Reconstruir el centro de una ciudad

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Reconstrucción de los Centros Hitóricos

Ell patrimonio urbano nos permite conectar tres dimensiones de la cultura: la cultura en cuanto herencia a conservar, la cultura en cuanto componente de nuestra conciencia y la cultura productiva como generadora de riqueza.

Las ciudades hay que explicarlas como realidades complejas dado que en su paisaje se interrelacionan elementos del medio ambiente, herencias de la historia, las fuerzas económicas, el progreso técnico, el genio creador del hombre, las tensiones sociales, los modos de vida de sus habitantes y también, las aspiraciones y los deseos de los ciudadanos. La ciudad, además de ser un paisaje cultural, es una realidad dinámica donde los problemas de reorganización del espacio urbano han estado siempre presentes.

La ciudad, tiene que responder a las necesidades que cada época ó coyuntura histórica le plantea. De aquí que, de cara a la valoración del patrimonio cultural, a la superación de las visiones museísticas de los centros históricos y también a la intervensión urbanística, sea necesario hacer conciencia sobre el hecho de que cada espacio urbanístico tiene una etapa histórica que es clave en su formación y articulación, además, se trata de ciudades vivas que han tenido que adaptarse a diversas etapas.

En la mayoría de las ciudades lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno se combinan; las ciudades están esculpidas en piedra. Los rasgos de una ciudad se advierten en la fachada de sus edificios, en sus cascos antiguos, en sus iglesias, en el conjunto de sus trazos, en el sabor de sus barrios y en el sentir de sus habitantes.

Es en el lenguaje de las piedras que se ha escrito la historia de las ciudades, algunas de las cuales han sabido transmitir su mensaje y son un libro abierto para mostrar su historia, cultura y folklore, tanto a sus habitantes como a sus huéspedes, conformando parte importante de su patrimonio turístico. Es así que, las localidades tradicionales con sus referencias al pasado, son los nuevos lugares que llaman al turismo alternativo.

Pero existen otras que por negligencia o por el deseo de dar paso a la modernidad no han preservado la fisonomía que antaño las identificaba, y en las que deben participar una serie de organismos especializados y la misma población, a fin de salvaguardar el patrimonio arquitectónico, apoyados en una serie de leyes y reglamentos que decretan la obligación de conservarlo y mantenerlo en buen estado; determinando asimismo el nivel de intervención en cada uno de los edificios, que van desde la remodelación hasta la demolición, según el caso.

Es importante señalar que una pronta y eficaz intervención en los edificios y un uso apropiado de los mismos podrían incrementar la oferta turística que podría aumentar la estancia promedio de sus visitantes.

En el caso de México, éste cuenta con un gran legado histórico reflejado en cada uno de los Estados que lo conforman. Dicho legado se debe en gran parte a los cambios socioeconómicos, políticos y culturales que la Conquista Española dejó en el país, dando como resultado el mestizaje, que significó la creación de nuevas generaciones, con características propias que identificarían a una futura nación, ya que ésta se compone también de un rico pasado prehispánico.

En México, la mano del hombre aplanó lo alto de las montañas y les hizo terrazas en las faldas para su conveniencia. La religión y la arquitectura iban de la mano. Los edificios más importantes de Mesoamérica se levantaban para honor y gloria de seres sobrenaturales, más bien que para albergar al hombre. Los edificios van desde una simple cueva hasta palacios lujosos y templos de enormes proporciones.

Es difícil calcular las dimensiones a que llegó la arquitectura en Mesoamérica durante la época prehispánica, pues queda muy poco de lo que alguna vez fueron poblaciones y ciudades prósperas. Los mejores ejemplos existentes se encuentran en el área maya, siguiéndoles los de la región mixteco-zapoteca. Se conoce menos de las edificaciones en otras áreas, ya sea por lo poco durable de los materiales de construcción o por la destrucción causada durante la conquista y la ocupación española, así como por el olvido de los últimos doscientos años.

Las casas de la gente común eran de construcción débil, y quedan pocos restos de ellas. En los templos antiguos, como en los actuales, hubo muchas clases de casas, algunas grandes para la gente más acomodada y otras muy humildes que merecen más bien el nombre de “choza” ó “jacal”. Varían bastante en su construcción según la región donde se encuentran.

Los arquitectos indígenas combinaban también el espacio, la distancia y la altura para imprimir un sentido de majestad, misterio, dignidad y solemnidad, como lo demuestran las espaciosas plazas de Teotihuacan y Chichén Itzá.

Se construyeron ciudades fortificadas en muchas regiones debido a las intensas acciones de guerra de Mesoamérica. Las típicas ciudades fortificadas mayas son Tulum, edificada en un acantilado frente al mar y protegida por una muralla; Mayapán, Iximché y Utatlán, construidas en medio de un terreno casi inaccesible. En el Valle de Tehuacán las principales ciudades clásicas se encuentran sobre cerros altos, no muy accesibles.

