Diego Luna: “Los dramas que hacen reír rompen el hielo y llegan más profundo”

Diego Luna: “Los dramas que hacen reír rompen el hielo y llegan más profundo”

La estrella mexicana aterriza en Sundance con ‘Mr. Pig’, su tercera película como director.

PABLO DE LLANO

México 22 ENE 2016

Hace tiempo que no se deja de hablar de la participación de Diego Luna en la próxima entrega de Star Wars, pero dentro de unos días se comprobará que el actor mexicano ha descubierto un universo paralelo: la cría de cerdos. “La porcicultura es un viaje”, dice en una entrevista en Ciudad de México antes de partir hacia Sundance, el festival de cine independiente en el que presentará fuera de concurso su tercera película como director, Mr. Pig.

 

Es la historia de la amistad entre el granjero Ambrose (Danny Glover) y un gorrino de fina genética. Una amistad que los lleva desde California a México en una furgoneta y que arrastra a la hija de Ambrose, interpretada por Maya Rudolph, en una aventura que profundiza tanto en las injustas relaciones entre humanos y animales como en las relaciones desajustadas entre padres e hijos.

Es un drama con mucho humor. Creo que los dramas que hacen reír terminan rompiendo el hielo y llegan más profundo”, reflexiona Luna, que subraya la lectura paternofilial de la película: “Habla de un padre y una hija que se reencuentran en la madurez y se dan una segunda oportunidad de conocerse”.

La trama arranca en California y se desarrolla en México, en el Estado de Jalisco. En el excéntrico periplo de un desgastado ganadero afroamericano al sur del Río Bravo, Luna ha encerrado un doble homenaje: “Es una declaración de amor a mi padre y a mi país”.

 

Otro regalo para el escenógrafo Alejandro Luna, cuya trayectoria ha sido reconocida en los últimos meses con el premio del Festival Internacional Cervantino y la Medalla Bellas Artes y al que su hijo atribuye el mérito original de su desarrollo artístico: “Me enseñó a ver las cosas desde un ángulo particular y me hizo testigo del proceso creativo. Me forjó primero como espectador y también como creador”.

 

En una entrevista en octubre con este periódico el padre de Luna admitía que no sabía demasiado de la saga de La Guerra de las Galaxias. El hijo objeta: “Mi papá tiene memoria selectiva. No se acuerda de todos los juguetes que me regaló”. El actor destaca un busto de Darth Vader que pidió por correo cuando era niño y estuvo esperando durante meses: “Era mi personaje favorito. Una vez que conoces el lado oscuro es difícil negarse a él”, bromea bajo un árbol que lo cobija del espéndido sol mexicano en el jardín de la distribuidora Videocine.

 

Pero lo que centra ahora su atención es la promoción de Mr. Pig, que se estrenará en los cines de su país el 18 de marzo. Escrita entre Luna y el guionista Augusto Mendoza y producida por Canana, sociedad que comparte con Gael García Bernal, la película se empezó a gestar hace cinco años en torno a la idea cómica de un granjero de Estados Unidos que cruza la frontera con un cerdo indocumentado para llevarlo a México, “buscando un lugar idílico para su ser querido”. Pero lo que iba a ser pura comedia fue dramatizándose según se desarrollaba, “adquiriendo más y más gravedad”.

Para la filmación de Mr. Pig se compraron cuatro cerdos en México y un entrenador de Estados Unidos los educó. Los cuatro aparecen en un momento u otro de la película interpretando al gorrino de Ambrose, aunque resultan indistinguibles. Al terminar la película los enviaron a un retiro de lujo, una granja de investigación donde pueden caminar y copular libremente, a diferencia de los que sufren el cruel encierro de las granjas industriales, estudiadas por Luna durante la preparación de la película. “Allí lo que hacen es masturbar a un cerdo semental con la mano de un hombre, generalmente siempre el mismo, e inyectan a las cerdas sólo con la cantidad necesaria, para no perder ni una gota de semen”.

 

Sundance será la primera prueba de su filme porcino. El mismo festival en el que presentó su primer largometraje, Abel (2010). Luna sostiene que Mr. Pig se adapta como un guante al enfoque del festival fundado por Robert Redford. “Creo que es una película que no se puede comparar con otras, una película que vive en su propio mundo. Y esa independencia es justo lo que festeja Sundance”.

Rafael Sánchez Ferlosio

F. Sería cuando no odiaba los toros. Ahora es que nos los puedo ni ver.

  1. ¿Por qué?

 

  1. S. F. En gran parte, por la frase de Ortega de que no se puede entender la historia de España sin analizar la historia de los toros. El signo de cómo le va a España, dice, es cómo le va a la tauromaquia.

 

  1. Más que con los toros parece un problema con Ortega. Y con España.

 

  1. S. F. Muchos me tomaron en serio cuando empecé a decir “odio España”, lo cual es una tontería porque es un exabrupto nada más. Cómo voy a odiar un país si eso no significa nada. Aunque si se meten los toros, el Rocío, la Virgen del Pilar…

 

  1. L. P. Y los desfiles militares. Otro ejemplo sobre el que has escrito es ese momento en que la niña ve un tigre y lo llama gato.

 

  1. S. F. Había identificado el género por la especie.

 

  1. L. P. Se supone que el niño aprende la palabra mesa porque ve una en su casa y luego generaliza a todas las mesas, pero no: es como si hubiera generalidades puras a las que se va directamente. Cuando la niña llama gato al tigre no es que use mal la palabra sino que ha captado lo que tienen en general los felinos, la digamos felinidad.

 

  1. S. F. Sin ninguna conciencia de metáfora.

 

  1. L. P. Nietzsche decía que los conceptos son viejas metáforas, pero sería al revés: las metáforas son lo que queda del concepto cuando se convierte en una cosa usual.

 

Ferlosio: “Releo poco la ‘Teoría del lenguaje’ de Bühler. Tengo miedo de volver a sumergirme en ella”

 

  1. Eso se pierde a partir de cierta edad o de cierto grado de educación, ¿no? Es imposible volver a llamar gato a un tigre sin saber que estás usando una metáfora.

 

  1. L. P. Porque aprender el lenguaje es aprender a usarlo en un contexto determinado. Pero el lenguaje sigue conservando esa libertad que da la generalidad y que hace posible pasar de un contexto a otro. Ese es el genio de la metáfora. Lo que en el adulto es cambiar de contexto, en un niño es usar la palabra cuando todavía no hay restricción.

 

  1. ¿Esa conciencia de las restricciones del lenguaje puede llevar a esa escritura tan ferlosiana, llena de subordinadas, a la famosa hipotaxis?

 

  1. S. F. La hipotaxis no tiene que ver con la semántica de las palabras, sino con la estructura de la frase. No querría hablar de ella porque con la hipotaxis he sido tan bobo… He presumido de hipotáctico, de hipotacta, y he cometido errores.Tomás Pollán, que es muy lector de mis cosas, me dijo que la frase tenía que ser respiratoria, que tienes que leerla sin perder el aliento. La hipotaxis es muy antipática. Y no es que me haya vuelto azoriniano.

 

El filósofo José Luis Pardo.El filósofo José Luis Pardo. Luis Sevillano

  1. ¿La forma en que un niño generaliza puede servirle de algo a un filósofo?

 

  1. L. P. Lo que tiene más interés desde el punto de vista filosófico es que ves que el concepto no es la generalización de una apreciación individual, sino que hay algo que corresponde al concepto, es decir, que en la realidad hay algo así como núcleos de estabilidad. Eso desborda los contextos de uso de las palabras. Es eso tan bonito que hacía Rafael de comparar las palabras puestas en su contexto con una llave y el concepto con una ganzúa que te abre muchas puertas. No sabes si te las va a abrir todas ni cuáles va a abrir, pero te permite suspender el pensamiento cuadriculado y abrir nuevas maneras de pensar.

 

  1. ¿Habría alguna relación entre la infancia de un niño y eso que llaman la infancia de la humanidad o de la filosofía?

 

  1. S. F. ¿Qué podemos saber? Todas las lenguas antiguas que se han podido analizar son ya lenguas completas. No se ha podido explorar una lengua balbuciente o una prelengua. Además, las estructuras de las lenguas antiguas son ya complejas. Hay quien ha estudiado cómo las categorías de Aristóteles son los casos griegos.

 

  1. L. P. Tenemos una idea de historia evolutiva con los griegos como infancia del pensamiento, pero lo que hay en las lenguas antiguas no es la infancia de la humanidad, sino otra manera de percibir el mundo.

 

Pardo: “El paso del mito al logos es una solución muy moderna.  Para los griegos eran perfectamente compatibles”

 

  1. ¿El paso del mito al logos, del pensamiento mágico al pensamiento racional es otro mito?

