“Fiesta de Las Almas” en Chiapas

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Indígenas de los Altos de Chiapas,

listos para celebrar hoy la

“fiesta de las almas” 

Elio Henríquez  

 

La Jornada   

Quince días antes de cada 1º de noviembre los pobladores limpian patios, caminos y veredas y aderezan carne ahumada de res para ofrecerla a vivos y muertos, afirma investigador tzotzil 

La comunidad indígena del El Romerillo, municipio de San Juan Chamula, Chiapas, es un atractivo turístico en esta temporada por la forma en que se celebra el Día de Muertos.  

Uno de los referentes son las cruces de madera que, según la tradición, protegen las almas de los difuntos, y sirven para delimitar el área que pertenece a cada pueblo indígena  

Según la creencia de los indígenas tzotziles de la comunidad El Romerillo, municipio de San Juan Chamula, las almas de los difuntos llegan caminando a visitar a sus familiares cada primero de noviembre, por lo que 15 días antes los parientes se organizan y limpian caminos, veredas, patios y alrededores para que “no se pierdan, no se tropiecen al llegar”. 

Con tiempo de sobra, las comunidades indígenas de los Altos de Chiapas concluyeron esos preparativos para celebrar este sábado la “fiesta de las almas”. 

No faltó la matanza de reses para que a nadie le falte la carne ahumada que se ofrendará a los seres queridos: vivos y muertos, comenta el investigador tzotzil José Alfredo López Jiménez. 

Originario de El Romerillo, el especialista señala que en esa comunidad la celebración del Día de Muertos tiene un significado especial, incluso en algunas guías turísticas se anuncia como un punto atractivo para visitarlo en estas fechas. 

En su panteón, centro ceremonial construido en un pequeño cerro, donde son sepultados habitantes del lugar y de comunidades aledañas, incluidas algunas del municipio de San Cristóbal de las Casas, se distinguen 22 grandes cruces de madera de unos nueve metros de alto. Cada comunidad que entierra a sus muertos ahí tiene su propia cruz para delimitar el área que le pertenece. 

López Jiménez afirma que de acuerdo con la leyenda, el pan-teón de El Romerillo era una pequeña montaña, donde había muchos monos araña y otros animales, y cuando quisieron parar las cruces que “sirven para proteger a las almas”, éstas caían una y otra vez. “Entonces, un grupo de ancianos sugirió que se hiciera una ceremonia, se disfrazaran de monos y bailaran acompañados con música tradicional y cantos dedicados a los dioses del cielo y de la tierra. Sólo así fue posible mantener paradas las cruces”. 

Desde entonces se conserva esa tradición del baile de los mashes (monos), indígenas disfrazados con una vestimenta peculiar (pantalones de gamuza y muchos listones), lentes oscuros y un gorro cónico, tocan música tradicional con guitarras, arpas y acordeones y bailan y cantan. Estas costumbres han permitido que las cruces permanezcan en pie y la gente se concentre cada primero de noviembre a festejar. 

En Tenejapa, entierros en casa 

A diferencia de El Romerillo y del resto del país, que celebra a sus difuntos en los panteones, en la mayoría de comunidades del municipio tzeltal de Tenejapa, el Día de Muertos se festeja en las casas porque, según la tradición, los fallecidos son enterrados dentro de éstas y no en cementerios. 

Esa costumbre, dice Xuno López, coordinador del área de medios del Centro Estatal de Literatura, Artes y Lenguas Indígenas (CELALI), “quita a la familia el peso de sentir en el corazón que se perdió a alguien físicamente por que al enterrarlo dentro de la vivienda está con uno”. 

En cambio, agrega, “enterrar al difunto afuera de la casa se le maltrata a él y a su espíritu porque se moja y es una falta de respeto hacia la persona que se muere. Es parte de la familia y por ello se queda en la misma casa, aunque haya muerto”. 

Otra costumbre que prevalece en localidades de Tenejapa, señala, es sepultar envueltas en petate, y no en ataúdes, a las personas fallecidas. “Los grandes gobernantes, por ejemplo, se sentaban en petates y tal vez porque quedan esas nociones y esa simbología dentro de la cultura, las personas se prefieren ir envueltas en ellos, con la idea quizá de que a lo mejor sólo están dormidas como lo hacen cada noche que se acuestan sobre el petate”, expresa. 

“En Tenejapa tenemos la costumbre de enterrar a nuestros muertos dentro de la casa; es una costumbre ancestral. Literalmente se convive con el muerto, aunque cada vez son menos las comunidades que lo hacen”, manifiesta López. 

Cuenta que sus abuelos paternos están enterrados en la cocina de su casa. “Antes en esa cocina había un fogón, abajo del cual estaba enterrada mi abuelita, pero al morir mi abuelo en 2001 movimos el fogón para sepultarlo junto a ella”. 

Relata que cuando falleció su abuelo Juan López, la familia se enfrentó al dilema de sepultarlo en petate, como es la costumbre, o en ataúd, como se estila en la mayor parte del país. “Su deseo era irse en petate, pero los nietos dijimos que se fuera en cajón y muchos no estuvieron de acuerdo”.

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