Las fiestas de febrero en Querétaro

 

 

La Tenanchita  

«Lleva como atuendo una túnica de cuello circular que, ceñida a la cintura, corre en ligerísimos pliegues hasta descansar, con suave movimiento, a los lados de los pies: se agrega un manto cuyos extremos, uno oculto y el otro visible, se juntan en el lado izquierdo de la cintura, cayendo el resto, en una onda sobre su rodilla derecha». 

«Es una talla entera de belleza singular, de mucho valor artístico considerando el estilo y materiales de la época de su realización». 

«Su frente espaciosa limpia hecha para lucir una corona; sus ojos con bondad y la misericordia plasmada en ellos; sus labios finos cerrados, pero prontos a abrirse como un capullo de rosa; el óvalo de su rostro y el hoyuelo de la barbilla denotando estirpe». 

«Muestra unos rasgos característicos de los naturales, en la forma ovalada, con mejillas y perfil bien delineados y delicados en su forma». 

«Sus ojos entreabiertos, labrados y pintados en color café claro, son el encanto singular del rostro». 

«Es también evidente a la vista el embarazo de Jesús en su seno virginal».  

El Culto Indígena a La Virgen de los Naturales 

Otontecutli, preside en Tlachco. Desde hace más de dos mil  años, la vida de este valle de Querétaro, donde los de Chupícuaro, después los teotihuacanos  y luego los toltecas, dejaron su civilización, en el centro ceremonial, conocido como El Cerrito, la gran pirámide, donde abundaron las estelas, las cornisas, las esculturas, la obsidiana, las conchas marinas,  los atlantes y los chacmooles. 

Huehueteotl y Amatecutli, Dios Padre y Madre, han cuidado de este lugar permanentemente y los hombres a cambio levantaron un alteptl, con sus propias manos, para de allí alcanzar los nueve cielos y tener un altar donde ofrecer los frutos de la tierra y de la guerra. 

Los dioses  encargaron a Cihuacóatl, la madre, que permaneciera en silencio junto a su pueblo, mientras ellos se reunían a discutir la forma de resistir al nuevo dios venido de lejos, el monte levantado por los hombres del lugar, se llenó de follaje, tratando de pasar inadvertido. 

En el sitio donde se encuentra la gran pirámide o el llamado Cerro Pelón, El Cerrito, existe un pueblo que antes de la invasión española se le nombraba Tlachco, luego se le llama, San Francisco Galileo y finalmente El Pueblito. 

Antes de la llegada del invasor europeo, durante la era post-clásica mesoamericana, ya recaía sobre sus habitantes, residentes inmemoriales del lugar la responsabilidad de permanecer como pueblo y como cultura. 

 Después de la invasión y hasta la fecha sigue siendo importante para sus habitantes originales, preservar las tradiciones, como son las fiestas de febrero, con los homenajes a la Tenanchita y las fiestas del Tascame o del pan blanco. 

La cultura de Chupícuaro, por el año 400 a. C., la teotihuacana, hacia el año 300 al 900 d.C.,  la tolteca, 850 al 1200 d.C., y  las culturas Purépecha y Otomí, contemporáneas  a la llegada de los invasores, le han dado a El Pueblito una continuidad de habitación de más de  dos mil años. 

Han tenido estas culturas, como común denominador, la veneración por la figura femenina, cuya deidad ha jugado un papel predominante en los pueblos mesoamericanos. 

La pirámide  allí  levantada, cercana a  la zona arqueológica de la Negreta, formaron un cruce de caminos, de intercambio entre Mesoamérica,  la Gran Chichimeca y la zona del Pacífico, creándose en este lugar un centro ceremonial de gran esplendor, alrededor del los años 800 a 1100 d.C. y que se encontraba en el siglo XlV en la frontera entre el pueblo azteca y el Purépecha. 

“Ignórase la fecha de su fundación en tiempos de la gentilidad, solo consta que esta población ya existía cuando Querétaro fue conquistado en 1531, por los caciques, Don Fernando De Tapia y Don Nicolás De San Luis de Montañés y que era un pueblo tributario del imperio Azteca”. Dicen. 

“A la parte norte y muy cerca de la población se yergue una pirámide monumental construída a mano por los idólatras aborígenes, a donde acudían a ofrecer sacrificios y a consultar sus oráculos”.  