 

  1. S. F. El pensamiento mágico, según Weber, es perfectamente racional. Pensamos en los pueblos colonizados, pero entre nosotros también hay cosas que siguen siendo mágicas: la firma, que en algunos documentos tiene que ser de puño y letra, es un objeto mágico. De puño porque la grafía puede ser falsa. Es algo escrito que tiene poder sobre los hechos.

 

  1. L. P. En Tristes trópicos cuenta Lévi-Strauss que fue como antropólogo a una tribu que no tenía escritura. Llevaba un cuaderno y apuntaba. Los indígenas interpretaban eso como un poder sobre la tribu, así que el jefe le pide el lápiz y el cuaderno y empieza a hacer garabatos para que su pueblo vea que él también tiene ese poder.

 

  1. Un poder notarial. Los notarios serían nuestros chamanes, ¿no?

 

  1. S. F. Claro. Los notarios, además de rúbrica, tenían signo. Hacían una especie de jeroglífico, generalmente una cruz con ringorrangos. El dominio de la magia en cosas que tienen la capacidad de ser fehacientes sigue ahí.

 

  1. L. P. El paso del mito al logos es una solución muy moderna. Como los modernos no podemos soportar la idea de que coexistan, cuando nos los encontramos en una cultura diferente decimos: primero vino el mito y luego el logos. Pero para los griegos no era así. Para ellos eran perfectamente compatibles. En muchos contextos son palabras sinónimas. Parménides escribió poemas y Platón diálogos e historias de lo más fantásticas. El hecho de que a una cosa se la llame divina no quiere decir que no sea racional.

 

Rafael Sánchez Ferlosio y José Luis Pardo durante la conversación.Rafael Sánchez Ferlosio y José Luis Pardo durante la conversación. Luis Sevillano

  1. Pollán escribió que Ferlosio alertaba contra nuestra manía de asimilarlo todo, de simplificar lo complejo. “El universo en casa ya no es el universo”, decía.

 

  1. S. F. Lo hacemos constantemente con esas comparaciones que se constituyen en metáfora. Como el lenguaje del fútbol. Cuando alguien engaña a otro decimos que le ha metido un gol.

 

  1. ¿El lenguaje no es una forma de asimilación? ¿Reducir a un código un mundo mucho más amplio?

 

  1. S. F. Es que la palabra nos hace. No podemos percibirnos desde fuera. No existe un exterior de la lengua.

 

  1. Usted se encerró 15 años a estudiar gramática con la Teoría del lenguaje,de Bühler. ¿Quién se la recomendó?

 

  1. S. F. Víctor Sánchez Zabala. Me lo prestó. Luego lo compré y le di el ejemplar nuevo. Le copié sus anotaciones. Lo tradujo Julián Marías.

 

  1. ¿Ha vuelto a leerlo?

 

  1. S. F. Poco. Tengo miedo de sumergirme otra vez en ella y pena de no poder sumergirme.

 

  1. ¿Ha leído en los últimos años algo que le haya interesado tanto?

 

  1. S. F. Deleuze, su idea de diferencia y repetición para hablar de la individuación.

 

  1. L. P. Una vez te preguntaron qué habías leído últimamente y dijiste que desde Kafka no había salido nada bueno. Como si hubieras estado yendo a las librerías.

 

  1. S. F. Eso es cosa de un iletrado completo como yo.

La séptima vida de Karra Elejalde

Durante 20 años, el actor ha sido “el de ‘Airbag”. Y ahora está empeñado en que la historia no se repita con Koldo, el entrañable marinero de ‘Ocho apellidos’. Su recuperado éxito le ha garantizado nuevos proyectos , pero también le ha hecho darse de bruces con la fama en tiempos de Twitter y Facebook.

VIRGINIA COLLERA
“Se acabó el vasco de las barbas. Se acabó. Se acabó. Se acabó”. Karra Elejalde(Vitoria, 1960) rechaza enérgicamente la idea de volver a encarnar a Koldo en la saga de Ocho apellidos. En su profesión, apostilla vehemente, siempre ha evitado lo fácil, siempre ha buscado sorprender, arriesgar, el vértigo de interpretar un nuevo personaje. Y, enumera, no es ni la primera ni la segunda vez que da vida a ese marinero vasco. Hizo “un apunte” en Acción mutante (1993), de Álex de la Iglesia, en la piel de ese tullido llamado José Óscar Tellería, Manitas, el mecánico de la banda terrorista que, para superar los controles policiales rumbo al Planeta Axturias, insiste –y convence– a la autoridad competente de que en la naveVirgen del Carmen solo llevan “pescao congelao, delicias de merluza, cocretas de bacalao y tronquitos de cangrejo y así”. Ha recurrido a él muchas veces en el teatro, siempre le ha funcionado eso de “hacer el casero” en reuniones de amigos. Y, por último, está el anuncio de La Gula del Norte. Basta. “Yo tengo la suerte de desenvolverme en la comedia y en el drama, ¿por qué agarrarnos a una ubre que nos va a dar seguridad económica pero no es un reto profesional? Debemos acabar con él porque no es estratégicamente inteligente. No ha lugar a que lo abonemos más. Llevo veintipico años siendo el de Airbag y hay que intentar que la gente se olvide de este personaje. De lo contrario, seré Koldo para los restos”.

Ocho apellidos vascos es la película española más taquillera de la historia. En 2014, recaudó 56,2 millones de euros y la vieron casi 9,5 millones de espectadores. La segunda parte, Ocho apellidos catalanes, estrenada contra reloj 20 meses después, acumula casi 34 millones de euros y 5,4 millones de espectadores. Ha sido la que más entradas ha despachado en 2015 en España –y todavía está en salas de cine–. Para Ghislain Barrois, consejero delegado de Telecinco Cinema, estos filmes son “lo más parecido a una revolución. Por fin han conseguido que el público español no dé la espalda a su cine”. Por tanto, a diferencia de Elejalde, ya piensa en la tercera (y última) entrega de la saga. “Antes de estrenar Ocho apellidos catalanes ya teníamos en la cabeza que fuera una trilogía. Otra cosa distinta es que demos en el clavo con una historia que seduzca a director, actores y productores”, explica. “Antes de Navidad nos reunimos con los guionistas y surgieron ideas divertidísimas que hay que ver dónde nos llevan. Ahora lo único que puedo garantizar es que vamos a intentar que haya una tercera parte”.

 

–Karra Elejalde insiste en que no volverá a interpretar a Koldo.

 

–Eso mismo decía con la segunda, incluso con la primera. Si no quiere, buscaremos una solución. Pero no nos planteamos una nueva película sin él. Si le presentamos una historia cojonuda, yo supongo, espero, que dirá que sí.

 

Airbag, hoy considerada por muchos una película de culto, fue idea del actor vitoriano. “Creo que corre el año 1995, voy en un taxi con otro amigo y Karra Elejalde. Estamos borrachos y de pronto Karra se pone a contarle al taxista que somos riojanos, que venimos de pisar uva, nos han pagado 800.000 pesetas y que hemos estado de puticlubs y él ha perdido su anillo de compromiso en el culo de una mulata, y que tenemos toda la noche para encontrarlo. Yo pensé que era algo tan absurdo que podía ser verdad y que podía ser una película”, recordaba el director Juanma Bajo Ulloa en los extras del DVD remasterizado de esa road movie que no tuvo el respaldo de la crítica –ni siquiera de algunos exhibidores por su duración: 124 minutos eran demasiado para una comedia–, pero sí, masivamente, el del público joven. Esa generación que, casi dos décadas después de su estreno en cines, sigue repitiendo aquello de “el concepto es el concepto”, “hondonadas de hostias” o “nada en la ambulancia”, entre otros chascarrillos del calamitoso sicario Pazos, ­interpretado por Manuel Manquiña. Con guion de ­Elejalde, Bajo Ulloa y Fernando Guillén Cuervo, el éxito de Airbag pilló a todos, ellos tres incluidos, totalmente desprevenidos: la vieron casi 2,2 millones de espectadores. “Pero no puedo comparar ambos fenómenos: Airbag no fue ni un 10% de lo que estoy viviendo con Ocho apellidos. Airbag fue muy irreverente y novedosa, pero no aceptaba todo tipo de edades. Había putas, farlopa… En cambio, los apellidos son para todos los públicos. Todos los yayos han ido a verla y, por la calle, mocos de 8 o 9 años me llaman ‘¡Koldo, Koldo!”.

