“La Capilla Nueva”

 

La Capilla Nueva 

1683 

El Santo Cristo permaneció expuesto al culto por largos años en la cueva de la aparición, que acaeció en 1539.  

Transcurrido más de un siglo y en atención a que la cueva resultaba insuficiente para contener a los ya numerosos devotos, y porque presentaba dificultades para que ascendieran hasta ellas personas ancianas y enfermas y además, queriendo que la Sagrada Imagen estuviera en lugar más digno se empezó a construir la iglesia, por iniciativa de Fr. Diego Velásquez de la Cadena, en un lugar más debajo de las cuevas y se terminó en el año de 1683.  

A lo que cuenta el relato: En el Año de mil seiscientos ochenta y dos, en la pascua de Navidad, se armó el colateral en la Capilla de abajo.  

El día de santo Thomás Canturiénse se bajó el Cristo y se expuso en el colateral, el cual dió Nicolás de Arteaga.  

El siete de febrero del ochenta y tres se dedicó la capilla en que están tres altares; el del Sto. Cristo, el de Jesús de Nazareno y el de Ntra. Sra. De la Soledad y en la Sacristía el de Ntra. Sra. De Guadalupe adornada, con algunas pinturas.  

La primitiva iglesia fue de dimensiones modestas, Fr. Juan de S. José que tenia el cuidado del Señor por este tiempo al referirse a ellas, la llama siempre “la capilla nueva”.  

EL SANTUARIO EN 1729 

Años más tarde, “desde el coro hasta el cimborio se abrió una grave cuarteadura en la iglesia, otra más que separaba la iglesia de la torre que amenaza ruina”.  

Esto y tal vez nuevamente la insuficiencia del local para contener el número considerable de peregrinos que día a día iba en aumento, fue lo que determino a  Fr. Juan de Magallanes, “a ampliar y fabricar de nuevo la iglesia y su principal retablo” obra que se llevó a cabo durante su gobierno en este Convento, que se extendió del año 1721 al mes de abril de 1729.  

En su segundo periodo en febrero de 1746 realizó los colaterales de San Nicolás de Tolentino y el Ntra. Sr. De Guadalupe.  

A principios de su tercer periodo en septiembre de 1750 amplió el presbiterio, lo doró y pintó. En enero de 1751, abrió una capilla dedicada a Ntra. Sra. De la Soledad. El 19 de mayo de 1756 comenzó la obra de la sacristía y la concluyó el 9 de agosto de 1758.  

Por otra parte en un cuadro que se instaló en la sacristía en el año 1809, y que representa la traslación del Señor de la cueva de la parición a la nueva iglesia, hecho que tuvo efecto en 1683, se ve que el pintor a falta de datos que le ayudarán a reconstruir la primitiva iglesia, copió la que existía al tiempo de pintar el cuadro, que, salvo algunas modificaciones es idéntica a la actual.  

En el altar mayor había en él un retablo dorado. El nicho del Señor tenía en el interior, el respaldo de vidrios grandes azogados, cristales por el frente y cada uno de los lados; cuatro columnas lo amarraban y sobre ellas ibán ángeles; marco de la plata.la cruz original, de madera blanca, se había forrado de ébano o tapizerán y así mismo la peana; los tres clavos, títulos y contoneras eran de plata.  

A los lados del nicho principal había otros dos con Ntra. Sra. de los Dolores y el discípulo San Juan, sobre el nicho del Señor había otro que ocupaba una escultura de Ntro. P. S. Agustín y al pie del mismo nicho había una imagen de N Sra. De Guadalupe “pintada en lámina de más de tres cuartas de alto con su marco copete, valcarras de plata labrada “. 

El barandal del presbiterio era todo de plata.  

La plata sirvió para ayudar a las iglesias pobres de la provincia; pero sirvió en su mayor parte, para ayudar a las diversas causas que se han esgrimido en los penosos sucesos por los que ha tenido que atravesar nuestra Patria.  

El santo nicho de un niño de dos tercias que tiene en su mano una cruz pequeña de plata con piedras bohemias… el nicho es de cuatro vistas con vidrieras finas, doce arbotantes con sus cañones de hojalata y por remate tiene una imagen del Sr. San Miguel Arcángel de escultura estofada. 

EL SANTUARIO EN 1810  

El P. Joaquín Sardo, en 1810 nos describe el aspecto de la iglesia: 

 “su frontera la forma una vistosa portada de cuatro gruesas columnas que sustentadas en sus correspondientes bases, en uno y otro lado de la iglesia, suben al altar de la misma puerta a sustentar una almenilla que atraviesa de columna a columna, sirviendo de asiento a un medallón de cantería con la imagen del Divino Crucificado”.  

SANTUARIO DEDE 1813 HASTA NUESTROS DIAS 

En mayo de 1810, el mismo Fr. Joaquín Sardo, se dirigió al Sr. Arzobispo de México pidiendo permiso para trasladar la Sagrada Imagen a una capilla provisional porque urgía componer las bóvedas y la fábrica de la Iglesia.  