Lo anterior lo dijo el canónigo Cesáreo Munguía, sobre El Pueblito y sus habitantes, añadiendo: “Son estos indígenas, profundamente religiosos”. Su decir apoya lo que los antropólogos han encontrado sobre el comportamiento de los habitantes del lugar y los arqueólogos  han descubierto vestigios monumentales de la zona.  

La pirámide monumental que allí se encuentra, muestra la importancia del territorio, y el asiento de dominio que sobre una extensa zona de la región se daba, debido a su fértil valle y a la sustentada actividad económica y social. 

Esta pirámide tuvo dos épocas de esplendor, una de ascendencia teotihuacana, por los siglos V, Vl, y Vll de la era cristiana y otra tolteca, por los siglos lX y X de la misma era. 

Este pueblo que durante la época prehispánica se le conoció como Tlachco, durante la colonia su nombre fue el de San Francisco Galileo y desde 1830 se le conoce como El Pueblito. 

Aquí se da un fenómeno especial con el culto o la religiosidad,  desde niño se aprende a conservar  «la costumbre» de rendir culto muy devocionalmente a la Virgen de los Naturales. 

Para esta población, el culto es de importancia decisiva, alguien dijo “por Ti principalmente es por quien Querétaro vale algo en presencia de los demás pueblos”.   

La cumbre y celebración de este rito es en el mes de febrero, coincidiendo esta fecha con el mes del calendario mesoamericano anthaxmé, en el que se celebran son las fiestas del tascame y de Xocotl Uetzi, tratando de acercarse a la pascua católica, como fue la costumbre durante «la conquista espiritual». 

“Los indígenas de San Francisco Galileo, permanecían fieles a sus creencias tradicionales, aún los que habían sido bautizados y asistían al catecismo, al santo sacrificio de la misa y otras prácticas cristianas. Subían a la pirámide, llamada el gran Cue a adorar a sus dioses. Esta mezcla de costumbres religiosas se hallaba fuertemente arraigada en la población…” 

“Los otomíes tenían tres sacerdotes, los cuales en algunos bosques espesos y desviados del pueblo, se juntaban de noche con sus discípulos y secuaces en tres jacales de paja o helechos, para celebrar las fiestas de los meses. Para estos días aderezaban las chozas, con juncia, ramos verdes, flores, ramilletes y esteras pintadas,  en medio ponían una mesilla que se cubría con paños de algodón, un bracero con brazas, dos vasos en que echaban su bebida, además incienso y el papel, hecho de esteras muy pintadas…”. Dice Esteban García. 

Fray Franciscano Sebastián Gallegos, realizó en los albores del siglo XVll una imagen de la Purísima Concepción, en pasta de caña, al puro estilo tarasco de Pátzcuaro y la obsequió al cura de Querétaro, fray Nicolás Zamora.  

Cuentan los que saben: “Había llegado ya en aquel año casi a lo sumo el desconsuelo de su cura, el venerable padre fray Nicolás Zamora por no encontrar el remedio eficaz a tan grave daño, cuando entró por la puerta el reverendo y virtuoso padre fray Sebastián Gallegos, hijo de la provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán y especialmente diestro en el arte de la escultura, con una imagen formada de su mano, de la Purísima Concepción de Nuestra Señora…”, cita de José Manuel Rodríguez, 1769. 

Fray Hermenegildo Vilaplana nos  cuenta: “Que por los años de 1632 aún se hallaba aquel partido del Pueblito en tan infeliz estado, que permanecían inflexibles a sus idolatrías, manantial lastimoso de supersticiones y muladar abominable de ídolos. Frecuentísimas eran allí las congregaciones de los indios, en un cerrito fabricado a mano, que aún hoy en día se conserva, a consultar sus oráculos y a tributar incienso al demonio, conservando por este medio el tirano imperio del príncipe de las tinieblas y estorbando la dilatación del reino de Jesucristo…”. 

“Veía con tristeza que El Pueblito de San Francisco Galileo, tenía más de idólatra que de cristiano y con todo y su apostólico celo no había logrado mayor fruto en esos indómitos otomíes, pues sí es verdad que tenían una capilla levantada por los religiosos, en honor a su santo patriarca San Francisco de Asís, pero tenían también, de tiempo atrás, un montecillo con una cueva, único templo de los otomíes, centro de sus cultos idolátricos…”. Nos narra Jesús García. 

“… Convergían al gran cue, por una calzada que los comunicaba con otros centros de población…”. 