 

Hasta los 14 años Karra Elejalde vivió en Leintz-Gatzaga (Gipuzkoa), en aquel entonces “un pueblo de 20 casas y 30 caseríos”. Hijo de un músico “que tenía un bar” y de un ama de casa, nunca se había planteado dedicarse a la actuación. Podría haber estudiado cualquier cosa, pero “como era vago”, le pareció que su mejor opción era ser electricista. Un trabajo en el que llevas chaquetita y tijeras no parecía exigir demasiado esfuerzo. También cursó estudios de pintura y escultura en la escuela de artes y oficios de Vitoria. Fue en la mili donde se encontró con “un tío cojonudo, muy buen actor y de derechas”, Toño Sampedro. “Me dijo: ‘Tú eres muy gracioso. Cuentas muy bien los chistes. Estás siempre haciendo el payaso. Yo soy de un grupo de teatro, ¿por qué no te vienes?”. Poco después debutaba en el espectáculo Adiós, hasta huevo, en el que interpretaba 11 personajes. En su largo y variado periplo, Elejalde ha fundado grupos de teatro, ha escrito canciones para conjuntos del rock radical vasco como Hertzainak o Korroskada y ha participado en filmes como Alas de mariposa y La madre muerta, de Juanma Bajo Ulloa; Vacas y Tierra, de Julio Medem; Días contados, de Imanol Uribe; Salto al vacío, de Daniel Calparsoro; La pistola de mi hermano, de Ray Loriga; Los sin nombre, de Jaume Balagueró; Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo. Y ha dirigido Año Mariano –con Fernando Guillén Cuervo– y Torapia. En 2011, cuando recibió el Premio Goya al mejor actor de reparto por la película También la lluvia, aprovechó la ocasión para agradecer a su directora, Iciar Bollain, que lo hubiera “sacado de boxes” tras una temporada de sequía de proyectos cinematográficos. “Los actores somos flor de un día. Estamos arriba y luego abajo. Hay compañeros que esperan que suene el teléfono y, si no lo hace, se desesperan, pero yo siempre he generado proyectos. Cuando no salía nada de cine, escribía mis monólogos: me he tirado 20 años haciéndolos. Nunca me he cortado a la hora de escribir y dirigir, de interpretar, de escribir sketches o poesía. Siempre me he sabido buscar la vida. En esto de la interpretación yo soy chusquero, no de academia”, relata. “Esta profesión es cíclica. Tienes cuatro años buenos, uno malo, otros cuatro buenos. No hay justiprecio. De repente estás de moda, y no significa que seas mejor actor, pero todo el mundo te desea”.

 

En estos momentos, Elejalde está en la cresta de la ola. Pronto empezará a rodar 100 metros junto a Dani Rovira, prepara un programa gastronómico y de viajes –al estilo Un país para comérselo, de Juan Echanove e Imanol Arias–, tiene “tres o cuatro películas en perspectiva y varias series de televisión” y la próxima semana estrena Embarazados, una película protagonizada por Alexandra Jiménez y Paco León, en la que Elejalde interpreta a un ginecólogo demasiado aficionado a las metáforas deportivas.

E milio Martínez-Lázaro, director de las dos entregas de Ocho apellidos, recuerda el ataque de risa que le dio en el primer ensayo con los actores cuando Elejalde se alejó del guion escrito por Borja Cobeaga y Diego San José en “castellano coloquial” y pronunció la frase “como la hubiera dicho su padre”. “Karra es de Vitoria y en su casa todos hablaban castellano menos su padre, que se expresaba en ese idioma tan raro. A partir de entonces fui yo quien le propuso que nos detuviéramos en todas sus frases para que pudiera pensar cómo las diría él”.

 

Cuando Elejalde recibió el guion de Koldo (que le procuraría su segundo Goya) pensó que, si aceptaba interpretarlo, recaía sobre él una gran responsabilidad. “A mí, que fui uno de los que metieron a un lehendakari negro en Airbag, vi que me tocaba ser el representante de lo vasco. Koldo es un personaje que tiene un barco que se llama El Sabino III, por tanto, nacionalista del PNV. Yo, desde luego, no soy ni católico ni conservador y podría haber denostado al personaje, haberlo llenado de tics, apayasarlo. Pero pensé: ‘Coño, Karra, hagamos un vasco que sea como viene en el guion, pero démosle emoción, lágrimas, que sea un hombre que quiere a su hija. Peligroso pero tierno”, explica. “Y construí un personaje por el cual dos señores del PNV me tendrían que estar muy agradecidos porque la verdad es que ha caído muy bien. Y, efectivamente, para hacerlo eché mucho de cómo hablaban, de cómo pensaban y se desenvolvían, de la torpeza con la que abordaban el castellano mi tío Ramón y mi aita”.

 

Actor y director se conocían, pero nunca habían trabajado juntos. “Lo he pasado muy bien. No solo nos hemos hecho muy amigos, sino que he descubierto a un gran actor. Sabía que era muy bueno porque lo había visto en También la lluvia, pero últimamente en cine le daban unos papeles tan pobres… Siempre de poli secundario. Cuando vi la de Iciar me dije: ‘Este sí es Karra”, comenta Martínez-Lázaro, quien, además, destaca su poderosa vis cómica. “A las pruebas me remito. Él había hecho comedia, pero de otro tipo. Era una comedia de hacer el gamberro, muy desinhibida, que a él le gusta mucho porque es un muchachote vasco. Pero no tiene ni la quinta parte de valor que la de Ocho apellidos porque esta es una comedia desde un personaje serio y que consigue desplegar una risa enorme”.

 

–Karra Elejalde insiste en que no volverá a interpretar a Koldo.

–Si él no está, tendrán que buscar a otro director. Si la hacemos y nos ponemos todos de acuerdo, habrá una posibilidad. Ya se verá.

Hasta ahora Elejalde, con más de tres décadas de profesión a sus espaldas, era conocido. “A mí me apasiona mi profesión. Lo que mejor vivo es el proceso de leer un personaje, contrastarlo con el director y mis compañeros y abonar ese trabajo. Esa labor de investigación, de resolución, de entendimiento, de llegar a una comunión. Pero la parte de promoción y todo lo demás, me es totalmente ajena. Yo soy hablarín con mis amigos, pero fundamentalmente soy actorín. A mí lo que me gusta es levantarme a la mañana, ir, hacer y volver a casa”. Pero desde marzo de 2014, cuando llegó a las salas Ocho apellidos vascos –su rostro enfurruñado, mirando de reojo a Clara Lago, su hija en la ficción, impreso en el cartel del filme–, es famoso. Y vive con incomodidad su nueva condición. “Estas dos películas me han dado una tranquilidad profesional, pero hay mucha dejación de tu vida personal. Se resiente. Ya no te vas a tomar gin-tonics tan tranquilo a las dos de la madrugada por los sitios, y también es un poco triste tener que hacerte las fiestas en casa”. Aunque esto no debe interpretarse como una queja, aclara: “No lo es, pero a mí nunca me ha gustado ser famoso. Yo siempre he deseado ser prestigioso. Independientemente de a lo que me hubiera dedicado en la vida. Pintor, chapista o arquitecto. Me gustaría ser un actor de prestigio pero desconocido, un ser anónimo más que anda por ahí, pero es un binomio que no se puede conseguir en nuestra profesión”. Ahora, se lamenta, no tiene tiempo ni para atarse los zapatos. “¿El éxito? ¿Qué comporta el éxito? Pues estar de zascandil de aquí para allá y desatender lo que más quieres. A día de hoy no puedo mantener ni un huerto”. Tampoco terminar un guion sobre la minería del coltán o dedicar tiempo a dos de sus aficiones: la pintura y la poesía. “Lo que escribo es cándido, a veces es naíf, a veces amargo, a veces es alcohólico. Con todo lo extravertido que puedo parecer, soy tímido para algunas cosas, las canciones son canciones, pero dudo mucho que llegue a editar mi poesía”.

Visceral. Bocazas. Un volcán a punto de estallar. La descripción es del propio actor –y la hemeroteca lo refrenda–. Elejalde siempre ha sido vehemente. Siempre ha entrado al trapo de todo. Pero, a sus 55 años, reconoce que quizás sea el momento de ensayar la diplomacia. Durante la charla, mientras fuma sin parar, zanja varias de sus respuestas con precavidos “pero ya entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?”. Ni un paso en falso. “Yo soy el mismo pájaro. Sigo pensando igual. Pero ahora vamos a tener que medir mucho lo que decimos y no decimos. Ya no me va a dar la gana, pese a que yo pienso como pienso, hacer declaraciones de enjundia política o sobre deportes. ¿Por qué si digo que me gusta el Barça voy a enfadarme con seis millones de personas de Madrid? No voy a entrar en ese juego. Voy a ser diplomático, pero no dejar de ser coherente. Me va a gustar decir no lo sé”.

