Una vida: La de Edgar Alan Poe

Poe, el visionario

Edgar Allan Poe.

Diario de Querétaro

Ticho García

Este 2009 se cumplen 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe y 160 años de su fallecimiento (Boston, 1809 / Baltimore, 1849). Este autor bicentenario, quien gozó de una breve vida entre los mortales, pero que ha trascendido a la inmortalidad en el plano literario, es uno de los escritores que mayor huella han dejado en la literatura universal, y su influencia ha prevalecido en los siglos XIX, XX y lo que va del XXI.

Poe es reconocido como el padre de la literatura de terror, gracias a una serie de relatos escalofriantes como El gato negro, El corazón delator, El pozo y el péndulo o La caída de la casa Usher. También es el iniciador de la literatura policiaca con títulos como La carta robada, Los crímenes de la calle Morgue, o el misterio de Marie Rogét. En estos cuentos Poe introduce la figura del detective, encarnado por Auguste Dupin, antes incluso de que el término «detective» fuera conocido, y que más adelante inspiraría al Sherlock Holmes de Conan Doyle y a toda la saga de detectives literarios que siguen apareciendo por todo el mundo. Poe también cultivó la poesía (El cuervo es su poema más memorable) y la literatura de aventuras con obras como El escarabajo de oro y su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym.

Pero quizá pocos sepan que Poe también es el padre de otro género literario: el de la anticipación científica o ciencia ficción.

La anticipación científica en Edgar Allan Poe

En el cuento La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, Edgar Allan Poe describe por primera vez, en 1835, un viaje tripulado a la luna. Y lo hace 30 años antes de que Julio Verne publicara su célebre novela De la Tierra a la Luna.

En su cuento, Poe relata las peripecias de Hans Pfaall, un holandés fabricante de fuelles que despega de Rotterdam a bordo de un globo aerostático acondicionado para poder respirar fuera de la atmósfera. En la canastilla instala sus instrumentos de vuelo: un telescopio, un barómetro, un termómetro, un electrómetro, una brújula, un compás, un cronómetro, una campana, una bocina y un aparato para condensar la atmósfera terrestre. El relato anticipa los vuelos espaciales. Durante su trayecto a la luna, el protagonista logra ver nuestro planeta desde el espacio y no duda en describirlo: «El globo había alcanzado una inmensa altitud y la convexidad de la Tierra podía verse con toda claridad. Por debajo de mí, en el océano, había un grupo de pequeñas manchas negras, indudablemente islas. Por encima, el cielo era de un negro azabache y se veían brillar las estrellas. Muy lejos, hacia el norte, percibí una línea muy fina, blanca y sumamente brillante, en el borde mismo del horizonte, y no vacilé en suponer que se trataba del borde austral de los hielos del mar polar». Hans Pfaall logra llegar a la luna y convive con unos amistosos pero espantosos selenitas durante cinco años.

De acuerdo con Julio Cortázar, considerado el mejor traductor de la obra de Poe al idioma español, en el cuento de Hans Pfaall, Poe intenta darle cierta verosimilitud al relato mediante la aplicación de principios científicos (hasta donde la caprichosa naturaleza del tema lo permite) a un verdadero viaje de la Tierra a la luna.

En 1837, Poe publica El hombre que se gastó, en el que, además de irradiar un finísimo sentido del humor, anticipa por más de siglo y medio el advenimiento de la Biomecatrónica, esto es, la adaptación de prótesis robóticas al sistema nervioso central. El protagonista es el brigadier general honorario John A. B. C. Smith, quien había combatido en la campaña contra los Cocos y los Kickapoos. Como consecuencia de esos combates, el general había sido reducido a un auténtico bulto. Sin embargo, todos los días, su negro sirviente Pompeyo le colocaba las piernas, los brazos, el pecho, los hombros, la peluca, un ojo, los dientes, la lengua y el paladar, para convertirlo en un apuesto militar.

Cortázar dice que Poe utiliza elementos científicos sin admirarlos ni creer en el progreso mecánico en sí. Quién sabe. Por una parte tiene razón. Esta suspicacia de Poe ante los frutos de la tecnología está presente en su relato titulado El jugador de ajedrez de Maelzel, escrito en 1835, acerca de una máquina que era capaz de jugar al ajedrez. Esta máquina existió realmente, y se trata de la construida en 1769 por el Barón Wilhelm von Kempelen que fue exhibida en los siglos XVIII y XIX en ferias y teatros de París, Viena, Londres y Nueva York. Edgar Allan Poe presenció una demostración del funcionamiento de esta máquina y escribió el relato para demostrar que la máquina era un fraude. La obra de Poe es un intento de desvelar esa farsa.

