Javier Marías columnista excepcional. audaz en cada entrega.

Placer y apaciguamiento

Javier Marías

Hace ya diez años, cerca de la puritana Boston, unos colegas de la Universidad en la que estaba enseñando me invitaron amablemente a cenar en su casa una noche. Pero, conocedores de mis costumbres tan europeas, antes de despedirse me dijeron lo siguiente: “Ah, oye, si vas a fumar, tráete tu cenicero, porque en casa no tenemos.” La verdad es que se me plantearon dudas: ¿debía acudir y renunciar a fumar durante la velada? ¿Debía tomar la sugerencia al pie de la letra y presentarme con un ridículo cenicerito en el bolsillo de la gabardina? ¿Debía decirles que me parecían unos groseros y que no podía aceptar semejante invitación condicionada? En el momento no respondí nada, y un par de días después (la cita se había establecido con varias semanas de antelación, como es el uso transatlántico) les comuniqué que debido a un compromiso ineludible surgido para esa fecha, no podría asistir finalmente a su cena sin malos ni buenos humos. Siempre me ha quedado la duda de si me comporté correctamente, pero lo cierto es que entonces aquella advertencia me sonó exactamente igual que si me hubieran dicho: “Ah, oye, si vas a picar aceitunas, tráete un platito para echar los huesos.” O como si yo, que no conduzco, les hubiera dicho: “Ah, si vais a venir en coche, aparcadlo lejos de la casa porque la contaminación y el ruido de los automóviles son muy perjudiciales para mi salud.” Nadie se atrevería a tal cosa, nadie dice nada sobre los coches, mucho más peligrosos y molestos que el tabaco, tanto para el que hace uso de ellos como para los demás.

Durante aquella estancia en América hubo otra ocasión, durante una fiesta, en que un individuo con los ojos inyectados en sangre se me acercó y me dijo con tono de estrangulador: “Me estoy interponiendo entre usted y mi mujer, que está ahí detrás, porque usted está fumando y ella es alérgica al humo. Le advierto que tendré que permanecer aquí todo el rato si se empeña en seguir fumando.” “Me temo que el humo viaja”, le contesté yo, “sorteando lo corpóreo.” Pese a sus malos modos, apagué mi cigarrillo y al poco abandoné la fiesta, que tenía lugar en una casa bastante amplia. Lo que no se le había ocurrido nunca a la mujer de aquel profesor era alejarse un poco de donde yo estaba para convivir todos pacíficamente. No se trata de molestar a nadie, pero debería haber algo más de respeto hacia el tabaco: sin llegar a los extremos de James Matthew Barrie, el autor de Peter Pan, que tituló uno de sus libros My Lady Nicotine, ni a los de Compton Mackenzie, que llamó a uno suyo Sublime Tobacco, fumar sigue siendo una costumbre histórica, respetable y civilizada (mientras no sea prohibido enteramente, y me temo que vamos hacia ello). También es beneficiosa: aparte del caudal de impuestos adicionales que reporta a los Estados, ha dado algunas de las mejores escenas de la historia del cine, ha propiciado el acercamiento de numerosos desconocidos, ha calmado los nervios del soldado antes de entrar en combate y ha sido la despedida y alivio último del condenado a muerte; ha sido el símbolo de la paz, ha ayudado a soportar las esperas, ha servido para medir el breve tiempo, ha sido una de las pocas cosas que la gente se ofrecía gratuitamente entre sí en un rasgo de generosidad descontada; ha ayudado en su trabajo a muchísimos escritores y ha sido una fuente de placer y sosiego y pausa que los detractores y alarmistas actuales han decidido no tener en cuenta. Sin duda es malo para la salud, pero sólo para una parte de la salud, que no es únicamente pulmones y vesícula y riñones y garganta e hígado, sino también equilibrio y satisfacción y placer, y sobre todo apaciguamiento.

 

Fuente: Javier Marías, Vida del fantasma. Cinco años más tenue, Alfaguara, Madrid, 2001.

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