Pide Francisco más valentía

Más valentía y generosidad en la acogida a los refugiados

 

    «¡No debemos tener miedo de las diferencias!». Es el llamamiento que lanzó el Papa Francisco durante la visita que realizó el martes 10 de septiembre, por la tarde, al Centro Astalli de Roma, que desde 1981 ofrece acogida y asistencia a los refugiados.

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Os saludo ante todo a vosotros, refugiados y refugiadas. Hemos escuchado a Adam y a Carol: gracias por vuestros testimonios fuertes, sufridos. Cada uno de vosotros, queridos amigos, lleva una historia de vida que nos habla de dramas de guerras, de conflictos, a menudo ligados a las políticas internacionales. Pero cada uno de vosotros lleva sobre todo una riqueza humana y religiosa, una riqueza para acoger, no para temer. Muchos de vosotros sois musulmanes, de otras religiones; venís de varios países, de situaciones diversas. ¡No debemos tener miedo de las diferencias! La fraternidad nos hace descubrir que son una riqueza, un don para todos. ¡Vivamos la fraternidad!

¡Roma! Después de Lampedusa y los demás lugares de llegada, para muchas personas nuestra ciudad es la segunda etapa. Frecuentemente -lo hemos oído- es un viaje difícil, extenuante, también violento el que se ha afrontado; pienso sobre todo en las mujeres, en las mamás, que soportan esto con tal de asegurar un futuro a sus hijos y una esperanza de vida distinta para ellas mismas y la familia. Roma debería ser la ciudad que permite reencontrar una dimensión humana, recomenzar a sonreír. Cuántas veces, en cambio, aquí, como en otros sitios, muchas personas que llevan escrito «protección internacional» en su permiso de estancia, están obligadas a vivir en situaciones incómodas, a veces degradantes, sin la posibilidad de iniciar una vida digna, de pensar en un nuevo futuro.

Así que gracias a cuantos, como este Centro y otros servicios, eclesiales, públicos y privados, se emplean en acoger a estas personas con un proyecto. Gracias al padre Giovanni y a los hermanos; a vosotros, trabajadores, voluntarios, benefactores, que no donáis sólo algo o tiempo, sino que buscáis entrar en relación con los solicitantes de asilo y los refugiados reconociéndoles como personas, comprometiéndoos a encontrar respuestas concretas a sus necesidades. ¡Tener siempre viva la esperanza! ¡Ayudar a recuperar la confianza! Mostrar que con la acogida y la fraternidad se puede abrir una ventana al futuro -más que una ventana, una puerta, y más aún-, se puede tener todavía un futuro. Y es bello que quien trabaja por los refugiados, junto a los jesuitas, sean hombres y mujeres cristianos y también no creyentes o de otras religiones, unidos en el nombre del bien común, que para nosotros cristianos es especialmente el amor del Padre en Cristo Jesús. San Ignacio de Loyola quiso que hubiera un espacio para acoger a los más pobres en los locales donde tenía su residencia en Roma, y el padre Arrupe, en 1981, fundó el Servicio de los jesuitas para los refugiados, y quiso que la sede romana estuviera en esos locales, en el corazón de la Ciudad. Y pienso en aquella despedida espiritual del padre Arrupe en Tailandia, precisamente en un centro para los refugiados.

Servir, acompañar, defender: tres palabras que son el programa de trabajo para los jesuitas y sus colaboradores.

Servir. ¿Qué significa? Servir significa acoger a la persona que llega, con atención; significa inclinarse hacia quien tiene necesidad y tenderle la mano, sin cálculos, sin temor, con ternura y comprensión, como Jesús se inclinó a lavar los pies a los apóstoles. Servir significa trabajar al lado de los más necesitados, establecer con ellos ante todo relaciones humanas, de cercanía, vínculos de solidaridad. Solidaridad, esta palabra que da miedo al mundo desarrollado. Intentan no decirla. Solidaridad es casi una mala palabra para ellos. Pero es nuestra palabra. Servir significa reconocer y acoger las peticiones de justicia, de esperanza, y buscar juntos los caminos, los itinerarios concretos de liberación.

Los pobres son también maestros privilegiados de nuestro conocimiento de Dios; su fragilidad y su sencillez desenmascaran nuestros egoísmos, nuestras falsas seguridades, nuestras pretensiones de autosuficiencia y nos guían a la experiencia de la cercanía y de la ternura de Dios, a recibir en nuestra vida su amor, su misericordia de Padre que, con discreción y paciente confianza, se ocupa de nosotros, de todos nosotros. De este lugar de acogida, de encuentro y de servicio, desearía entonces que partiera una pregunta para todos, para todas las personas que viven aquí, en esta diócesis de Roma: ¿me inclino hacia quien está en dificultad o bien tengo miedo de ensuciarme las manos? ¿Estoy cerrado en mí mismo, en mis cosas, o me doy cuenta de quien tiene necesidad de ayuda? ¿Sirvo sólo a mí mismo o sé servir a los demás como Cristo ha venido para servir hasta donar su vida? ¿Miro a los ojos de quienes piden justicia o vuelvo la vista a otro lado para no mirar a los ojos?