Durante la promoción de Ocho apellidos catalanes, primero Clara Lago y Dani Rovira en el programa El hormiguero, después Elejalde en una entrevista con el diario As, desataron la ira de las redes sociales. Los primeros reconocían a Pablo Motos que el efecto de Ocho apellidos era tal que salir a la calle juntos era “un coñazo”, según Lago. “Como Jim Carrey en El show de Truman. Nos sentimos muy observados”, remató Rovira. El pecado del intérprete vitoriano, que no tiene ni Twitter, ni Facebook, ni siquiera Whats­App, fueron unas declaraciones a propósito de la política de fichajes del Atlhetic de Bilbao. “Ahora van a ser vascos hasta los riojanos y los de Toledo, no digamos los navarros. En ese equipo juega gente de varias comunidades […] Me parece un poco peregrino que hagan eso si su sello es el personal de Euskadi”. Los tres fueron reprendidos con esos linchamientos 2.0 que hoy ya no sorprenden por habituales –y que son sufridos por famosos, fundamentalmente, pero también por ciudadanos anónimos, nadie está a salvo–. “Estamos en un momento crítico y cualquier patinazo se eleva y se desmesura. De repente te ves en el ojo del huracán y todo el mundo en las redes tiene algo que decir. Acaban deseando hasta tu muerte. Al final aprendes a no crearte problemas porque las cosas dichas desde el desenfado, escritas, cobran un peso enorme. Y es una pena, porque no hay pregunta impertinente sino contestación inoportuna. Hay que tener mucho cuidadito, así que, a capear el temporal, que es lo que haría un buen marinero, y a seguir navegando”. Al despedirse, insiste en que borre, si las hubiera, sus salidas de tono. Todavía está ensayando.

elpaissemanal@elpais.es

Prefiero ser amado que respetado…

Prefiero ser amado que respetado…

 

El País

 

El año apenas acaba de empezar y sus buenos propósitos se van cumpliendo uno a uno. “Quiero pasar más tiempo con mis hijos y dejar de comer carne. De momento, no lo llevo nada mal”, admitió en la entrega de los Globo de Oro, donde se alzó con el premio a mejor actor de serie cómica por su trabajo en Mozart in the Jungle. Se calla el tercer deseo, el que mencionó pocos días antes a EL PAÍS. “Ser amado. ¿Quién no quiere ser amado? Mejor amado que respetado, aunque ambas cosas suelen venir juntas”, describió con la sonrisa espontánea que luce este intérprete, quien se reserva la seriedad para el trabajo.

 

Ahora, el respeto lo tiene en forma de Globo de Oro, ese galardón que le dedicó a sus hijos Lázaro y la pequeña Libertad, de 7 y 4 años, respectivamente, fruto de su relación con la también actriz argentina Dolores Fonzi. Los ve todo el tiempo, dice. “Me siguen, los sigo. Nos dividimos entre Buenos Aires con su madre y México capital”, añade sin ofrecer más detalles sobre su separación. Para alcanzar sus propósitos solo le falta el amor, aunque tampoco parece importarle demasiado a este autodeclarado requetesoltero, que “se la pasa muy bien”.

 

No hace falta aclaración. Da igual que sea el más bajito del reparto de Mozart in the Jungle, García Bernal es el motor de la serie. Incluso cuando se trata de celebrar la victoria en los Globos de Oro, él fue el centro de atención. La premiada serie, donde el mexicano interpreta a un director de orquesta con cierto aire de Gustavo Dudamel, tiene entre sus colaboradores a algunos de los pesos pesados de la familia Coppola, desde Roman Coppola y su primo Jason Schwartzman hasta el patriarca del clan, Francis Ford Coppola. “Claro que es un gran chico”, dijo con tono paternal el maestro de El Padrino sobre el actor, de 37 años. Un piropo que reiteró antes el director de orquesta venezolano, su alter ego en la pantalla. “Me encanta que Gael protagonice la serie porque así ganará adeptos para la música clásica”.

 

Lázaro y Libertad se cuentan entre estos nuevos adeptos, “la música de las mañanas de Gael”, como admitió el actor en su discurso. A ellos les ha mostrado Beethoven y Chaikovski, música que recomienda a cualquier padre para que juegue con sus hijos. De sus progenitores, él aprendió interpretación; su madre, actriz y modelo, y su padre, director y actor. Con pocos meses, ya se había puesto encima de una cámara, y con 11 años ya trabajaba vis a vis con Salma Hayek en telenovelas mexicanas. Aunque su descubrimiento, sobre todo en Hollywood, llegaría años más tarde con películas como Y tu mamá también y, especialmente, Amores Perros, de la mano del que considera uno de sus maestros y que, casualmente, también resultó ganador de un Globo de Oro en la misma velada, el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu. “Me queda mucho por aprender”, añade en referencia al campo de la música clásica.

 

Conciencia Social

 

García Bernal también habla de su vida, y no tiene reparo en mostrar sus puntos débiles. Se sonroja al admitir que disfruta de música pop como El presente, el nuevo tema de Julieta Venegas. Es una de sus debilidades y cuenta que la escucha cuando no lo ve nadie. Lo dice en voz baja, con brillo de pillo en sus ojazos verdes porque es un hombre comprometido socialmente, incluso con la música que escucha. Es un fiel seguidor de Silvio Rodríguez y la Nueva Trova cubana. Su otro punto débil es, precisamente, su conciencia social, la misma que le impide echar raíces en Hollywood o la que le impulsa a hacer películas que digan algo. “Es una de las razones por las que hago esto”, afirma quien ha interpretado la figura del Che Guevara en dos ocasiones. No tiene pelos en la lengua para criticar al Gobierno mexicano o a Donald Trump en EE UU. Le preocupa la crisis de los refugiados, o los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Eso sí, no entra en polémicas innecesarias. Prefiere dejar que su obra hable por él. Actualmente prepara junto a Jonás Cuarón el largometraje Desierto, sobre la porosa frontera que separa México de Estados Unidos. Además, siempre está pendiente del Festival Ambulante, ese que desde hace una década acerca el cine a 16 localidades mexicanas que ahora también incluye a Los Ángeles. “Es importante hablar de la inmigración. Todos somos inmigrantes”, añade sabiendo que en el mismo hotel donde él y sus comparñeros celebraron el triunfo en los Globos de Oro había un ejército de inmigrantes trabajando en las cocinas y recogiendo las mesas del banquete. Esa noche, Gael también se llevó el amor del público.

Arthur Miller

Arthur Miller

Su obra máxima tuvo fuerte resonancia, incluso en China.

El escritor estadunidense tiene una amplia bibliografía, misma que le asegura

“un lugar de honor en la historia de la literatura dramática”.

Antes de su estreno oficial en Broadway, en el Morosco, el 10 de febrero de 1949, y siguiendo una vieja tradición del teatro estadunidense, La muerte de un viajante subió a la escena en un teatro no neoyorquino, para ir pulsando la respuesta de la audiencia. Su primera función pública tuvo lugar en el Locust Street Theatre, de Filadelfia, en el 1411 de dicha calle, durante el mes de enero.

Aquel mismo día, por la tarde, daba un concierto justo enfrente de ese teatro la Filarmónica de la ciudad, interpretando la sinfonía más fulminante de Ludwig van Beethoven, la 7.ª, y Elia Kazan, que dirigía la obra de Miller, dictaminó que Lee J. Cobb (el primer y dizque mejor Willy Loman de todos los que ha habido) tenía que oírla para cargar las pilas. “Nos sentamos en un palco, a derecha e izquierda de él –según contó Miller en sus memorias, Timebends, casi cuarenta años después–, y lo exhortamos a inhalar profundo el heroismo de esa música y exhalarlo a tope por la noche en su papel.”

Por la noche, en el teatro, se oyó “una melodía tocada por una flauta, una música leve y fina, que habla de hierba, de árboles, de horizontes”, se levantó el telón y, por primera vez en la larga historia del teatro universal, Willy Loman, el viajante, entró en escena por la derecha, con dos grandes maletas de muestra: “La flauta sigue tocando –acota Miller. Willy la oye, aunque sin darse cuenta de ello. Su agotamiento es manifiesto hasta cuando cruza la escena hacia la entrada de la casa. Abre la puerta, entra en la cocina, deja su carga con alivio y palpa sus palmas doloridas. Deja escapar unas palabras en un suspiro; podrían ser: “¡Cielos! ¡Oh cielos…!”

Y sigo citando de las memorias de Miller, porque supo contarlo de manera precisa y emocionante:

Como en otras representaciones posteriores, no hubo aplausos cuando cayó el telón tras aquella primera función. Entre los espectadores pasaron cosas muy curiosas. Al caer el telón algunos se levantaron, se pusieron sus abrigos y se volvieron a sentar; otros, especialmente hombres, seguían sentados, inclinados hacia delante y escondían sus rostros entre sus manos; algunos lloraban sin recato. Hubo espectadores que cruzaron el patio de butacas para conversar con otros en voz baja. Pareció transcurrir una eternidad antes de que alguien pensara en aplaudir, y a partir de entonces la ovación fue interminable. Yo estaba al fondo de la platea, y observé a un señor anciano de apariencia distinguida que iba acompañado por el pasillo, hablando excitado con el que a todas luces era su secretario o su asistente. Más tarde supe que se trataba de Bernard Gimbel, el director de una cadena de supermercados, quien esa noche dio la orden de que en sus negocios no se despidiese nunca más, por motivos de edad, a ningún empleado.