Era necesario para la debida veneración de dicha Imagen y Consuelo Espiritual de los peregrinos que le visitan colocándose al mismo tiempo un Sagrario donde pueda estar colocado Ntro. Dios y Señor Sacramentado y se ejecuten en dicho lugar los Sagrados Oficios.  

Obtenida la licencia se procedió de inmediato a la construcción de la capilla, quedando ésta concluida en septiembre de 1810.  

“Se construyo en la loma del camino real, poniéndole a dicha capilla dos nuevas viviendas a más de las que tenia en su corredor para los Padres que allí debían habitar, la obra del templo era tan indispensable; pues cada día se aproximaba a ruina y es el lugar más a propósito para que se traslade a la Sagrada Imagen 

Hoy en día existe la devoción de visitar el Santuario de Chalma y la Cueva de la Aparición, que fue en el año de 1814.  

El ambiente tranquilo y quieto ha cobrado inusitada actividad. Santuario y Convento parecen una gran colmena donde todos trabajan con esmero para disponerle al Señor un regio alcázar.  

Poco a poco se fueron formando hacinamientos la cantera y la cal y la arena y las manos toscas de nuestros indígenas, bajo sabia dirección, fueron plasmando en la piedra, con exquisita sensibilidad, el arte incomparable que nos legarán Grecia y Roma.  

El entusiasmo cundió por toda la comarca; los vecinos de Malinalco, Palpan, Chalmita, Ocuilan, Coatepec y de Atlapulco aportaban no sólo dinero sino también los materiales y su mismo trabajo.  

Fue un entusiasmo que no decayó a través de los 17 años que duró la obra. Esta obra que inicio el P. Joaquín Sardo. La continuó el P. Guillermo Córdova; pero casi ella se realizó en el gobierno del P. Vicente Peralta.  

En este Santuario como en muchas otras iglesias de la época, los superiores retiraron los retablos dorados y adoptaron el estilo neoclásico para ir con el gusto del tiempo y es precisamente este estilo el que domina en el interior del Santuario.  

El ornato del altar mayor es sencillo esta revestido de cierta elegancia, cuatro columnas que sostienen un frontón y en el centro un ciprés en el que está el camarín del Señor.  

Las columnas son estriadas con capitales corintios.  

El frontón tiene las cornisas orladas de dentellones y el tímpano liso.  

En el espacio que hay en el frontón a la bóveda existe un medallón con la Santísima Virgen de Guadalupe, adornado a los lados con guirnaldas y un par de jarrones.     

El Santuario a lo lejos 

En el fondo de la barranca, oprimido por los acantilados que se levantan a ambos lados como enormes paredes, está el Santuario, que precedido de un amplio atrio, resguardado al oriente por dos grandes cuerpos de hospederías y circuncidado por el río hacia el poniente.  

Su portada es sobria. 

Dos gigantescas columnas asentadas sobre enormes pedestales, que rematan en una artística galería con balaustrada.  

Debajo de la plataforma de esta galería, corre un gran friso dórico.  

En el intercolumpio asoma el balcón del coro 

Sus torres son de mediana altura y de sencillo ornato.  

Constituyen su adorno las ménsulas que sostienen los balcones del campanario; el relieve de los arcos que éste tiene; las pilastras que enmarcan estos arcos, y las molduras de dos cornisas, doce jarrones que circundan los remates y que están colocados en distintos planos; dos grandes globos que coronan dichos remates y sendas de cruces que se levantan sobre ellos.  

En los cuerpos de las torres, existen actualmente las instalaciones de un reloj mecánico y otro electrónico, cuyo sonido tiene efecto de carrillón y entona un himno eucarístico.  

La cúpula es de forma peraltada y excede en altura a las torres. Es un alarde de la arquitectura, pues a pesar de la difícil realización que ésta forma presenta, se advierte una precisión matemática.   

 

La Cueva 

A unos cuantos pasos del Santuario, en la parte posterior de las hospederías de donde se llega por 91 gradas, como a 25 metros de altura, en la pared oriente de la barranca, hay una cueva que la tradición ha conservado como la que sirvió a los naturales de la región para sus cultos idolátricos, y** la que más tarde de la santificó Cristo con la aparición de su bendita Imagen.   

El Cementerio 

En el camino que va de la Sacristía al Convento se abre la reja que da acceso al cementerio de los Religiosos. Es éste una capilla de 11 metros, de largo, por 5 de ancho y 5 de alto, que se encuentra debajo del Presbiterio y parte del piso del templo, a manera de cripta. Se baja a él por un pasillo estrecho y abovedado con aspecto de túnel y por una escalinata de 30 escalones. 

En su piso hicierón 26 fosas, dos de ellas en el presbiterio de la capilla. Antes de entrar de lleno a su descripción, hago un breve paréntesis para bendecir la memoria del P. Mtro. Y Dr. Fr. Diego Velásquez de la Cadena, que tuvo el feliz acierto de que la sombra del Sto. Cristo cobijara el sueño eterno de los Religiosos que tuvierón la suerte de morir en esta casa, ya que a El le habían consagrado sus vidas y sus servicios, y a su amparo habían vivido siempre. Fue, pues, dicho Padre quien dispuso y costeó su fábrica, según nota que aparece en el fol. 60 del 1er. Lib. De Inventario: 

La mesa del altar era de madera fina con frontal de plata donde se combinaban el color natural de la plata y el sobredorado.  