“A este Santuario regional, la pirámide, acudían señores y caciques a legitimizar su poder. 

Los Otomíes y Tarascos llegaron los primeros con Conín y los segundos con el conquistador Hernán Pérez de Bocanegra. 

El Fraile Capuchino Francisco de Ajofrín en su visita a esta ciudad en 1764 señala la veneración que los naturales tienen a un ídolo en El Cerrito. Dibuja a pluma y tinta esta pirámide. 

Hacia 1777 por el cura de Querétaro, esta pirámide sufre una excavación de la que da testimonio el fraile  franciscano Fray Agustín Morfi señalando una serie de piezas escultóricas muy hermosas que fueron enviadas al arzobispado de México y su acompañante el ingeniero Carlos Duparquet dibuja las pirámides y algunas de las esculturas encontradas. 

La pirámide tiene cuatro reconstrucciones y hasta la fecha se han descubierto un altar llamados de los cráneos, una plaza llamada de Las esculturas, otra plaza llamada De La Danza, una plataforma hacia el oriente, enterramientos, cornizas, atlantes y muchas otras obras de arte, como almenas en forma de caracol, flechas cruzadas, motivos florales, frisos y enmarcamientos. que formaron parte de este centro ceremonial.   

Para el año de 1632 el cura doctrinero de Querétaro, Fray Nicolás Zamora, colocó en las proximidades del gran cue, la imagen de la Virgen, obsequio del fraile escultor Sebastián Gallegos,  logrando con este acto “la conversión” al catolicismo de los indios de San Francisco Galileo. 

Con la construcción de una ermita en las cercanías del centro ceremonial prehispánico, Cerro Pelón y el asentamiento de población alrededor de ella, se da comienzo el culto a La Virgen de los Naturales. 

El 18 de febrero de 1686, se funda la cofradía de indios, con la autorización del entonces Arzobispo de México, Francisco de Aguíar y Seijas. 

Esta organización social creada e ideada por los invasores españoles, les sirve a los indios para mantener cohesión y control sobre su cultura y permanencia. 

La imagen de la Virgen Madre, Cihuacóatl y el Tepostécatl, el hijo de una virgen, coherente con su cosmogonía, permanecieron al paso del gran cue, donde se levantó una ermita, que durante 82 años estuvo en ese mismo lugar, dándose entre tanto la sincretización o apropiación indígena de la imagen, su culto y su rito. 

En el año de 1714 fue trasladada a una ermita, levantada ex profeso en el panteón, donde duró 22 años expuesta a la veneración del pueblo, lugar escogido probablemente debido al gran culto mesoamericano a los antepasados y de gran ascendiente en la población natural, mientras se construía un templo, en el lugar donde se iniciara la veneración a la Virgen de los Naturales o del Pueblito. 

En el año de 1736, se inaugura el templo dedicado a la Virgen del Pueblito, en el mismo sitio de la primera ermita, en las cercanías de la pirámide tolteca, gracias a la promesa realizada por  el coronel y alférez real Pedro De Urtiaga, de construirlo a su costa y realizado por su hijo, José De Urtiaga, trasladándose la imagen a su santuario el 5 de febrero de ese año. 

“Los padres franciscanos aprovecharon esta oportunidad para tomar por completo control en el culto que se tributaba a la santísima señora, ya que los naturales tenían una gran injerencia en él, al considerar la imagen como algo propio”. 

“Para esto los frailes ofrecieron una réplica que fue aceptada con cierta resistencia, aunque posteriormente le tomaron un gran cariño”. 

Estas citas de Esteban López,  se unen  a los muchos testimonios que sobre los dos cultos o cultos paralelos, se han venido dando desde que los frailes tomaron control sobre la imagen de la Virgen del Pueblito, culto y control ampliados, por  la sociedad criolla y mestiza de la ciudad de Querétaro. 

Los indios retomaron «su costumbre» y siguieron sus tradiciones teniendo como objeto de su devoción «la nueva imagen», donde ellos pudieran tener dominio, de tal suerte que permanece, la Virgen de los Naturales, en la casa del presidente de la mayordomía en turno, quien a su vez le improvisa una capilla en su domicilio y se preparan las fiestas que celebrarán durante el año. 

