«Ca ni runinu», “lo que hacemos”, exposición en la Galería Shinzaburo Takeda de la Facultad de Bellas Artes, UABJO

Ca ni runinu: lo que hacemos

Antonio Valle

 

I

Al mismo tiempo que los alumnos-artistas dibujaban o modelaban sus piezas, exploraban en mundos tan distantes como las grutas de la Sierra de San Javier, las ciudades de Tres zapotes y Monte Albán. Durante este proceso han experimentado con los símbolos del calendario zapoteco, contemplaron las “Venus” de Ixtaltepec, Oaxaca, pintaron un mural colectivo o abrieron un portal hacia el pasado alzando un “biguie” (instalación de origen claramente precolombino). Los títulos de sus obras (en zapoteco o en español) son señales de un mapa que indican de qué van sus gustos, intereses o enigmas: BexeYu ne guibáXuncu mistú ya’ Ti be´ñe nadipáGunaze yuse CaNguiu cucaa gui yuze daaLos hombres que se convierten en animalesLa máscara del diablo, etcétera.

II

Hace ya muchos años, estando en Oaxaca, mientras Francisco Toledo hacía un ejercicio tomando como modelo a una escultura griega, Rufino Tamayo se acercó a decirle: “Voltee a ver a su alrededor; ¿usted cree que esta gente se parece al personaje de su modelo?”

Es evidente, antes que nada, que Tamayo y Toledo (entre otros artistas) consideraron la realidad anatómica, fisonómica, histórica, mítica, cultural y geográfica de Oaxaca, región constituida por un universo inagotable de elementos iconográficos –evidentes, enmascarados y ocultos– de Mesoamérica; y aunque es cierto que la obra de Toledo abreva en esa cosmovisión –particularmente en expresiones plásticas y de la traición oral del Istmo–, también es cierto que apreció, profundizó y dialogó –muchas veces con ironía– con el arte occidental, antiguo o moderno, y también con el arte del lejano y el cercano Oriente.

III

Más allá de la legendaria historia de Francisco Toledo, está por cumplirse medio siglo desde que una generación de artistas plásticos juchitecos comenzó a presentar sus obras en galerías y museos de México y el extranjero. El trabajo de organización y promoción realizado por el maestro Toledo había dado frutos, desde que se fundó la Casa de la Cultura de Juchitán, recinto que, además de contar con talleres y cursos de artes visuales, poseía una biblioteca en la que los artistas consultaban libros y catálogos de arte. Sin embargo, después del terremoto de 2017, que dejó a la población en ruinas y sin infraestructura cultural, a Juchitán le vino como anillo al dedo la creación de la Escuela de Artes Plásticas de la UABJO. Por si fuera poco, en el contexto de la inminente puesta en operación del corredor multimodal que va de Salina Cruz a Coatzacoalcos, con los beneficios pero también con el impacto cultural que esto supone, ha sido transcendental la creación de una institución que recupere, profundice y recree las imágenes tangibles e intangibles, es decir, filosóficas y poéticas, de la cultura binnizá, siempre en diálogo con otras tradiciones estéticas, pueblos originarios y culturas del mundo.

IV

Además de que los artistas expresan su “mundo interior”, también recuperan imágenes y escenas, objetivas o míticas, de la “realidad exterior”, ya sea empleando técnicas ancestrales, como la cerámica y el dibujo, o con cámaras digitales de fotografía y video. Por otro lado, han efectuado acciones plásticas colectivas como la visita a espacios arqueológicos de la zona o la creación de un mural para apoyar una campaña contra el cáncer. La exposición: Ca ni runinu es una muestra del compromiso personal, comunitario e interdisciplinario de este grupo de creadores istmeños que se entrevera con la vocación formativa de maestros de dibujo, artes tridimensionales y bidimensionales, estética e historia del arte.