Analiza pormenorizadamente los movimientos de Maelzel mientras enseña el interior del autómata al público, intenta entender cómo funcionan los mecanismos que dotan de movimiento al muñeco y concluye que dentro hay un jugador escondido. Así describe Poe el propósito de su análisis:

«Probablemente ninguna exhibición ha provocado un interés tan grande como la del Jugador de Ajedrez de Maelzel. Dondequiera que lo han presentado ha sido objeto de la más intensa curiosidad por parte de las personas reflexivas. Y sin embargo la cuestión de su modus operandi sigue siendo desconocida. Nada se ha escrito sobre el tema que pueda considerarse como definitivo; y por eso encontramos en todas partes personas de gran talento para la mecánica, y de entendimiento tan comprensivo como agudo, que no vacilan en declarar que el Autómata es una máquina, cuyos movimientos nada tienen que ver con la intervención humana, por lo cual puede considerárselo la más asombrosa invención de la humanidad. Y así lo sería, en caso de que aquéllos acertaran en sus suposiciones». Como quiera que sea, a pesar de su escepticismo, la portentosa mente analítica y deductiva de Poe va delineando algunos principios de robótica y computación a lo largo de su relato.

Eureka

Un día de 1848, Edgar Allan Poe visita a su editor, el señor Putnam. Está nervioso. Lleva consigo el que probablemente sea el libro más perturbador que ha escrito. Poe está convencido de que se trata de un libro revolucionario, superior a todas las conjeturas cosmogónicas pasadas y presentes. De hecho, Poe le comenta a Putnam que la publicación que le viene a proponer es de un interés fundamental. Le dice que el descubrimiento de la gravitación por Newton resultaba una mera fruslería comparado con los descubrimientos revelados en su libro. Que provocaría inmediatamente un interés tan universal e intenso, que el editor haría bien en abandonar todos sus restantes intereses y hacer de la obra el negocio de su vida. Que bastaría para empezar una edición de cincuenta mil ejemplares, pero que sería apenas suficiente. Que ningún acontecimiento científico de la historia mundial se acercaba en importancia a las consecuencias que tendría la obra.

La obra que Poe le lleva a Putnam es Eureka, un extenso ensayo cosmológico y filosófico «sobre el universo material y espiritual», que el autor ha subtitulado como «poema en prosa». No se trata de ninguna obra de ficción. Al menos para Poe no se trata de eso, sino de un escrito serio, capaz de revolucionar la física y la metafísica.

Al parecer, Eureka fue escrita de un tirón, aunque probablemente Poe lo estuvo cocinando durante mucho tiempo, quizá desde su juventud, cuando su creciente obsesión por la astronomía le hacía devorar a cualquier autor que tratara el tema, como Newton, Kepler y Laplace, entre otros. Para Cortázar, Poe habría escrito esta obra en la medida en que su sagacidad y lucidez intelectual funcionan en el vacío, orgullosamente seguras de descubrir por sí solas las verdades últimas, con un mínimo de datos físicos y corroboraciones científicas.

Algunos postulados que Poe despliega en Eureka son los siguientes: Puesto que nada fue, en consecuencia todas las cosas son?. La gravedad no es sino el modo según el cual se manifiesta la tendencia de todas las cosas a retornar a su unidad original; no es sino la reacción del primer Acto Divino?. El universo de los astros (a diferencia del universo espacial) es limitado?. La materia, al surgir de la unidad, surgió de la nada, esto es, fue creada?. Todo retornará a la Nada, al retornar a la unidad?.

Eureka resultó ininteligible para la mentalidad de su tiempo; no levantó el menor interés, ni de público ni de crítica, a pesar de las conferencias que pronunció Poe para promocionar el libro. Hasta Humboldt, a quien estaba dedicado con tanto fervor el ensayo, guardó silencio. De los cincuenta mil ejemplares que Poe le propuso publicar, Putnam sólo tiró 500. La Física no experimentó ningún salto con Eureka, y sus «descubrimientos» sobre el Universo no revolucionaron la civilización humana. Cortázar señala que si bien la obra es discutible en el plano científico, no lo es en el poético, como lo comprendieron antes que él los simbolistas franceses Baudelaire y Valéry.

Sin embargo, tal parece que, después de todo, Eureka contiene desconcertantes aciertos, los cuales sólo han podido revelarse como tales muchas décadas después. Entre estos aciertos destaca el Big Bang como origen del Universo. También la idea de relacionar Tiempo y Espacio en un único concepto, o reconocer a la gravedad como una fuerza capaz de propiciar el colapso de gigantescas cantidades de masa hacia un centro común, o que muchos de los cuerpos catalogados como nebulosas de nuestra galaxia por los astrónomos de entonces, no eran tal cosa sino otras galaxias situadas fuera de ella. Ahora sólo queda esperar qué otras sorpresas nos depara este mal entendido ensayo-poema anticipatorio.

La publicación de Eureka y su prematuro pero estrepitoso fracaso, marcaron el declive final de Poe. En 1848, el año en que fue publicado, le escribió a Mrs. Clemm en una carta: «No tengo deseos de vivir desde que escribí Eureka. No podría escribir nada más». El genio murió al año siguiente.

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