En el siguiente párrafo habla de los visitantes que viajaron de Nueva York en los días sucesivos, para ver la obra, entre ellos Kurt Weill y su esposa, Lotte Lenya, en compañía de Mab, la esposa de Maxwell Anderson; y que Weill le miraba meneando la cabeza sin decir palabra, y lo que Mab dijo: “Es la mejor pieza de teatro que se ha escrito nunca.” Un elogio sorprendente en labios de la esposa de un dramaturgo tan bueno y exitoso como Anderson, a quien se deben obras como Cayo Largo y Juana de Lorena, que él mismo adaptó al cine (Juana de Arco) para que Ingrid Bergman se luciese en una de sus mejores actuaciones ante la cámara.

Arthur Miller a la izquierda, en1939 y a la derecha con su esposa Marilyn Monroe Fuente: flickr.com/ CC BY-SA 2.0

Un paréntesis. La frase de Mab Anderson me mueve a hacer un inciso y romper una lanza por el que pienso que sí ha sido el mejor drama escrito en el siglo pasado. El 10 de mayo de 1921, en el teratro Valle, en Roma, el repertorio universal se enriqueció con una obra maestra insuperada hasta la fecha: Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello. Alguien que sabía tanto de teatro como George Bernard Shaw, la consideraba la más original y poderosa de todos los tiempos.

Pero estos tres son maximalismos, y ninguno de ellos hace desmerecer algunas obras de Sófocles, Shakespeare, Lope –¡Fuenteovejuna!–, Calderón, Molière, Schiller, Ibsen, Chéjov, O’Neill, Brecht, Tennessee Williams y el propio Shaw, indiscutibles en la antología más estricta que seleccionase la mismísima Talía. Junto con la de Miller, claro está, y es hora de que vayamos cerrando este paréntesis.

Arthur Miller no es tan sólo el autor de Death of a Salesman. En su amplia bibliografía figuran obras de una calidad inmensa: Todos eran mis hijos, Las brujas de Salem, Panorama desde el puente, Después de la caída, Incidente en Vichy…; bastaría esta media docena de piezas para asegurarle un lugar de honor en la historia de la literatura dramática. Pero son muchas más las que salieron de su pluma, amén de radioteatros y guiones de cine (The Misfits, que protagonizara su entonces esposa, Marilyn Monroe, junto a Clark Gable y Montgomery Clift, ¡que trío de ases!)

Hay también un par de novelas firmadas por él, amén de sus memorias ya mencionadas, que en español se titularon Vueltas al tiempo, y varios tomos de ensayos, entre los que siempre destaco el prefacio a su venturosa versión de Un enemigo del pueblo, de Ibsen, prefacio que es una obra maestra de inteligencia aplicada al entendimiento de una obra y un idioma ajenos. Tampoco olvidaré, sería injusto, los dos volúmenes con sus impresiones de viaje por la Unión Soviética (In Russia, 1969) y por China (Chinese Encounters, 1979), ambos ilustrados con las imágenes captadas por su tercera esposa, la fotógrafa austríaca Inge Morath.

El poder del arte

Pero La muerte de un viajante es de lejos la que cimentó su fama mundial, la que se sigue y sigue representando sin que haya perdido un ápice de actualidad; antes bien, como si los tiempos hubieran ido acrecentándosela. Incluso en algún lugar que sería inverosímil pensar en él como posible escenario del montaje de una obra tan acendradamente estadunidense. Algún lugar como, por ejemplo, China.

Pasados los horrores, y los errores, de la Revolución Cultural (la cual le costó la vida a uno de los mejores dramaturgos del mundo, Lao She, autor de esa obra imperecedera que es La casa de té), el Teatro del Arte del Pueblo, de Pekín, invitó en 1983 a Miller para producir y dirigir La muerte de un viajante en la capital china. Fruto de aquella experiencia fueron no sólo la escenificación de la obra, sino además un libro fascinante, que la corrección política de la época hizo que se editase en inglés como Salesman in Beijing, y en castellano “El viajante” en Beijing.

De ese precioso libro deseo citar en extenso un pasaje iluminador del resto. Dice Arthur Miller:

Ahora me entero de que en el mismo lugar en que nos deja y nos recoge el auto cada día, los Guardias Rojos rodearon a unas cuarenta personas que trabajaban en los distintos departamentos, tanto actores como escritores, entre ellos el más notable, el novelista y cuentista, y el más prolífico y mejor dramaturgo de China, Lao She, cuya obra El chico del rickshaw había tenido gran éxito en Estados Unidos. Tal y como lo expondría As Ying:

 –Cada actor de este teatro, y los de toda China, es fruto de las obras de Lao She.

La casa de té, de Lao She, es para la compañía lo que fue La gaviota (de Chéjov) para el Teatro del Arte, de Moscú, bajo Stanislavsky: su sustento nutricio. Ya de más de sesenta años se mostró en total desacuerdo con aquellos ardientes maoístas que finalmente, aquella noche, le separaron del grupo en el patio, le riñeron, se burlaron de sus despreciables formas burguesas, de sus obras, de sus pretensiones, de su carácter, exaltándose hasta el punto de abusar físicamente de él. Intervino un policía de Beijing antes de que le golpeasen, y tras asegurar a los jóvenes milicianos que él se sentía tan ultrajado como ellos por Lao She, consiguió liberar al escritor de sus garras y ponerlo bajo su custodia. Lo retuvo consigo hasta altas horas de aquella noche, cuando creyó que se encontraba lo suficientemente a salvo como para permitirle regresar a su casa. En vez de ello, Lao She se dirigió hasta cierto estanque cerca del parque Beihai, donde la gente lo vio pasear a lo largo de sus orillas, en la oscuridad, mostrando un aspecto de lo más desanimado. Pero al parecer nadie intervino, por lo menos no de una forma lo bastante decisiva, y a la mañana siguiente su cuerpo fue encontrado flotando en el agua. Así se “revolucionó” este teatro.

Además de traicionar a un genio, este movimiento no produjo nada, en los diez años siguientes, que alguien quisiera llevar de nuevo al escenario.

Seguir los ensayos de La muerte de un viajante en Pekín, viéndolos a través de los ojos del autor de la obra y director de su puesta en escena, es toda una lección de aprendizaje de la Historia y del encuentro de culturas tan ajenas, e incluso contrapuestas. Mencionaré nada más, como botón de muestra, los problemas que enfrentaron Miller y sus intérpretes a causa de que los parámetros socio-vitales eran harto distintos. Sin ir más lejos: el espectador chino no lograría jamás entender que Willy Loman se suicide simulando un accidente, para que su esposa, siendo ya viuda, cobre un buen seguro de vida… ¡En China no existe –o al menos no existía en 1983– esa invención tan característica del capitalismo que son los seguros de vida!

Imagen de una de las puestas en escena

de Death of a Salesman

De cualquier manera, Miller tiene ocasión de constatar que su elenco domina el texto, hasta el punto de provocar esta observación de la actriz que va a interpretar el papel de La Mujer: “–Nos sorprende siempre ver el buen ojo que tiene usted –dice Liu Jun, y se echa a reír. No podemos prescindir de nada, ni de una sola línea.” Y el autor y director extrapola: “De nuevo atribuyo esto a la increíble traducción de Ying Ruocheng. La obra dura ahora tan sólo dos minutos más que en inglés, algo que no es posible ni siquiera en francés o en alemán.”

Pero luego los problemas derivados de las tradiciones teatrales autóctonas, que no se avenían con las propuestas de Miller; por ejemplo haciendo que nada más usaran pelucas algunos personajes, a fin de remarcar con ellas el paso del tiempo:

Todo esto nos ha dejado con una peluca para Tío Ben y otras para Willy, Howard y Charley: a Howard con objeto de hacerlo más joven, a Charley para avejentarlo un poco. Como es natural todos están allí con el desacostumbrado cabello colgándoles de las manos, como una banda de indios después de una excursión de escalpelo de cabelleras, asintiendo de manera expresiva y de indudable total acuerdo entre sí respecto a que todo el montaje está ahora amenazado. Una obra china sin pelucas: algo parecido a hacer representar a los actores en cueros.