En cada extremo de la mesa había dos nichos pequeños con sus vidrieras, dentro de los cuales estaban dos urnas que contenían reliquias de santos, entre ellas los cráneos de S. Fructuoso y S. Fidel mártires. En el nicho principal, al centro, estaba una escultura del Señor de las Tres Caídas, y a sus lados había nichos más con las esculturas de N.P.S. Agustín y de Sto. Tomás de Villanueva.  

La puerta del Sagrario era una vidriera azogada y adornada con veintitrés relicarios de marfil: veintidós redondos con la Pasión, y uno cuadrado en medio con la Cena.  

El altar actual es de estilo neo-clásico, como que fue construido al tiempo que se construía el altar mayor que adorna la iglesia, según reza la “memoria”, y sigue en gran parte las mismas líneas de éste es todo de cantera.  

Las reliquias han desaparecido en su totalidad. Quedan únicamente los huecos en donde estuvierón colocadas.  

Las paredes están casi desnudas, pues de todos los cuadros que antiguamente las tapizaban sólo quedan los ya dichos del apostolado y del patrimonio de San José. 

El Convento 

El Señor quedó expuesto al culto en la misma cueva de su aparición, y los primeros en establecerse para cuidar fuerón los ermitaños Fr. Bartolomé de Jesús María y Fr. Juan de S. José, quienes, según el P. Sardo, en un corto tramo, artificiosamente dispuesto, improvisarón dos pequeñas celdas con techos de texamanil para vivir. A éstas más tarde se les llamaba el Conventillo o el Convento Viejo, y los Superiores procurarón conservarlas por mucho tiempo, para memoria. Actualmente es muy difícil precisar el lugar sobre el que se levantaron dichas celdas. Fue el M.R.P. Mtro. Y Dr. Fr. Diego Velásquez de la Cadena, Rector del Colegio de S. Pablo, Doctor y Catedrático de Sagrada Teología en la Real Universidad de México,l dos veces de esta Provincia, el que se empeñó en fundar el Convento y la primera iglesia, y desplegó toda la fuerza de su celo para recabar fondos que sirviesen para realizar tan noble, pero tan arduo propósito. En su primera visita como Vicario Provincial, concibió ese deseo que sin duda puso inmediatamente en práctica, dejando la iglesia dispuesta para recibir al Santo cristo, y el Convento, para recibir a la primera verdadera Comunidad, en el año de 1683. El Convento contaba con las siguientes características:  

· Capilla de la Portería  

· Pórtico · Claustros · La Hacienda · Mesón y Tienda · Molino  

 El Convento en la actualidad 

El Convento tiene una fisonomía muy propia, que lo hace distinto a los demás de la época, pues no guarda ninguna simetría. Toda su construcción es irregular, ya que se fue construyendo conforme lo permitía el terreno. En su interior abundan los pasillos estrechos con escasa luz natural los recodos, las diagonales, los patios y las puertas, de modo que resulta un verdadero laberinto en el que se pierden y desorientan con facilidad las personas que se aventuran por primera vez por él. El Convento presenta en general tres plantas. El rectángulo de sus claustros es de dimensiones modestas, y las arcadas tan sencillas, que no ofrecen nada monumental. En la planta baja está la portería, la entrada a la Sacristía y el refectorio primitivo. En el patio central, donde antiguamente estuvo una Cruz ya descrita, hay ahora una fuente de escaso mérito.   

De esta planta se asciende a la segunda por una amplia escalera de dos tramos. En esta planta está el despacho, la celda prioral, la sala capitular y cuatro celdas más, una de ellas destinada para recibir a los Prelados, a los Superiores y bienhechores insignes, y además está también la biblioteca. 

En todas las puertas hay leyendas latinas que encierran una admonición o un pensamiento saludable. Los arcos de esta planta están cegados y se abren, en cada uno de ellos, pequeñas ventanas que en su exterior tienen como adorno colgaduras triunfales con motivos ornamentales de sabor mudéjar. Este claustro está adornado con 20 lienzos sobre la Pasión del Señor. Los primeros están firmados por Juan Rodríguez Juárez. En la planta alta, hay nueve celdas que el P. García Figueroa construyó y destinó al noviciado, y una porción de terreno destinada a jardín. En esta planta abundan los cuadros pequeños con diversos motivos, entre ellos, una serie acerca de las obras de misericordia. Se completa el Convento con el ala de dos pisos de la antigua cocina, caballerizas, etc., y una huerta, no muy grande, curiosamente distribuida entre la montaña y el río. Los que van a Chalma no pueden apartar de sus mente dos cosas: la visión del Cristo dolorido y sangrante y la canción eterna del río.

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