Un cuento breve desde Villahermosa

Miss Taylor y el poeta

Arnulfo estaba desesperado, no sabía qué hacer, porque nunca había hecho nada. Se lamentaba de su soledad, le aterraba enfrentarse solo a la vida.

Foto: El Heraldo de Tabasco

Cuento breve

El Heraldo de Tabasco

David Sánchez May

Miss Taylor recoge el periódico que un muchacho llamado Rubén deja todos los días bajo la puerta. Para el poeta Arnulfo, encontrarla fue una bendición del cielo, después de tantas tribulaciones y desgracias. Sin ella no hubiera podido sobrevivir. Dedicado desde joven a la lectura de los clásicos, de la generación perdida y sobre todo la generación del 27; disciplinado a escribir todas las noches un poema y un cuento; frecuentador asiduo de tertulias literarias, no tenía en la cabeza otro pensamiento que no fuera el de llegar a ser un escritor de culto. A los treinta se casó con Margaret S., quien murió al año siguiente, el mismo día que trajo al mundo a una niña. Arnulfo pensó abandonarla en las puertas de un convento y luego suicidarse arrojándose desde un edificio de veinte pisos. Tal vez lo hubiera hecho; pero Miss Taylor apareció ese día, solicitando trabajo y encontró a la niña llorando, con los pañales sucios y el cuerpecito lleno de salpullido. A sus 80 años aún recordaba las palabras del poeta: «Dios mío, por fin una mujer». Desde aquel momento ella se encargó de las labores domésticas, de la niña y hasta del mismo Arnulfo, que si no fuera por su calidad de escritor, hubiera sido un completo inútil. Miss Taylor aprendió el español en los años cincuenta cuando viajó a la ciudad de México en busca de trabajo. En casa de Arnulfo, después de que Margaret (hija) huyera con un argentino a los quince años, sin muchas cosas por hacer, se acostumbró a leer los libros que guardaba el escritor en una biblioteca colosal.

-Aquí está su periódico -dijo miss Taylor-.

Arnulfo hecho un ovillo en medio de la cama y cubierto con su sábana azul, abre el ojo izquierdo, el menos afectado por la catarata, y pregunta:

-¿Quién ganó el Nobel de Literatura?

Miss Taylor sabe que sólo le interesa la sección de cultura y los crucigramas que resuelve en las tardes para no aburrirse. Abre el periódico con calma, sus pequeños ojos azules buscan la información; lee algunos títulos en voz alta -ya la vista empieza a fallarle-, en lugar de leer «el amor, las mujeres y la vida», pronuncia el amor, las mujeres y la viuda. El viejo Arnulfo ríe, pero Miss Taylor lo ignora.

-¿Quién ganó el Nobel? -repite el poeta con la esperanza de escuchar su nombre-.

-Muere Benedetti -lee Miss Taylor sin responder a la pregunta de Arnulfo-.

-¿Mario Benedetti? ¿El gran Benedetti?

-Muere…

-Está bien, está bien, deja el periódico en cualquier lado -la interrumpe. Luego se cubre con la sábana y habla solo-. Benedetti, mi amigo, quién iba a imaginarlo. Esta noche escribiré un poema para él. Se merece todos mis respetos. Pero cómo es posible, si la última vez que lo vi… santo dios, eso ya para veinte años, cómo pasa el tiempo.

-Sabes cuándo regresará Margaret -pregunta Arnulfo sin

descubrirse, pero Miss Taylor ya ha abandonado la habitación-. Oh Benedetti, sólo nos has dejado tu sonrisa y tus poemas.

Miss Taylor prepara el almuerzo, luego se da una ducha. Más tarde, se dirige a la biblioteca y elige el libro de la Odisea, de Homero, que le ha recomendado el poeta. Lee las primeras páginas, pero no entiende nada. De un tiempo para acá la edad le ha pasado factura (escucha voces lejanas, gritos y susurros. A veces siente que alguien la está mirando. Ha visto sombras en la habitación de la difunta Margaret). Deja el libro y busca otro, camina encorvada perdiéndose entre los cerros de libros que no alcanzaron un lugar en los estantes. En una esquina se detiene y con el dedo índice de la mano derecha va guiando la vista para leer los títulos, alza la cara para ver los libros que llegan casi hasta el techo, ve «Tierra de poderosos», el único ejemplar que no ha leído de los que escribió el poeta, y por el cual lo mantuvieron en ostracismo público mucho tiempo.

Se sube sobre una caja con libros, intenta alcanzar su objetivo, sólo le hacen falta unos centímetros. Se estira, pero cuando cree tener el libro en las manos, siente que los huesos de sus pies se quiebran, grita de dolor y se estrella frente a la columna de libros. «Tierra de poderosos» cae en su cabeza, luego otros libros terminan de sepultarla. Un reguero de polvo se levanta y sólo queda un olor indescriptible enrareciendo el escaso aire de la biblioteca.

En la noche Arnulfo siente un dolor en el estómago y ganas de vomitar. Se levanta de la cama y va en busca de la señorita Taylor (como él prefiere llamarla) que en toda la tarde no se apareció. Es extraño, pero nunca se había sentido tan solo desde la muerte de su esposa y la fuga de su hija. Se acostumbró a la presencia de Miss Taylor que al no verla en casi todo el día experimentó una terrible angustia. Fue a la biblioteca, a veces la encontraba durmiendo con un libro en las manos, a punto de caerse de la silla. Esta vez no fue fácil encontrarla, sin embargo cuando vio los zapatitos chinos que sobresalían debajo de un montón de libros empolvados y carcomidos por la polilla, supo que la búsqueda había terminado. Llevó a la señorita Taylor a su cama, no a la cama de ella, sino a la de él. Su rostro arrugado, con cardenales en la frente y manchas de sangre en la nariz le daban un aspecto terrorífico. Arnulfo estaba desesperado, no sabía qué hacer, porque nunca había hecho nada. Se lamentaba de su soledad, le aterraba enfrentarse solo a la vida. Por su mente pasaban muchas ideas descabelladas, una de estas era suicidarse. Buscó un cuchillo y se tendió junto a ella, cerró los ojos y pensó: «la vida de un verdadero escritor siempre es trágica». De un tajo se abrió una herida mortal en la mano izquierda.

-¡Que dios se apiade de ti! -dijo el poeta-.

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