Miller contó a su favor todo el tiempo con la indudable ventaja de que Inge Morath dominaba el chino y eso le permite incluso registrar algún apunte risueño: “Pequeña Golondrina, nuestra diminuta guía china, es dulce, cariñosa y muy competente, pero al saber que Inge es capaz de servirme de intérprete tan rápidamente como sea necesario, permite que su mente vagabundee, y duerme, además, una barbaridad.” O este de un viaje en tren: “Nunca he sido capaz de dormir en un vehículo, auto, tren o avión, y el coche-cama de Beijing a Datong no escapó a la regla, aunque se tratase de un tren limpio, que funcionaba bien –con la natural excepción del poderoso tifón de amoníaco del lavabo. El tren parece de tipo soviético y es muy cómodo, pero todas las estructuras socialistas que he visto tienen unos retretes que derivan de un único modelo diseñado por la Iglesia ortodoxa en la Rusia zarista, para asegurarse de que al hombre nunca se le permitirá olvidar la corrupción de la carne.”

El estreno de La muerte de un viajante en Pekín fue apoteósico, en un momento de grave tensión entre ambos países: ruptura de relaciones culturales a causa de que la mejor tenista china, Hu Na, durante una gira del equipo nacional, eligió la libertad solicitando asilo político en California. “Esta noche –anota Miller–, una obra mía es nuestro único contacto cultural con China, contacto por el que sin duda el Departamento [de Estado] se muestra agradecido. Esta idea me hace muy feliz a causa del poder del Arte.”

La tumba secreta de Hernán Cortés

La tumba secreta de Hernán Cortés

Durante 123 años el paradero de los restos del conquistador español fue un misterio, hoy languidecen en el olvido en México

JAN MARTÍNEZ AHRENS

México 3 JUN 2015

Restos de Hernán Cortés.

El mayor enigma de Hernán Cortés fue su tumba. Entre el siglo XIX y el XX, se dio por desaparecida y alimentó uno de los grandes misterios históricos de América. Hubo quien pensó que había sido saqueada, otros especularon con el extravío, y algunos convirtieron el caso en una metáfora del destino de España en México. La verdad no andaba ni lejos ni cerca. Pero aún hoy, cuando la tumba del conquistador languidece en el olvido, mantiene su capacidad de sorpresa.

En 1823, tras la Guerra de Independencia y ante la furia antiespañola que barría México, el ministro mexicano Lucas Alamán, como detalla el historiador Salvador Rueda, urdió una plan para evitar que cayera en manos de profanadores y fuera destruida. Al tiempo que hacía creer que los despojos habían sido enviados a Italia, los ocultó primero bajo una tarima del Hospital de Jesús, el lugar donde la leyenda considera que Cortés y Moctezuma se vieron por primera vez, y 13 años después, tras un muro en la contigua Iglesia de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno.

La ubicación del nicho quedó silenciada y durante años permaneció en secreto hasta que en 1843, el propio Alamán, para evitar que su paradero cayera en el olvido, depositó en la embajada de España un acta del enterramiento clandestino. El documento, lejos de ver la luz, recibió tratamiento de secreto. Dio igual que el embajador fuese conservador, liberal o republicano: de un siglo a otro, el papel nunca salió de la caja fuerte diplomática. Hernán Cortés, el hombre que encarna como pocos el esplendor y la barbarie de la Conquista, hacía mucho que había dejado de ser realidad y se había convertido en un tabú en México. Y la buena relación con el país norteamericano pasaba por su olvido. Incluido el de su tumba.

Así fue hasta que en 1946, un alto cargo del Gobierno republicano en el exilio, de quien dependía la embajada, filtró una copia del documento. El 28 de noviembre de aquel año las reliquias fueron plenamente identificadas.

El hallazgo, tras 123 años de misterio, desató antiguos demonios. Hubo quien pidió que los restos fueran arrojados al mar. Otros llegaron más lejos. Ante estos ataques, salió a la palestra el presidente del PSOE y exministro republicano Indalecio Prieto, exiliado en México y conocedor por su cargo del enigma. En un conmovedor artículo publicado en la prensa de la época, reveló la centenaria historia secreta y pidió la reconciliación. “México es el único país de América donde no ha muerto el rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, sepultémoslo ahora aprovechando esta magnífica coyuntura”

Sus palabras no tuvieron eco. México prefirió devolver los restos al lugar al que los había arrojado la historia. En 1947 fueron recolocados en un muro de la Iglesia de Jesús Nazareno. A la izquierda del altar. Allí siguen.

– ¿Viene alguien a visitarla?

– No viene nadie. Aquí no hay permiso para sacar fotos ni hacer turismo. Eso nos lo tienen prohibido.

La secretaria de la iglesia ha respondido sin levantarse de la silla. Está apostada a la entrada y mira con displicencia al recién llegado. El templo, enclavado en una concurrida avenida del centro histórico, parece medio abandonado. A un lado se acumulan muebles antiguos; a otro, andamios y sacos. La tumba no se aprecia a simple vista ni está indicada por ningún letrero. Hay que llegar al fondo y mirar a la izquierda del altar. A tres metros del suelo, se encuentra la placa que señala el lugar donde descansa el conquistador. Es de metal anaranjado. Sólo dice: Hernán Cortés 1485 – 1547.

 

La teoría de la historia en México (1940-1973)

La teoría de la historia en México (1940-1968)

Álvaro Matute (selección y prólogo)

Fondo de Cultura Económica, México, 2015.

Ricardo Guzmán Wolffer

Originalmente publicada en 1974, esta compilación de ensayos sobre la historiografía nacional establece varios modos de aproximación a la concepción no sólo de la historia, sino de la manera en que se advierte el transcurrir de la vida.

La profundidad de cada texto impide el comentario de todos, pero algunos son ineludibles, como las sesiones donde participaron O’Gorman, Caso, Iglesia y otros para hablar “sobre el problema de la verdad histórica”. “La verdad en Historia no es otra cosa sino la adecuación del pasado humano (selección) a las exigencias vitales del presente”, dice Miguel de Unamuno, sobre lo cual Antonio Caso comenta problemáticas más profundas: ¿en verdad el ser humano puede conocer lo que sucede en su espíritu?, ¿o fuera de su persona? Caso parte de la necesidad de establecer la subjetividad del historiador y cómo debe optar por las fuentes a consultar para luego establecer jerarquías en su apreciación, partiendo desde luego de las condiciones del propio historiador. No existe un historiador “objetivo”: si es un análisis retrospectivo, se enfrenta a tales aspectos (fuentes confiables y necesidad de seleccionarlas y priorizarlas); si es un cronista, contemporáneo del hecho, se verá influenciado por los hechos mismos; incluso los documentos privados a consultar, donde el emisor no pensaba siquiera en el fenómeno histórico, también serán parciales. Caso equipara al historiador con el juez, bajo el dato añadido de que, por las diferencias de tiempo, de códigos morales, éticos y de circunstancias, es más improbable que juez y acusado compartan idiomas morales, por la separación de juicios. A ello, añade José Gaos, se suma la edad del historiador, pues incluso los más avezados en su juventud irán cambiando de habilidades y de mecanismos mentales para interpretar y seleccionar. Parece, nos dicen los enormes historiadores de esas décadas, que la verdad histórica objetiva es más un anhelo que un hecho plausible.

Bastaría ver los nombres de los autores que hablan sobre historia para establecer la necesidad de leer este libro, seamos o no especialistas: Alfonso Reyes, Edmundo O´Gorman, Alfonso Caso, Jesús Reyes Heroles, José Gaos, Ramón Iglesia, y otros de similar calibre.

“Es con la precisión del derecho, con el símbolo del arte, con la aproximación de la política, con el rigor de la ciencia, los datos y análisis de la sociología, como el hombre escribe Historia”, precisa Reyes.

En la vivencia actual, donde hablar de “verdad histórica” de crímenes y sus usufructos, implica escuchar y amalgamar las más dispares voces; donde el olvido histórico ha permitido los viejos abusos de las partes del Estado, resulta muy necesario regresar a las ideas originales que sobre la Historia plantearon especialistas hace unas décadas. Un texto imprescindible •

 

Los pasadizos subterráneos en la ciudad de Puebla

Los pasadizos subterráneos en la ciudad de Puebla

Era una leyenda que se contaba en las sobremesas y en las tertulias: Bajo la ciudad de Puebla había túneles que conectaban iglesias con antiguos edificios y los revolucionarios mexicanos los habían utilizado para escabullirse durante la guerra.

Pero no había rastro de ellos, ni mapa que probara su existencia, hasta ahora. Una red de 10 kilómetros de caminos subterráneos construidos en los siglos XVI, XVII y XVIII han sido hallados en el corazón de la ciudad y el gobierno local se ha puesto a la tarea de descubrirlos para echar un poco de luz sobre su historia.

Los primeros indicios de la existencia de los túneles los dio una serie de mapas del siglo XIX en manos de una familia de la región, pero la prueba definitiva de que no se trataba de un mito fue el hallazgo accidental de una parte de la estructura durante una remodelación urbana en 2014. Poco a poco las bóvedas semicirculares de los canales fueron descubiertas de la tierra que ocultaba su simetría casi perfecta. “Nunca nos imaginamos que eran así, yo en toda mi carrera nunca había visto nada así”, cuenta Sergio Vergara, gerente del centro histórico de Puebla (centro de México).

