Los juaninos

Los juaninos

Ángeles González Gamio

Alo largo de más de dos siglos, la mención de los juaninos, como se nombraba a los frailes que pertenecían a la orden de San Juan de Dios, era sinónimo de bondad y auxilio. Hoy que se conmemora el santo titular vamos a recordar la noble labor que desempeñaron en la ciudad de México. Su misión era atender a los enfermos más desposeídos, por lo que su labor se magnificaba cuando la capital era asolada por las epidemias. Una de las más terribles fue la que ocurrió entre 1736 y 1738, periodo en que llegaron a recibir hasta 885 apestados diariamente. Esta situación sobrepasó el cupo del hospital, lo que llevó a los monjes a ceder sus celdas.

La orden llegó a la capital de la Nueva España a principios del siglo XVII, y se le concedió un vasto predio a un costado de la Alameda Central. Ahí construyeron un hospital con su templo adjunto, en la plaza conocida como la Santa Veracruz, por la iglesia que ya existía en el extremo opuesto. Estas edificaciones fueron rehechas en el siglo XVIII, cuando la orden ya contaba con gran reconocimiento social, lo que le generaba sustanciosos donativos.

Ello le permito edificar un enorme y bello edificio con su templo adjunto. El hospital contaba con dos patios, el principal de grandes y armónicas proporciones, conserva la fuente original decorada con azulejos.

Al suprimirse por decreto de las cortes españolas las órdenes hospitalarias, los religiosos se vieron obligados a abandonar la institución, misma de la que se hicieron cargo después de la Independencia las hermanas de la caridad, y finalmente pasó a manos del gobierno que lo convirtió en el tétrico Hospital de la Mujer, que funcionó hasta mediados del siglo XX.

El templo permaneció abierto al culto; luce una preciosa portada abocinada y dos torres con colorida decoración. El interior perdió los retablos barrocos que lo adornaban, cuando se puso de moda el estilo neoclásico que aún conserva.

El soberbio edificio que albergó el hospital estuvo años en el abandono; afortunadamente hace más de dos décadas se restauró y adaptó para albergar el Museo de Artes Aplicadas Franz Mayer.

Ya hemos comentado que se formó con las extraordinarias colecciones de artes decorativas, que generosamente cedió al pueblo de México el empresario de origen alemán Franz Mayer.

Otros encantos del inmueble, además de su ubicación en una preciosa plaza, es que se encuentra enfrente de la Alameda Central, nuestro primer parque público que data del siglo XVI. En tantas centurias de vida ha tenido una ampliación y múltiples arreglos y remodelaciones.

La más reciente se realizó en 2012; fue muy extensa y costosa: 245 millones de pesos. Se sacaron los vendedores ambulantes que la tenían invadida, se colocó un nuevo pavimento de mármol en los andadores, se instaló un sistema de riego, iluminación peatonal, nueva jardinería y se rehabilitaron las fuentes. Estos trabajos mantuvieron cerrada la Alameda durante ocho meses. Inauguró las publicitadas obras el entonces jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.

Ahora, a poco más de dos años, los prados comienzan a secarse y se ven apelmazados; pareciera que no se utiliza el sistema de riego que se instaló. La jardinería se ve descuidada. Eso parece ser lo cotidiano en nuestra ciudad, se realizan costosas obras que se inauguran con gran relumbrón y ahí queda la cosa, no se les da mantenimiento y el dinero gastado se va al hoyo.

Durante buena parte del virreinato había el cargo de alamedero, que era una persona que tenía la función de mantener el lugar en buen estado e inclusive tenía ahí una casita en que vivía y guardaba las herramientas.

Y para apreciar la Alameda de lejos, desde donde no se advierte el descuido, vamos al Café de Bellas Artes, que tiene una grata terraza y sabrosa comida. Puede comenzar con el timbal de nopales, compartir unas chalupitas de salpicón y de plato fuerte el pollo en chirmole o la baguette de roast beef hecho en casa.

De postre el panque de queso y limón con semillas de amapola.

gonzalezgamio@gmail.com

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