V

Al maestro Toledo le hubiera gustado saber que –de la misma forma en la que él dialogó con el arte de otras culturas, a partir de imágenes precolombinas y del arte popular mexicano– los artistas del Istmo han explorado en el arte rupestre o comparan cosmovisiones y procesos de creación artística de Mesoamérica con las culturas del Mediterráneo. En ese sentido, han cuestionado conceptos cardinales como “estética”, “canon”, “belleza”, “expresión” o “sentimiento”, considerando también la importancia que tienen la naturaleza y la orografía para las artes; por ejemplo, la importancia etnográfica que tienen el Río de los Perros, el Atoyac, el Tehuantepec o el Ostuta. Durante el “proceso formativo” de los estudiantes-artistas, otra fuente cultural de primera importancia es el estudio de la civilización olmeca, gran matriz que irradió saberes fundamentales en distintas regiones de México, proceso formativo que dio paso al surgimiento de civilizaciones como la misma binnizá o zapoteca, pero también la maya, nahua o teotihuacana.

VI

Ca ni runinu se integra por veintitrés piezas elaboradas mediante distintas técnicas y formatos; son obras que van de los setenta centímetros –como la delicada cerámica Jardín vivo en caparazón de tortuga–, o pinturas de dimensiones considerables como Yu ne guibá, (Tierra y cielo, técnica mixta sobre estructura desmontable cuyas medidas son de 2.44 x 2.44 cm). Este cuadro, que expresa la danza diaria y su vaivén de emociones, incorpora elementos cubistas, corriente plástica que también fue explorada por otros artistas. De esta exposición pueden hacerse distintas lecturas ya que, aunque los temas son múltiples, son reconocibles diversos objetos y símbolos de origen común, por ejemplo, seres imaginarios o expresiones de una especie de bestiario binnizá; nahuales que al mismo tiempo son jarrones de barro, piezas duales que abordan el tema de lo sagrado: máscaras demoníacas, aves-lagarto, guardianes y mensajeros. Símbolos del calendario sagrado zapoteca: agua, tierra, viento o fuego como instrumentos estructurales, pero que también se integran como elementos figurativos o abstractos. Se trata de una muestra de resignificaciones culturales, de escenas de muerte y resurrección religiosa o espiritual, expresiones de arte efímero capturados en fotografías, mujeres-peces-flores, sirenas-jaiba, hongos y ciudades en miniatura, jardines sembrados de estrellas, palimpsestos postmodernos, símbolos que provienen de la cultura maya, arte producto de contemplaciones profundas o estética kitsch, psicodelia y expresiones oníricas, escenas de fiesta o del mítico mercado de Juchitán. Libertad vanguardista o fashion transcultural, arte de cambio paradigmático, de resistencia y crítica cultural. Se trata de un grupo de artistas que, aunque sus integrantes poseen distintas capacidades técnicas, estéticas o conceptuales, practican, como en los antiguos talleres de artes y oficios, el trabajo en equipo, poniendo en acción el concepto guendalisá (hermanarse).

VII

Es legendario el atractivo visual que el Istmo oaxaqueño ha provocado en escritores, viajeros, cineastas y artistas; sin embargo, eso que “salta a la vista” es la piel de una realidad profunda que se ha sostenido durante siglos en una economía basada en la subsistencia y la reciprocidad; se trata de una cultura que valora el diidxazá (zapoteco), materia prima, concreta o abstracta, con la que los artistas exploran palabras clave, tanto en los procesos de creación conceptual como en la definición de sus obras. Esto es, en buena medida, la muestra Ca ni runinu de una escuela de arte inédita en México.

Los artistas participantes en esta muestra son Yojhana Regalado, Keren García, Delia Ruiz, Carlos Cruz, Monserrat Regalado, José Alberto Pavian, José de Jesús Gutiérrez, Jesús Vicente Lagunas, Adi Sadai Ortiz, José Ramos Alegría, Karina López, Karla Hazel Carbajal, David López, Xhunaxhi Montaño, Osmar Regalado, Óscar Vicente Márquez, Beiby Morales Ojeda, Sergio Raúl Herrera, Romaleninca Reyna Lucero, Rigoberto López Enriquez, Vicente Pastrana, Josefa Morales y Michel Pineda.

Esta entrada fue publicada en Mundo.