El mejor payaso del mundo nació en Jaca

El mejor payaso del mundo nació en Jaca

Un libro rescata la figura de Marcelino, estrella en Nueva York e inspiración de Charles Chaplin

SERGIO DEL MOLINO

El País

Zaragoza

La leyenda dice que inspiró a Charles Chaplin su celebérrimo número del bastón y el sombrero, que Buster Keaton le adoraba y que compartió escenario con un joven británico recién llegado a Estados Unidos que luego adoptaría el nombre artístico de Cary Grant. Fue Marceline, el clown, estrella mundial, adorado por millones de espectadores y muerto tras pegarse un tiro en una habitación de hotel de Nueva York en 1927, con una pistola comprada con sus últimos quince dólares.

Prácticamente olvidado durante décadas, hace unos años se reavivó el interés por su figura gracias al hallazgo de un periodista aragonés, Mariano García, que demostró en 2004 -en una serie de reportajes publicados en Heraldo de Aragón- que el gran payaso de la belle époque se llamaba en realidad Marcelino Orbés Casanova y nació en Jaca en 1873.

¿Cómo se convirtió el hijo de unos labriegos humildes del Pirineo en una de las estrellas más celebradas del show business de Estados Unidos? La respuesta está en Marcelino, el mejor payaso del mundo, el libro recién publicado en el que Mariano García resume 13 años de investigación y obsesión sobre esta figura.

A diferencia de otras estrellas, Marcelino (o Marceline) apenas contó nada de su vida e incluso se jactaba de no ser reconocido por la calle y de escabullirse en la multitud tan pronto se quitaba el maquillaje y la ropa holgada y estrambótica. Tampoco construyó una épica de hombre hecho a sí mismo, por lo que sus primeros años siguen siendo brumosos. Hay indicios de que su familia emigró a Barcelona siendo él un niño pequeño y que su contacto con el circo fue muy temprano. Tal vez en torno a los 12 años, si no antes. En la España de finales del siglo XIX, se incorporó a compañías como el circo Martini y otras que llenaban el Circo Price de Madrid o el Teatro Alegría de Barcelona.

Fuera como fuese, a finales de la década de 1880 era ya una figura destacada de una compañía holandesa que giraba por toda Europa, y en 1900 fichó por un teatro recién inaugurado en Londres, la sensación del West End: el Hippodrome. Durante cinco temporadas, Marceline se convirtió en una estrella para niños y adultos. A decir del propio Chaplin, que asistió a sus representaciones, los ingleses enloquecían con él.

Pero el estrellato definitivo llegó en 1905, cuando viajó a Nueva York (en parte, huyendo de un matrimonio fracasado) y se unió a otro Hippodrome, mucho más grande que el de Londres: un teatro de variedades con capacidad para 5.000 asientos que Marceline llenaba en dos funciones diarias. Diez mil espectadores diarios, es decir, unos tres millones por temporada durante diez años. Muchos más en sus sucesivas reapariciones a partir de 1918.

De buscavidas en Europa a fenómeno de masas en Estados Unidos, este aragonés (de quien se decía que, en privado, no era gracioso y más bien tímido) escapó de una vida previsible de miseria en los duros valles del Pirineo y refinó el arte del clown, del que fue epítome de su época dorada. «Marcelino protagonizó un cómic en el periódico The New York World, abrió una escuela de circo por correspondencia, inspiró la fabricación de juguetes e incluso caló hondo en el lenguaje de Nueva York. Se llegó a acuñar un neologismo, to marceline (marcelinear), para aplicarlo a aquellos que en la vida real representaban el papel que él tenía en escena: los que parecen estar en todos los sitios, trabajando sin parar, pero, en realidad, no hacen nada», escribe Mariano García.

Su suicidio, epílogo de una depresión profunda, representa el tópico de la persona que llora bajo el maquillaje de augusto, y marcó el fin de los grandes clowns históricos, barridos por el cine y el music hall. Sin embargo, su talento no pasó desapercibido y fue apreciado más allá del entretenimiento y la carcajada. La asociación American Playgoers le invitó en 1906 a dar una conferencia sobre arte dramático en sus veladas del hotel Astor, pero varios miembros conservadores se indignaron por la presencia de un vulgar payaso en aquel templo de los actores de verdad, por lo que Marcelino, orgulloso y despechado, rechazó la invitación con un genio que bien podría ser aragonés y propio de Goya o de Buñuel: «Me pagan por hacer de payaso en el Hippodrome, no por hacerlo delante de American Playgoers».

Desubicado (nunca habló del todo bien inglés), incómodo con la fama y fracasado en sus relaciones íntimas, gracias a su paisano Mariano García, Marcelino ha logrado hoy la comprensión que no obtuvo en vida. En su Jaca natal se le van a hacer varios homenajes, se ha producido un documental biográfico e incluso los premios los Premios del Circo Aragonés llevarán ahora su nombre.