Las primeras investigaciones revelan que los túneles fueron construidos después de la fundación de la ciudad en 1531. Puebla fue una de las primeras ciudades formadas durante la colonia española y funcionaba como un importante centro habitacional para el clero novohispano. Los subterráneos se construyeron en los siguientes dos siglos a la par que la mayoría de las iglesias, monasterios y los edificios más representativos de la nueva urbe: el Ayuntamiento y la Catedral. Los caminos habrían servido, en un principio, para trasladar con discreción las riquezas de la iglesia Católica.

Las primeras investigaciones revelan que los túneles fueron construidos después de la fundación de la ciudad en 1531

Los pasadizos poseen diferentes estilos arquitectónicos según su época de construcción y hasta ahora se han encontrado hasta 15 diferentes sistemas de arcos que han sostenido las estructuras a través de los siglos. Los constructores utilizaron una composición de piedras lascas —rocas pulidas y pegadas con los materiales disponibles de la época— hasta formar un arco de medio punto y con una apariencia similar a la bóveda catalana. “Un trabajo milimétrico”, apunta Vergara. Las estructuras han soportado la construcción de edificios, el montaje de sistemas hidráulicos, seísmos, la introducción del asfaltado y el tráfico de los automóviles. Al entrar a ellos un potente olor a azufre y la humedad se apoderan del ambiente, ya que las estructuras fueron construidas en un suelo con mantos de aguas sulfurosas.

La entrada al primero de nueve túneles —llamado Puerta de Zaragoza— estará abierta a los visitantes el próximo febrero en el Barrio de Xanenetla, al noreste de la ciudad. Sus bóvedas alcanzaron alguna vez los 8,5 metros de altura y su longitud recorría 4 kilómetros desde el río San Francisco hasta el Fuerte de Guadalupe, una estructura en la cima de un cerro para proteger la urbe de ataques. Estos detalles respaldan la hipótesis de que el subterráneo sirvió para el transporte de armas, municiones, e incluso soldados durante la célebre batalla del 5 de mayo de 1862, un enfrentamiento contra el Ejército francés que invadía México y en el que los mexicanos resultaron vencedores. Los túneles habrían sido clave para derrotar a los franceses en un ataque simultáneo por diferentes frentes.

“Estas historias me las contaba mi abuelo, que había visto personalmente algunos túneles y decía: ‘Yo vi a Porfirio Díaz, que cruzaba a caballo y pasaban las carretas en las bóvedas de la ciudad’”, cuenta Antonio Gali, alcalde de Puebla. Su abuelo Rafael Gali, un emigrante libanés dedicado a la industria textil, presenció a principios del siglo XX los traslados que algunas personas con una buena posición social hacían a través de las llamadas “calles de abajo”. Tras la Revolución mexicana (1910) no se volvió a saber más sobre los pasadizos y las leyendas tomaron el relevo. “No me imagino tantos años de historia y sin que nadie tuviera el interés de encontrarlos”, reflexiona Gali.

Bienvenidos a Villa Maravilla

Bienvenidos a Villa Maravilla

Cinco jóvenes emprendedores españoles, que ya han triunfado en Silicon Valley, comparten casa en San Francisco. Son el epicentro de una envidiable red de contactos

La ilusión de Silicon Valley

ROSA JIMÉNEZ CANO

San Francisco

TOM KUBIK

Es muy probable que los fundadores del colegio Alborán de Marbella ignoren que todo empezó en sus aulas. Allí fue donde se cruzaron los caminos de dos personas que hoy, sin pretenderlo, han creado una casa que sirve de inspiración, cobijo y posada a los españoles que quieren explorar Silicon Valley.

Cuando Álvaro Domínguez de Luna (Marbella, 1982) estaba en tercero de EGB tuvo un altercado con el nuevo de la clase, un chico hijo de española y nigeriano que acababa de incorporarse al sistema escolar. Antes de eso, había vivido en Nigeria, Italia y Suiza y se había educado en el sistema homeschooling, en el que los padres ejercen de maestros. Superado el choque inicial, acabaron siendo inseparables.

En un barrio llamado Marina

Villa Maravilla está en uno de los barrios más antiguos de San Francisco, entre la sede de Lucas Arts y el viejo Fort Mason, un espacio militar del que zarpaban las naves rumbo a Pearl Harbour y que en los noventa se convirtió en lugar de ocio. Desde la casa se ven Sausalito y Tiburón, dos pintorescos municipios pesqueros refugio de actores. En medio, la isla de Alcatraz, con  su faro y el recuerdo de los que estuvieron presos. Marina puede ser una barriada tranquila o el lugar más explosivo de ?a ciudad, tan solo hay que escoger la calle. Marina Boulevard, donde se ubica la Villa, no tiene una sola tienda. Una casa tras otra llevan hasta el Palacio de Bellas Artes, la sede central de la exposición de 1915 con la que la ciudad quiso recuperar el ánimo tras los seísmos de 1906. Y es que, muy a pesar de los habitantes del barrio, a Marina se le conoce también por ser uno de los lugares más afectados por los terremotos. El de Loma Prieta en 1989 acabó con varios edificios. A lo largo de toda la calle se sucede una señal con un muñequito que huye de una ola que le quiere comer. Resultaría cómica si no fuese por lo que significa: “Alto riesgo de tsunami”. Domínguez de Luna, que por algo es el arquitecto del clan, pone una dosis de tranquilidad: “Esta es una de las pocas construcciones de la zona erigida sobre tierra firme. Tenemos debajo roca”.

Con los años, ese compañero de clase, Adeyemi Ajao (Madrid, 1982) acabaría siendo cofundador de Tuenti, la red social española de mayor éxito en el mundo hispano hasta que Facebook se tradujo al español (Telefónica compró Tuenti por cerca de 100 millones de euros).

Ajao decidió jugar en primera división: si lo había conseguido en España, ¿por qué no en Silicon Valley? Se matriculó en el MBA para emprendedores más reconocido, el de Stanford. “Pensé que tendría tiempo para emprender y surfear”, explica con media sonrisa. Consiguió ambas metas. En el segundo año de estudios puso en marcha, junto a otro socio, Identified, una mezcla entre LinkedIn y Facebook. Para aprender a surfear dio con un maestro inesperado, David González Charola (San Sebastián, 1979), amo y señor de las ventas, un mago a la hora de hacer crecer el volumen de negocio. Ingeniero industrial con un máster, dejó su trabajo en Vodafone para mejorar sus habilidades comerciales con un curso en Stanford. En 2009 hizo el plan de negocio de Wavegarden, una firma que quería crear olas artificiales. Ajao se dio cuenta de que conectaban. “Yo echaba de menos los códigos que teníamos entre españoles y David era muy generoso bajando de nivel con la tabla para que me animase”, explica.

Christian García Almenar (Valencia, 1985), amigo de David, fue a pasar 10 días con ellos. Nunca se había metido entre las olas, pero salía con una inusitada sonrisa a pesar de la virulencia del mar en Santa Cruz. “Llegamos a pensar que era un inconsciente, pero él es así, disfruta con todo lo que hace. Lo suyo es la actitud”, cuenta Ajao. Christian conectó con ellos a través de un amigo común en Nueva York, donde estudió. Hoy, Gitstar, la empresa de seguridad de la que es cofundador, da sus primeros pasos y tiene al fondo de capital riesgo Andreessen Horowitz entre los inversores.

Entrado 2010, Ajao pensó que, una vez bien conocidas las claves de los negocios en Silicon Valley, era momento de buscar un lugar donde vivir en San Francisco. Era el año en que Twitter había decidido quedarse en la ciudad y SOMA, un conjunto de naves industriales al sur de la calle Market, era —sigue siendo— un hervidero de startups.

En ese momento, reapareció el amigo de la infancia, Álvaro Domínguez de Luna. Con su título de arquitectura bajo el brazo, llegaba como diseñador jefe de Nomad (fundada por otro viejo colega, Noah Dentzel, hermano menor del cofundador de Tuenti). Sus diseños están en cientos de tiendas de EE UU.

Echaba de menos los códigos que tenemos entre españoles

Adeyami Ajao

Los cuatro comenzaron la exploración. En un paseo por Marina vieron que unos chavales salían de lo que hoy es Villa Maravilla, el nombre informal con el que ellos mismos se refieren a su hogar. “No nos dio vergüenza preguntar si nos lo enseñaban”, dice con una mezcla de descaro e inocencia Domínguez de Luna. Lo que no esperaban es que estuvieran a punto de dejarla y les presentasen a los caseros. En el momento justo, en el sitio adecuado. Amor a primera vista. Cuenta la leyenda, corroborada por unos vecinos octogenarios con los que pasan Acción de Gracias, que el inmueble de cuatro alturas y seis habitaciones perteneció al aventurero y multimillonario Howard Hughes. La anécdota, cierta o no, da para bromas que rompen el hielo con las visitas.

