La Santa Cruz de Los Milagros de Querétaro

La Cruz de los Milagros

 

 

Que se mueve, que crece, que convierte pecadores. Se dice, se cuenta entre la gente de aquel tiempo y de este, cuando se refieren a la Santa Cruz de los Milagros, venerada en el Convento de los Crucíferos, mientras se dispersa el gentío de la Loma del Sangremal,  barrio de la Cruz y San Francisquito, lugar donde el Señor del Trueno, Santiago el Mayor, el día en que Chichimecas y españoles pelearon, inclinara la balanza hacia los Caballeros que como él, blandían espada sobre corcel. También alargó el día, eclipsó al sol y resaltó una cruz, convirtiéndose así en patrono de un nuevo pueblo e incrementando su leyenda.

  

A San Cristóbal y a San Miguel Arcángel, se unió Santiago el Mayor, para iluminar la imaginación de los españoles del siglo XVl, que lo convirtieron en guerrero invencible, mientras los indios lo asociaron con el dios del rayo, del trueno y del relámpago.

  

Nace Querétaro y con esto los indios sincretizan un patrocinio no planeado por el vencedor, al exigir una réplica de la cruz aparecida junto a Santiago, el día de la batalla, para de allí en adelante hacer de ella un motivo para congregarse, que hasta la fecha conservan y ritualizan cada 14 de septiembre.

  

Ya dijera Fray Francisco Javier de Santa Gertrudis, al referirse a los antiguos pobladores de esta región, “era una nación, entre las bárbaras la más cerril e indómita, sin genero de sumisión” por ello exigieron se pusiese una cruz “en forma” que durase para siempre.

  

Se envió al arquitecto Juan De La Cruz, al cerro que está enfrente del Sangremal “por donde tenia vertiente la laguna” y donde se encontrara en un apacible ajedrezado de blanco y rojo cinco piedras, que articuladas, dieron forma a la Santa Cruz de Los Milagros.

  

Dos siglos después, 16 testigos, juraron en toda forma su antigüedad, que data desde la conquista de Querétaro, ante el entonces obispo de Michoacán, Fray Marcos Ramírez del Prado.

  

Para que esto sucediera, ya habían gobernado a los otomíes: Etzaguindo, Piedra que sumba en el árbol, Eccenguy, Culebra de nubes, Ehmatzahnì, Jaguar, todos importantes señores, que conservaron su autonomía frente a los mexicas y purépechas.

  

Gobernaron a gente que “ vivía en orden, sin flojera, drogas, robo, asaltos, ni mentiras “. Tampoco había falsos testimonios, ni codicia, ni envidia, la gente se ajustaba a las reglas de la sociedad, prevalecía la justicia”.

  

Llegó la fe cristiana y con ella Conín, el indio tlaxcalteca, que al trueque de sayales, huipiles y enaguas, se hizo amigo de los Huachichiles de la Cañada de Pathé. También se amistó con el español Hernán Pérez de Bocanegra, quien lo “convenciera” de la necesidad de someterse pacíficamente a los conquistadores.

  

Con Conín fueron “convencidos” los habitantes de la Cañada y del valle de Maxei, dándose al alborear el 25 de julio de 1531, al filo de las seis de la mañana, un simulacro de batalla, entre gritos, sonido de clarines,  retumbar de tambores y chocar de cuerpos. Batalla de antemano perdida por los Chichimecas, que en “venganza” formaron un  nuevo dios que diera hegemonía a su raza hasta nuestros días.

  

De este hecho nace el pueblo de Querétaro y con él la leyenda de la Santa Cruz De Los Milagros, que crece, se mueve y convierte pecadores, pero sobre todo identifica con su culto a un pueblo que vencido permanece resistiendo a las faldas del Sangremal.

  

Santiago de Querétaro, nacido como pueblo de indios, se une con su nombre a cientos de pueblos americanos dejados bajo el patrocinio del apóstol guerrero, el dios de la guerra, degollado en el año 46 de la era cristiana.

  

Destacan por su fama las ciudades de Santiago de Cuba, Santiago de Chile, Santiago de Caracas, Santiago de Quito, Santiago de los Caballeros de Guatemala, La Antigua, entre muchas otras más.

  

Es en Santiago de Querétaro donde se realiza la quinta aparición del santo conquistador, dios del trueno y del relámpago, de las 14 apariciones que realiza en suelo americano, solo cuatro de ellas fueron en lo que ahora es el territorio mexicano, pero en ninguna de sus apariciones se opacan tanto como  en esta de Querétaro, donde la cruz aparecida con él, se vuelve el signo unificador de los derrotados, de ella sale todo un motivo de unidad para resistir, para ganar perdiendo.