Segunda palabra: acompañar. En estos años, el Centro Astalli ha hecho un camino. Al inicio ofrecía servicios de primera acogida: un comedor, una cama, una ayuda legal. Después aprendió a acompañar a las personas en la búsqueda de trabajo y en la inserción social. Y, por lo tanto, propuso también actividades culturales para contribuir a hacer crecer una cultura de la acogida, una cultura del encuentro y de la solidaridad, a partir de la tutela de los derechos humanos. La sola acogida no basta. No basta con dar un bocadillo si no se acompaña de la posibilidad de aprender a caminar con las propias piernas. La caridad que deja al pobre así como es, no es suficiente. La misericordia verdadera, la que Dios nos dona y nos enseña, pide la justicia, pide que el pobre encuentre el camino para ya no ser tal. Pide -y lo pide a nosotros, Iglesia, a nosotros, ciudad de Roma, a las instituciones-, pide que nadie deba tener ya necesidad de un comedor, de un alojamiento de emergencia, de un servicio de asistencia legal para ver reconocido el propio derecho a vivir y a trabajar, a ser plenamente persona. Adam ha dicho: «Nosotros, refugiados, tenemos el deber de hacer lo posible para estar integrados en Italia». Y esto es un derecho: ¡la integración! Y Carol ha dicho: «Los sirios en Europa sienten la gran responsabilidad de no ser un peso, queremos sentirnos parte activa de una nueva sociedad». ¡También esto es un derecho! Esta responsabilidad es la base ética, es la fuerza para construir juntos. Me pregunto: ¿nosotros acompañamos este camino?

Tercera palabra: defender. Servir, acompañar, quiere decir también defender, quiere decir ponerse de lado de quien es más débil. Cuántas veces alzamos la voz para defender nuestros derechos, pero cuántas veces somos indiferentes hacia los derechos de los demás. Cuántas veces no sabemos o no queremos dar voz a la voz de quien -como vosotros- ha sufrido y sufre, de quien ha visto pisotear sus propios derechos, de quien ha vivido tanta violencia que ha sofocado incluso el deseo de tener justicia.

Para toda la Iglesia es importante que la acogida del pobre y la promoción de la justicia no se encomienden sólo a los «especialistas», sino que sean una atención de toda la pastoral, de la formación de los futuros sacerdotes y religiosos, del empeño normal de todas las parroquias, los movimientos y las agregaciones eclesiales. En particular -y esto es importante y lo digo desde el corazón- desearía invitar también a los institutos religiosos a leer seriamente y con responsabilidad este signo de los tiempos. El Señor llama a vivir con más valentía y generosidad la acogida en las comunidades, en las casas, en los conventos vacíos. Queridísimos religiosos y religiosas, los conventos vacíos no sirven a la Iglesia para transformarlos en hoteles y ganar dinero. Los conventos vacíos no son vuestros, son para la carne de Cristo que son los refugiados. El Señor llama a vivir con más valor y generosidad la acogida en las comunidades, en las casas, en los conventos vacíos. Cierto, no es algo sencillo: se necesita criterio, responsabilidad, pero se requiere también valor. Hacemos mucho; tal vez estamos llamados a hacer más, acogiendo y compartiendo con decisión lo que la Providencia nos ha dado para servir. Superar la tentación de la mundanidad espiritual para ser cercanos a las personas sencillas y sobre todo a los últimos. Necesitamos comunidades solidarias que vivan el amor de modo concreto.

Cada día, aquí y en otros centros, muchas personas, en prevalencia jóvenes, se ponen en fila por una comida caliente. Estas personas nos recuerdan sufrimientos y dramas de la humanidad. Pero esta fila nos dice también que hacer algo, ahora, todos, es posible. Basta con llamar a la puerta e intentar decir: «Yo estoy aquí. ¿Cómo puedo echar una mano?».

 

En su despedida, en el Centro Astalli, el Santo Padre expresó:

 

Os doy las gracias por la acogida en esta Casa. ¡Gracias! Gracias por el testimonio, gracias por la ayuda, gracias por vuestras oraciones, gracias por el deseo, el deseo de ir adelante, de luchar e ir adelante. Gracias por defender vuestra, nuestra dignidad humana. ¡Muchas Gracias. ¡Que Dios os bendiga, a todos!