Tratando de acabar con la tristeza…

Dándole en la… A LA TRISTEZA 

Lo más gracioso de las Confesiones, de Rousseau, no es lo que confesó, sino su inocente intención de ser honesto

El acto de escribir es un acto de voluntad hacia otros, pero también es el imposible acto de compartir la soledad.

Independientemente de mi intención de involucrar el acto de escribir y en el más o menos logrado intento de comunicarme, está la plena y autosuficiente soledad.

Tal vez alguien creyó que no fue amado, pero si no fue feliz, fue por amar como escritor a las  que no pudieron amarlo: amaban a otros o, simplemente, se bastaban a sí mismos y no se ocupaban de ellos. La rebeldía y la lucha de Simone –lo comprendo muy bien–, aunque no me atrae su manera de participar la visión del mundo. Yo me quedo con la obra que encierra sus alientos y su habla

Me quedo con lo que Tolstoi observó en la expresión de “viveza contenida” en el rostro de Ana (un “exceso de algo”) y la danza de Haisché, la muchacha del pueblo que venció la fuerza de Marko Kralievic y logró despertar su sonrisa.

Me quedo con las campanadas de nuestra campana, que repican que sabíamos escribir y hablar, que teníamos una poesía de gran aliento, que teníamos un oído, el cual, al parecer, ya no tengo

Fíjense bien, aprehendan fuertemente con el oído la cadena de las palabras de Njegos o de Laza, y cada palabra, como una antorchita, resplandecerá con su flama, y nuestra lengua, hermosa pero desatendida, nuestra lengua bastante desaliñada, resonará como una vez las campanadas de Pascua. 

El acto de escribir es un acto de voluntad hacia otros.

Las cartas, particularmente, expresan esta voluntad. Consciente de que perturbo su curiosidad, paz o soledad al imponerle la lectura de mis reflexiones, decidí no ocultarme en la pretensión de un escritor de ensayos: la verdad es que lo hago para usted, para comunicarme.

Verá, mi carta puede parecerle confesional o subjetiva. No se incomode  

J F Z

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