  

Esta cruz se mueve, cuentan sus apologéticos, que lo hace como los robles, formando una cruz para la fe española y hacia los cuatro puntos cardinales para la cosmogonía chichimeca.

  

Dicen que la primera vez fue cuando cantaba misa Fray José De Valderrábano, “no quedó persona en el pueblo y su contorno que no viese la maravilla  y aún muchos venían de muy distantes lugares”, este fenómeno se repetía los viernes, dicen.

  

Por 1680 y 1683, tiempo de la fundación del Colegio de Propaganda Fide, lugar donde crece el árbol de las cruces “fueron los movimientos tan recios y repetidos que puso a todo el lugar en grande cuidado y conturbación…”.

  

Esta cruz crece, nadie hay por el rumbo del Sangremal, los barrios de la Cruz y San Francisquito, que no cuente como crece, como se recorta y como tiene vida la Santa Cruz de los Milagros, esa que vieron los indios cuando los españoles llegaron y que trajeran procesionalmente entre soldados, banderas y lagrimas, desde el cerro de “enfrente” hasta el Sangremal y sobre una enramada se le dijera la primera misa y después su culto se repartiera sigilosamente entre los adoratorios indios del contorno, para tenerla como a su nuevo dios.

  

Cuentan que en 1639, ocho testigos, a petición del Padre Provincial Franciscano, de San Pedro y San Pablo, la examinaron para ver si había causa natural de sus movimientos, la midieron y tenía cinco varas y media, dos varas y media fuera de la tierra y otras tantas dentro, pero que poco tiempo después habían notado que aumentó media vara.

  

También dicen que un anciano religioso que estuvo presente cuando la metieron a su actual camerino, una caja de plata, vidriera de artificio, reliquias y alhajas, regalo de Juan Caballero Y Osio, quedó cuatro dedos mas abajo del limite y que poco tiempo después ocupaba todo el nicho, de tal suerte que había crecido media vara más.

  

Esta cruz convierte pecadores, cuantos han entrado curiosos a su santuario, salen convertidos con solo ver con atención a la Santa Cruz de los Milagros, se dice. ,

  

Mientras consta y a nadie le es ajeno, ver subir de rodillas a señores indios  desde la falda de la loma, la esquina actual de las calles de Zaragoza y Pasteur, ataviados de penachos, pectoral y maxtle e imitados por hombres,  mujeres y niños, hasta la cima donde se encuentra la cruz, llegar a ella y experimentar una catarsis de la culpa, para salir llenos de alegría y danzar al ritmo del teponaxtle “Fuego” y retirarse convencidos del perdón.

  

Santiago de Querétaro, que debió llamarse Querétaro de la Santa Cruz de los Milagros, permanece bajo el patrocinio del caballero que vino de Levante, el compañero de armas de los conquistadores y quien fuera pintado por el Greco en España y esculpido por nuestro gran pintor queretano Mariano Arce.

  

Santiago El Mayor, cuyo nombre lleva nuestra ciudad, también fue rescatado por los indios como el dios del trueno y visto por ellos como un “caballero muy grande, vestido de blanco, en un caballo, con espada en la mano, haciendo tanto mal el caballo como el caballero con la espada”, es por ello que se le guarda respeto y se le recrea con una leyenda, pero aun así el pueblo se inclina hacia la cruz de piedra, mas cercana a la concepción de las deidades indígenas y permanentemente presente en la conciencia de los Chichimecas.

  

Así Santiago Apóstol, patrono de Querétaro, se viene a vivir con los españoles a las plazas “de arriba y de abajo”, se retrata en cantera sobre la fachada del templo del Convento Grande de San Francisco, queda en el escudo de armas de la ciudad, otorgado por el Rey Carlos V, pero la fiesta, el culto, la veneración,  y la costumbre, se quedan en el Sangremal, con la Santa Cruz de los Milagros.

  

Querétaro dos patrocinios y uno solo verdadero, penetrante, que se comprueba cuando las multitudes ven desfilar la tarde del 13 de septiembre a los Concheros y danzar incansablemente hasta el día de la penitencia, 15 de septiembre, celebrando así la exaltación de la Santa Cruz, la fiesta de la recolección y dando el motivo buscado por los indios para recrear su costumbre en ritos y vejaciones, señal permanente de que no han sido definitivamente vencidos.

   

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