En la “Relación de Querétaro”, de Hernando de Vargas dice refiriéndose a los indios del Pueblito: “Otras de sus fiestas principales era el inicio del año, correspondiente al mes de febrero de nuestro calendario. Por último tenían una fiesta principal que se llamaba del Tascame o del Pan Blanco, era muy antigua y de gran solemnidad, todos ofrecían en esta fiesta a la madre de los dioses, el diezmo de los frutos que cosechaban…”.  Este duplicado de la Virgen del Pueblito, es el que se conoce como la Virgen de los Naturales o Virgen de la Mayordomía o La Tenanchita (Tenanche quiere decir en purépecha, servidora del pueblo). 

Es probable que en esta época se pueda considerar la formación de La Corporación de la Mayordomía”. 

“También por esta época (1732), la Virgen de la Mayordomía comienza a recibir el culto de los naturales en forma independiente, con una mínima influencia de los padres franciscanos, por tanto, con una mezcla de muchas de sus antiguas costumbres”. 

Las citas anteriores que corresponden a Esteban López, han sido confirmadas por los indios del lugar, lamentándose de que a partir de la coronación pontificia de la Virgen del Pueblito en 1946, se admitió a la Corporación de la mayordomía a “gente de razón”, pero también señalan el triunfo obtenido, ya que la imagen ha recibido nuevamente  culto en la pirámide, después de trescientos años de no tenerlo a partir de 1939.   

El pueblo otomí, tenía varias fiestas principales, las fiestas ordinarias, eran cada veinte días, de acuerdo al calendario mesoamericano. Otra de sus fiestas importantes era la correspondiente al mes de febrero del calendario juliano y la del Tascame o fiesta del pan blanco, muy antigua y de gran solemnidad, dedicada a la Madre de los dioses o Madre Vieja. 

Las fiestas principales de los indios actuales del Pueblito, siguen siendo en el mes de febrero y tienen una gran solemnidad y trascendencia social. 

Los habitantes de Tlachco  o el Pueblito celebran la entrada de la primavera con toda la riqueza cultural de sus antepasados, es la fiesta de la Madre Vieja. 

En la actualidad, La Virgen del Pueblito, tiene  tres celebraciones; la más antigua y autóctona, es la que culmina el domingo llamado de carnaval; la litúrgica, que se realiza el sábado anterior al cuarto domingo de pascua y el 17 de octubre por el aniversario de su coronación pontificia, nos dice el fraile Eulalio Hernández en su “Síntesis histórica…”. 

Se inicia con la Velación, como toda fiesta importante entre el pueblo mesoamericano, es la noche de la purificación, donde las flores,  nube, hinojo, clavel y las velas,  más el sahumador, son los utensilios para “la limpia”. 

Se prepara una Paranda o mesa hexagonal, con figuras de azúcar y bulbos de orquídeas, simulando vasos de chocolate y rebanadas de fruta, melón, sandía, caña, que será entregada a la mayordomía entrante. Este es uno de los momentos importantes de la celebración. 

En las fiestas de febrero existe una ceremonia llamada Tratoli, consistente en llamar a la puerta, tres veces, por parte del mayordomo saliente al mayordomo entrante, lo sahúma, mientras la banda de música toca y los cohetes son lanzados al cielo. 

A la ceremonia de cambio de mayordomía se le conoce como La Remuda, donde se coloca sobre la cabeza de cada tenanche, un paliacate, un sombrero de azúcar y se le entrega un platón con figuras de dulce, son doce los tenanches que dejan el cargo y doce los que lo reciben. 

Para la preparación de la fiesta existe un día llamado “Paseo del buey”, donde dos bueyes adornados con verdura, zanahoria, coles, ajos, cebolla y tortillas de colores, son paseados por  el pueblo y después sacrificados para alimento de los festejados. 

Todas estas ceremonias narradas sucintamente, forman parte de otras muchas  ceremonias ya españolizadas o adheridas en los últimos tiempos, para celebrar las milenarias fiestas de febrero o del Pan Blanco o de la Madre de los dioses en el Pueblito. 

Estas fiestas ahora son dedicadas a la Virgen esculpida por un fraile franciscano y puesta en la pirámide por el cura de Querétaro y retomada como una devoción indígena sincrética, mientras los frailes propagaron en la ciudad la devoción castellana u occidental de la misma imagen llamada cariñosamente, La Virgen Del Pueblito. 

Pueden considerarse a las fiestas de El Pueblito o Tlachco, como síntesis de las manifestaciones culturales de la región, desarrolladas por la población local o grupos naturales de América