Los lacandones construyeron una ciudad en una isla del lago Miramar (“Chan-K’ak-Na”), a la que se podía llegar únicamente en canoa, y que costó a los españoles varias expediciones hasta capturarla y rendirla. Los conquistadores tuvieron grandes dificultades para vencer a Tenochtitlan y Petén Itzá, ciudades fortificadas por los aztecas y los mayas, respectivamente, ambas construidas en islas.

Los purépechas también fortificaron ciudades, como Oztuma (Teloloapan), Zitácuaro y Ajucitlán. Alrededor de todo el actual estado de Tlaxcala se construyó una muralla alta y gruesa para proteger a los habitantes contra los aztecas, con entradas especiales, reforzadas, en zigzag. En Huexotla había una cerca de seis metros de altura, que en otras épocas rodeaba y defendía a la ciudad. Los zapotecas, mijes y chinantecas eran famosospor sus fortalezas casi inaccesibles en los picos de las montañas, como de Quiengola. En algunos sitios los habitantes tenían que usar escaleras para atravesar sus fortalezas.

Tenochtitlan, la fantástica capital azteca, queda varios metros debajo de la actual ciudad de México, y dondequiera que se hacen zanjas en el corazón de la ciudad los obreros cruzan las ruinas de la gloria azteca. Creció rápidamente en cuanto se le conquistó, y desde entonces no se ha detenido. Sabemos cómo se veía antes de la gran destrucción gracias a los escritos de los cronistas españoles, quienes nunca dejaron de encomiar y asombrarse de las maravillas de Tenochtitlan.

Una de las manifestaciones culturales más sobresalientes de la influencia española fue la arquitectura, con el estilo colonial que se desarrolló durante la época virreinal y que prevaleció medio siglo después de la emancipación.

Característica de la colonización española es la forma urbana de asentamiento que, por lo regular, siguió dos estructuras básicas: una era la retícula en forma de damero y la otra la que se adaptaba a los accidentes geográficos del terreno.

Los asentamientos urbanos fortificados prestaban protección contra las incursiones de los numerosos indígenas y aseguraban las comunicaciones comerciales. Una política constante de la Corona española fue la de arraigar en las ciudades a los colonizadores e impedir su dispersión por la campiña, pero aún así, en el ocaso de la época colonial había más españoles y criollos dispersos por la campiña; en haciendas y ranchos, que los que vivían en las ciudades.

La construcción de ciudades planificadas comienza con el envío del gobernador Ovando en 1501, quien hizo construir la nueva ciudad de Santo Domingo según el modelo de construcción urbana planificada en la Península Ibérica durante la Edad Media tardía. Esa forma de trazado, que delimita, mediante la red de calles paralelas, cuadriláteros edificados y que se conoce como esquema ajedrezado, se encuentra también en las colonizaciones del Mediodía francés y del este de Alemania.

Fundándose en las experiencias prácticas de la construcción y ampliación de ciudades, el gobierno español estableció tempranamente pautas para el trazado urbano en el Nuevo Mundo. En 1513 se le encomendó a Pedrarias Dávila que al fundar ciudades trazara simétricamente las calles y solares. El agrimensor Alonso García Bravo, que había llegado con Pedrarias Dávila, diseñó después, por encargo de Hernán Cortés, el esquema ajedrezado para la reconstrucción de la ciudad de México. Fue ésta la forma típica de los asentamientos urbanos españoles en América.

Las ordenanzas de Felipe II del 13 de julio de 1573 incluían las disposiciones legales sobre la construcción de ciudades en América, que fueron retomadas en el código colonial de 1680. Plazas, calles y solares debían ser trazados en línea recta, para lo cual había que comenzar con la delimitación de la plaza principal, o plaza mayor, y a partir de allí construir la red de calles.

El interés por conservar nuestro patrimonio cultural, se remonta a un pasado ” muy cercano”, poco después de declarada la independencia (1821), cuando surge la necesidad de crear la nacionalidad, es decir, el sentido de pertenencia a una tierra, y en este caso son los mestizos, producto de la fusión indígena y española, quienes deberán desarrollar este sentimiento.

De esta forma, empieza una producción de leyes, reglamentos, decretos, documentos y bibliografía sobre la riqueza cultural de México, que desembocarán en la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972, que es la vigente.

Una forma de fomentar la conciencia nacional tras la independencia fue la creación de museos. En 1825 se creó el primer Museo Nacional Mexicano en la Universidad, fundándose a la vez la Sociedad del Museo Mexicano. En 1835 se creó la Academia Nacional de Historia con la participación de todas las tendencias políticas. Su objetivo: ilustrar la historia de la nación, corrigiéndole los errores que hasta ese momento tenía.

No obstante, hacia mediados del siglo XIX las orientaciones políticas fueron determinantes para lo que actualmente se considera el patrimonio arquitectónico y urbano de la colonia. Las leyes de nacionalización de los bienes eclesiásticos que los liberales decretaron al tomar el poder hacia 1865, incidieron también en la conservación de monumentos.