Ya eran cuatro. Quedaba, al menos, una vacante más. Ajao, que estaba a punto de vender  Identified y ponía los cimientos de Cabify en España (una alternativa al taxi que, a diferencia de Uber, sí ha conseguido operar dentro de la legalidad), se había fijado en Ignacio Vilela, ingeniero de Caminos en FCC con hambre por saber más, que llegó para a montar Startcaps Ventures en la bahía. Con olfato contrastado, maneja una baraja de empresas emergentes y de proyectos innovadores. “Nuestro punto diferencial es que entramos en las primeras fases de inversión, en buenos proyectos que sean diferentes”, concreta.

Ahí comienza la historia de Villa Maravilla, una casa con vistas de excepción, una cocina-comedor que invita a quedarse y a conversar y un ático propio de un anuncio de refrescos. Cinco chavales, jóvenes, de éxito y con gran futuro por delante. Cualquiera podría imaginar un ambiente muy similar al de un reality show. Sin embargo, la fiesta, la celebración, solo surge de cuando en cuando. “Por aquí hemos tenido a varios speakers de TedTalks, al activista Srda Popovic, al fundador de Instacart…”, enumera Vilela.

Sentarse a la mesa con este repóquer invita a tomar apuntes. La conversación pasa de la inteligencia artificial a la robótica o la sanidad del futuro y los retos de seguridad que plantea. Ajao es el disparo cargado, el foco, la ambición de ponerse una meta y conquistarla. Vilela es un visionario que ve posibilidades donde otros ni lo imaginan. Domínguez de Luna, locuaz e impulsivo, es capaz de cambiar el chip y pasarse horas enfrascado en el despacho del garaje. González Charola viste con orgullo el polo de su empresa, recién nacida y ya prometedora, Kenandy, una suite de ventas que trabaja con la plataforma Salesforce. Mark Benioff, CEO del gigante de las ventas que tuvo valor para plantar cara a Oracle, es uno de sus accionistas. De manera no oficial, pero sí por aclamación popular, es el chef de la casa.

Les une un sueño, triunfar en la meca de la tecnología, y una amistad común difícil de encontrar. Pocas veces se da con un grupo que habla del proyecto del tipo de la habitación de al lado con la misma pasión que si fuese suyo.

Durante el verano, un grupo de maestros falleros con los que contactó Christian se unió a la expedición a Burning Man, un festival en el desierto en el que se queman esculturas. La delegación valenciana fue la invitada especial de la organización para explorar una posible colaboración. La villa era la conexión mágica entre ambos. El verano anterior fue Gonzalo Ruiz Utrilla, emprendedor e inversor en Civeta, quien pasó un mes con ellos. En primavera les visitaron varios estudiantes de máster en el IE. No era parte oficial de la exploración a Silicon Valley, pero la conversación con algo de picoteo aporta unas pinceladas de realidad que pocos programas académicos tienen.

Según la leyenda, la casa perteneció a Howard Hughes, el millonario aventurero

No es que promuevan jornadas de puertas abiertas, pero lo parece. La aparición espontánea de todo tipo de perfiles es una constante. Desde el vecino, Howard Rosenfeld, cardiólogo infantil que pasea con su perro por el comedor y toma yogures de la nevera como uno más, a Rafa Salazar, director del Spain Tech Center, un espacio en el distrito de las startups de San Francisco promovido por el ICEX. El mes de octubre tuvieron a Carlos Toledo, ilustrador, amo y señor de Instagram con T-Diary, como inquilino de lujo.

El papel que juega este lugar no era esperado, tampoco forzado. “Todos hemos pasado por el proceso de llegar aquí, centrarte un poco, ver por dónde van las cosas… Hemos tenido momentos de tensión con los visados, sin saber si nos aceptarían o no, si todo iría bien”, explica Ignacio Vilela. “Lo que queremos es hacerlo suave. Hay mucha gente, con gran talento, que no sabe por dónde empezar”.

Queda claro que cualquiera de ellos podría haber seguido un camino relativamente cómodo en España. “No es que nos guste complicarnos”, matiza González Charola, “lo que nos gusta es competir, probarnos, dar el máximo. Lo que se está viviendo aquí es un momento único”.

Lo que nos gusta es competir, probarnos, dar el máximo

David González Charola

En Villa Maravilla hay una alcoba vacante. Por momentos, se plantean aceptar un sexto miembro. ¿Una chica? “No tenemos ninguna restricción. Vamos, nos encantaría. Una vez una chica estuvo a punto de quedarse, pero encontró otra opción. Y son pocas”, dicen con cierta pena.

En Silicon Valley, es cierto, menos del 30% de los empleados son mujeres, y ejerciendo labores estrictamente relacionadas con la tecnología la media baja del 10%. No urge, no buscan, no tienen prisa. “No se trata de llenar un hueco”, explica Christian, “sino de dar con alguien que pueda  encajar, que tenga un carácter compatible”. Que no teman los paracaidistas, sigue quedando un socorrido sofá en el garaje junto a una colección de bicicletas que todavía rezuman polvo del desierto de Burning Man.

David González Charola

San Sebastián, 1979. Es responsable de expansión de Kenandy, propiedad de Salesforce, el gigante de las ventas de moda en Silicon Valley.

Ignacio Vilela Millán

Madrid, 1980. Ingeniero Industrial por la Universidad de Navarra. Es socio del fondo Startcaps.

Adeyemi Ajao

Madrid, 1982. Cofundador de Tuenti, Identified y Cabify. Vicepresidente de estrategia de producto en Workday. MBA en Stanford. Estudió Económicas y Derecho en la Universidad Pontificia de Comillas.

Álvaro Domínguez de Luna

Marbella, 1982. Arquitecto por la Universidad Europea de Madrid.  Diseñador de Nomad y creador de su propio estudio, AddLUNA.

Christian García Almenar

Valencia, 1985. Es Ingeniero de Telecomunicaciones por la Universidad de Valencia y cofundador de la startup de seguridad Gitstar.

El perdón, vocablo del amor

El perdón, vocablo del amor

JULIO SCHERER GARCÍA

Al escribir el colofón del libro El amor, el sufrimiento y la muerte (Proceso 1989), Julio Scherer García evocó dos intensos pasajes de la vida de Enrique Maza: primero, cuando fue capellán de los condenados a muerte en un par de prisiones estadunidenses; luego, como el moribundo que rechazó los santos óleos. Temas como los que dieron título a ese volumen eran comunes en las conversaciones cotidianas entre Maza y Scherer.

Proceso

Por decisión propia vivió Enrique Maza en las cárceles de Cleveland y Kansas City allá por los años de 1962 y 1963. Capellán de los condenados a muerte, recuerda hasta en los detalles a dos asesinos de mujeres, un blanco y un negro. El blanco se resistía al encuentro con su destino implacable y entre gritos y jadeos era arrastrado por sus verdugos. El negro avanzaba con una triste música en los pies. Contoneaba el cuerpo con desgano y sus labios morados se distendían en una mueca resignada. Maza los vio morir tras una mirilla impenetrable al sonido. Fulminados por el rayo y el veneno, uno en la silla eléctrica y otro en la cámara de gases, expiraron bañados en sus heces.

En aquella época, cuestionada la pena capital en los tribunales de los Estados Unidos, hubo reos que salvaron la piel en el último minuto. Víctimas de la incertidumbre a lo largo de procesos extenuantes, perturbada su inteligencia, trastornado hasta el sexo, acabaron a merced de sus fantasmas. Sin puntos de apoyo, ajenos al amor que une a los hombres con un lazo que en verdad ata, vivían sin aprender a vivir y apelaban a la muerte sin la decisión de buscarla. Sus días eran círculos cada día más estrechos que alguna vez, a fuerza de oír y hacerse oír, el sacerdote lograba penetrar.

Tiempo después, Maza sintió la muerte como se siente la noche que se viene encima. Ahogado en sangre por una úlcera perforada, escuchó a un cura que se aprestaba a confesarlo y solícito le ofrecía los santos óleos. En la camilla, moribundo, rechazó los auxilios de emergencia. No creía en la comunicación directa con Dios. El hombre se comunica con el hombre o pierde el habla, enseña desde siempre en su ministerio rebelde.

El cinco de noviembre de 1985, en una pequeña capilla de la ciudad de México, celebró sus bodas de plata como sacerdote de la Compañía de Jesús. De cara a sus invitados, dedicó el sermón al amigo fiel, que no tiene precio, y habló del perdón, sal de la tierra. Explicó que no desciende el perdón de los dioses ni los poderosos, porque el perdón es un vocablo del amor. “Perdona el que ama”, dijo. Y agregó, seguro de sus palabras: “Perdonar es seguir amando”.