Efímero eterno: Mariposas de Carmen Parra

Vilma Fuentes

En 1906, un niño de siete años de edad descubre, en los jardines de la lujosa residencia de sus padres en San Petersburgo, el vuelo de las mariposas. Sus colores, su revoloteo, sus alas, lo atrapan en sus redes como a un lepidóptero.

Años más tarde, el niño transformado en hombre por la metamorfosis que ejerce el tiempo, otro, pues, escribirá un libro que tendrá un éxito estruendoso: Lolita.

Cuando la aparición de esta novela, los críticos no vieron los lazos que podían existir entre el cazador de mariposas, convertido en autor de un libro que dio la vuelta al mundo, y el protagonista masculino de esta narración, Humbert Humbert, quien padece una extraña obsesión llevada hasta la locura. Obsesión que el mismo Humbert designa con el elegante término de ninfolepta.

Vladimir Nabokov declara que si tuviera otra vida, una segunda oportunidad, desearía ser un oscuro entomólogo. Su fascinación por las mariposas lo lleva al extremo de sentirse una de ellas. Inolvidable su texto sobre la ninfa, apelación del último estado de la crisálida cuando emerge de su capullo de oruga, transformada en mariposa, mira el ojo agigantado por la lupa del entomólogo que va a clavarla con sus alfileres en un cartón para hacerla parte de su colección. La de Nabokov, conservada en el Museo Cantonal de Zoología de Lausana, está formada por 4 mil 300 especímenes de lepidópteros.

Mariposa migratoria, como la Monarca, Nabokov escribe: “Soy un escritor americano, nacido en Rusia y formado en Inglaterra, donde estudié la literatura francesa antes de pasar algunos años en Alemania. Vine a América en 1940, donde decidí devenir ciudadano estadunidense.” No pudo, desde luego, agregar que murió en Suiza, en la ciudad de Lausana.

Carmen Parra no tiene nada en común con Lolita ni con Vladimir Nabokov, si se exceptúa la fascinación por las mariposas. El escritor las cazaba con su red para conservarlas, con gran ternura, clavadas con alfileres en las preciosas cajas de coleccionista. Carmen Parra las colecciona pintándolas. Dos formas de una misma pasión, acaso una más cruel que otra.

Después de un período migratorio en París, donde pinta rinocerontes y Paulinas Bonaparte de Canova, para cuyo álbum de litografías escribí el texto, Carmen Parra vuelve a México, donde se entera del peligro de desaparición que amenaza a la mariposa Monarca.

En 1985, Fred y Nora Urqhart publican el resultado de sus trabajos iniciados en 1937, a los cuales se unieron en 1975 la pareja de Ken Brugger y su esposa Catalina Aguado: durante casi medio siglo, los Urqhart pusieron minúsculas etiquetas para seguir su ruta migratoria. De Canadá a México, de México a Canadá, con escalas en Estados Unidos, 4 mil kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, la Monarca posee la extraordinaria longevidad, para una lepidóptera, de nueve meses, si se compara con los escasos máximos veinticuatro días de vida de cualquier otra mariposa.

Carmen Parra pinta querubines, arcángeles, águilas, pájaros y mariposas. Pinta su vuelo: aire, viento. No en vano el lugar donde vive y trabaja en México lo bautizó como “El Aire”. Tratar de plasmar el vuelo en una tela es tratar de pintar lo invisible. Lo más efímero de lo efímero. ¿Qué verdadero artista no sueña con volver eterno lo efímero, una forma, tan ilusoria como cualquier otra, de alargar la propia vida?

El célebre poema de Stéphane Mallarmé, “L’Après-Midi d’un faune”, comienza: “Ces nymphes, je les veux perpétuer/ Si clair/ Leur incarnat léger/ Qu’il voltige dans l’air/ Assoupi des sommeils touffus/ Aimai-je un rêve?” Traducir es imposible, sobre todo la poesía, pero puede proponerse: “Estas ninfas, yo las quiero perpetuar/ Tan claro/ Su encarnado ligero/ Que revolotea en el aire/ Adormecido de sueños tupidos/ ¿Amé un sueño?” Quizás la mejor traducción del poema haya sido, según testimonios, la sublime aparición del bailarín Nijinsky en el ballet creado para este poema por la compañía del ballet ruso de Serguéi Diáguilev. El cuerpo del bailarín pudo alcanzar una ligereza, una inmaterialidad tan perturbadora que la más imposible de las metamorfosis se produjo: ese cuerpo era un espíritu que danzaba.

Dar a la materia la inmaterialidad del espíritu es el sueño de todo creador. Este milagro se produce a veces, por ejemplo, en ciertas esculturas de Brancusi. Él nombra “pájaro” una simple pieza de materia, piedra o metal, pero la forma que da a su escultura inerte parece volar por poco que se la mire. No hay, sin embargo, ningún ala, ni nada que pueda evocar el cuerpo material de un pájaro real, pero la escultura logra algo mejor que describir un animal: se eleva en los aires y se lleva el espíritu en su vuelo. Cuando hablaba de sus obras, el escultor decía de manera voluntaria que no le gustaba la carne, significando con esto que la verdadera verdad de un ser no se encuentra acaso en la simple reproducción de las formas de su cuerpo, sino más allá, en el inasible espíritu que lo anima.

Asir lo inasible es, sin duda, uno de los sueños del creador, tan difícil de alcanzar como fijar lo efímero o volver visible lo invisible. Los ángeles, por ejemplo, tan frecuentes en la obra de Carmen Parra. Poco importa que existan o no. Comparten con las mariposas el privilegio de guardar siempre una presencia discreta, ligera, bastante cercana a esas visiones fugaces que atraviesan a veces la mente con una obstinación que parece ser la afirmación de su existencia.

A veces, más bien que sobre los ángeles o las mariposas, Carmen Parra posa su mirada en objetos menos aéreos: los individuos de la especie humana. Carmen ha hecho muchos retratos. Siempre de un trazo rápido y vivo: asir lo efímero no debe tomar más tiempo que el fugaz tiempo de su existencia. Un día, en México, en su casa, mientras platicábamos, tomó dos grandes hojas de papel, sus lápices de color, sus pasteles y, sin dejar de conversar, plasmó dos retratos, el de Jacques y el mío, cada uno sobre una hoja separada, pero unidas las dos por el entrelazamiento inextricable de algunos rasgos de los rostros. El cuadro está ahora en París. La migración continúa.

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