La ley del 13 de julio de 1859, en su artículo 5º, se refería a la manera como los peritos debían hacer planos para dividir los edificios de las comunidades suprimidas, valuadas para proceder a su remate, disposición que a veces llevó consigo la destrucción por la apertura de calles para su mejor fraccionamiento, así como una modificación muy importante de las trazas de la ciudad colonial, lo que indica que, en esa época no todos los edificios coloniales eran considerados monumentos.

Es importante destacar el apoyo que brindó Maximiliano a la protección del patrimonio cultural de México, a través de disposiciones administrativas y exaltando la historia nacional con actos como el que realizó el 16 de septiembre de 1864 cuando mandó colocar en el edificio de Dolores en que habitó Don Miguel Hidalgo una inscripción, siendo el primer monumento histórico reconocido por el gobierno.

Hacia el último tercio del siglo XIX el régimen porfirista acentúo su apoyo al estudio de la arqueología, que había despertado el interés de viajeros extranjeros y los conocimientos derivados de nuevos descubrimientos arqueológicos. Apoyo que se prolongará hasta el final de su mandato a través de acuerdos y decretos tendientes a la preservación de los monumentos arquitectónicos.

La herencia colonial tuvo otra valoración, ya que representaba aquello contra lo que había luchado la nueva nación; sin embargo, algunos aspectos fueron valorados, como la pintura, así como edificios que llamaban la atención por su excelente factura. En cuanto a la vertiente popular de la arquitectura colonial, la constituyeron los poblados mestizos: Pátzcuaro, Taxco, San Angel ó Coyoacán, que se fijaron también como imagen de “lo típico”.

Con todo lo anterior se valoraron algunas manifestaciones de la cultura colonial y se elevaron a rango de patrimonio cultural, con un claro interés de conservarlas como testimonios. Este proceso se formalizó oficialmente con su inclusión en las leyes de 1930 y 1934 para su protección y conservación. La culminación de esta tendencia se produjo en 1939 al crearse el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Surgió así la ideología del mestizo como poseedor de la verdadera cultura nacional. De aquí la necesidad de conservar nuestro pasado, tanto prehispánico como colonial, del cual era exponente precisamente el mestizo.

En 1952 se crea la Secretaría de Bienes Nacionales, cuyas funciones cumple actualmente la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología; tenía como fin inventariar los bienes nacionales.

En el régimen de Luis Echeverría Álvarez se añadió el patrimonio del siglo XIX, es decir, el de la cultura del Estado Nacional, antecedente del contemporáneo; concretamente se trata de la Ley Federal del Patrimonio Nacional de la Nación, de 1970, y de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, de 1972.

En el ámbito internacional también se gestó un movimiento semejante. Algunas naciones decretaron leyes de protección para sus monumentos (ejemplo: Francia, 1911; España, 1926), y México en particular ha participado de manera activa en este movimiento: desde la fundación de la Unesco en 1945, sumándose a los esfuerzos internacionales para la Conservación de los Monumentos y Ciudades Históricas; en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Viajes Internacionales y Turismo celebrada en Roma en 1963; en la Reunión sobre Conservación y Utilización de Monumentos y Lugares de Interés Histórico y Artístico de 1967 en Quito; en el Coloquio Internacional sobre la Conservación, Preservación y Valoración de los Monumentos y Sitios en Función del Desarrollo del Turismo Cultural, reunido en Oxford en 1969; o en la Conferencia llevada a cabo en México en 1972, donde se abre una amplia gama de posibilidades para la sociedad civil a través del turismo cultural

A partir de 1950, el patrimonio cultural ha entrado en una nueva esfera, la del desarrollo económico a través del turismo, al reconocerse el atractivo que tiene para los visitantes la rica gama de testimonios de las diferentes etapas históricas y de las múltiples culturas regionales.

Como consecuencia de lo anterior, se produjo la creación por parte de la Secretaría de Turismo, en 1989, de los fondos mixtos de promoción, que son los mecanismos de participación conjunta en las que interviene el gobierno federal, el gobierno estatal, el gobierno municipal, así como los prestadores de servicios turísticos organizados a través de la misma Secretaría para impulsar el desarrollo de la actividad turística por medio de la publicidad, promoción y comercialización tanto en el mercado nacional como en el internacional. De los Fondos Mixtos existentes hasta el presente, está el destinado a las ciudades coloniales ( y sus centros históricos) que se denomina: Fondo Mixto Ciudades Coloniales y que engloba 44 ciudades de las más de 100 que se asentaron durante lo que se denomina época colonial. A manera de ejemplo de lo que se hace en cuestión de rehabilitación en los centros históricos en México, señalo algunas de estas ciudades en que se están realizando actuaciones de rehabilitación financiada por el fondo mixto. Esta relación, restringida, está formada por las ciudades de las que he lograda reunir información relativa a los valores históricos y monumentales. Conviene tener en cuenta que la Secretaría de Turismo, se ha limitado ha publicar la lista de las 44 ciudades que la componen, sin ninguna otra información complementaria.

Por lo anterior, en la actualidad, estoy realizando una investigación tanto documental como de campo, con vista a recabar todos los datos pertinentes que permitan una mejor percepción

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