucrados estén hechos para vivir juntos. O que la separación de cuerpos, por decirlo de algún modo, corte de tajo un vínculo sagrado que no necesariamente tenga que ver con la paternidad compartida. Porque por más infidelidades, sufrimientos, mentiras y malentendidos que existan entre Lucy Barton y William Gerhardt, tales ofensas tienen que ver con defectos de carácter de cada cual, no con la autenticidad de su amor que trasciende, por mucho, la sexualidad.

Al momento de arrancar Ay William (Alfaguara, México, 2022), Lucy, de sesenta y tres años, y William, de setenta, llevan varios años divorciados. Más de divorciados que de haberse conocido. Él ha tenido dos matrimonios posteriores. Ella, uno. Sus hijas, Becka y Chrissie, unas niñas al momento de disolver su unión, están ya casadas y son profesionistas. Lucy recién ha enviudado de su segundo esposo, David, y William la está pasando mal con Estelle, su jovencísima tercera esposa. Desde el divorcio no han dejado de frecuentarse, más aún, son viejos amigos, posiblemente el mejor amigo con que cuentan cada uno, lo cual no debería extrañarnos pues, dadas sus complejas personalidades, resulta difícil que alguien más los comprenda mejor. Con David, Lucy conoció un tipo de felicidad que William nunca le proporcionó, ésa que brindan la seguridad, la estabilidad, la confianza sin sobresaltos eróticos, porque David nunca tuvo ojos para ninguna otra mujer, mientras que a William la monogamia no se le da muy bien que digamos, al extremo de engañar a Lucy con la mejor amiga de ésta, Joanne, quien se convertiría, efímera y accidentadamente, en su segunda esposa, tras la petición de divorcio de la ofendida. No cualquier mujer perdona, mucho menos olvida, una ofensa tan grave. Lucy, olvidé mencionar, no es una mujer cualquiera: es una escritora famosa (aunque ella no se reconoce como tal, no deja de sorprenderle que sus lectores la reconozcan y le pidan su autógrafo), cuyas novelas autobiográficas la obligan a sumergirse en la psique de sus más allegados, William el que más: su personaje. Esto podría explicar, en gran medida, el hecho de que esta pareja se complemente en forma tan extraordinaria, por más que Lucy afirme que no termina de conocer a William, ni él a ella. Considero imposible tener certezas absolutas respecto a otro ser humano, a menos que éstos nunca cambien. Y William ha cambiado, no tanto Lucy.

Una circunstancia, digamos, simpática, lleva a William a indagar, casi sin ganas, en su pasado… y descubre que tiene una hermana mayor. Una de la que su madre, Catherine, que también fue como una madre para Lucy (y una muy devota, mucho más que su madre verdadera con quien tuvo una relación distante y dolorosa) jamás le habló, pese a ser fruto de un primer matrimonio del que él estuvo enterado desde siempre. Pero Lucy está allí no sólo para paliar su confusión, también para acompañarlo en busca de esa hermana inexplicablemente dejada de lado. A través de este periplo, el esposo abandonado y la esposa viuda indagarán quiénes son por separado y en pareja; por qué no han dejado de hablar ni un día desde el instante en que Lucy decidió divorciarse (cosa que él no deseaba hacer) y, principalmente, qué llevó a dos seres tan diametralmente distintos a iniciar una apasionada relación que habría de transformarse en la más entrañable amistad que pueda existir entre un hombre y una mujer. Tema más que necesario en estos infortunados tiempos de juicios mediáticos que confrontan, no a dos seres humanos, sino a dos géneros.

 

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