Ante la incredulidad de la verdad, el ridículo

No devaluar la investidura

Editorial

La Jornada

Ayer, al participar en la Cumbre Mundial de Viajes y Turismo, que se realiza en Las Vegas, el titular del Ejecutivo federal mexicano, Felipe Calderón, pretendió minimizar la catástrofe en la que se encuentra la seguridad pública en nuestro país y afirmó, con ese propósito, que “son de tequila… los únicos shots (tiros) que reciben los springbreakers” extranjeros que acuden a las playas mexicanas y que la mayor parte del territorio nacional es apacible. Poco después, representantes de la comunidad mexicana en Nevada le señalaron la inseguridad que impera en México. Si nosotros no nos sentimos seguros, qué siente el extranjero, apuntó uno de ellos; otro se lamentó: “Quiero llegar manejando mi troquita a México, pero me muero de miedo manejando por esas carreteras”.

Por principio de cuentas, es cuestionable la presencia de Calderón en la reunión mencionada, pues se trata de una cumbre de nivel gerencial y, a lo sumo, ministerial, a la que no acudió ningún otro jefe de Estado o de gobierno. En todo caso, habría sido más adecuado enviar a ella al titular del ramo y a la secretaria de Relaciones Exteriores.

Pero lo realmente preocupante es lo dicho por el político michoacano acerca de los “shots de tequila” porque tal expresión reviste, desde cualquier ángulo que se le vea, significaciones irrespetuosas y ofensivas.

Una lectura posible de ella es que los turistas extranjeros, a diferencia de los mexicanos, no tienen nada que temer del clima de exacerbada violencia que azota al país, lo que, a su vez, reflejaría un inaceptable desenfado del gobernante ante la tragedia que padece la población mexicana.

Igualmente preocupante, si a lo que Calderón se refería es que la violencia en México, independientemente de la nacionalidad de sus víctimas, es un serio problema de percepción, ello denotaría una suerte de fuga de la realidad, porque las decenas de miles de asesinados en el contexto de la guerra contra la delincuencia organizada –que el propio gobernante declaró al principio de su administración– son mucho más que una percepción: son vidas humanas segadas, familias golpeadas, tejidos sociales alterados.
Por desgracia, la ligereza de la expresión usada por el Presidente no sólo es desmentida por los saldos de destrucción que han dejado en la sociedad mexicana las confrontaciones en curso, sino también por los datos sobre extranjeros que han muerto de manera violenta en nuestro país. Por ejemplo, el pasado 22 de abril, el Departamento de Estado emitió una alerta de viaje en la que se informaba: El número de ciudadanos estadunidenses asesinados en México subió de 35 en 2007 a 111 en 2010.

Es significativo que miembros de la migración mexicana en Nevada hayan cuestionado, ante Calderón, el optimismo oficial, y le hayan recordado los peligros a que se exponen los connacionales que viven en Estados Unidos cuando regresan, de visita o en forma definitiva, al país.

Más allá de las imprecisiones y falsedades, es de lamentar que el titular del Ejecutivo federal emplee expresiones tan desafortunadas para hacer referencia a una circunstancia nacional con la que nadie, y menos un gobernante, debiera hacer bromas. Al actuar así, Calderón devalúa la investidura que ostenta, menoscaba sus propios reclamos de respeto a sus críticos, socava sus críticas a Estados Unidos por la tolerancia con el tráfico de armas a nuestro país y resta seriedad a sus argumentos en pro de una estrategia de seguridad que ha perdido respaldo y hasta verosimilitud.

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