«Las musas huérfanas» teatro

Proceso).-

En las musas huérfanas, cuatro hermanos se reúnen después de 20 años de no encontrarse, para recibir a su madre que se fue cuando eran pequeños. Cada uno vive el abandono de diferente manera construyendo muros de protección, acumulando rencores y sobreviviendo a través de mentiras que finalmente serán reveladas.

Las musas huérfanas, del dramaturgo canadiense Michel Marc Bouchard, es llevada a escena luminosamente por la Compañía Cuatro Gatos conformada por los actores Carmen Mastache, Tania González Jordán, Indira Pensado y Llever Aiza. La traducción y dirección es de Boris Shoemann y, junto con el equipo actoral y creativo, logran una obra entrañable que aborda con profundidad los conflictos que se van tejiendo al interior de una familia, pero que han quedado suspendidos en el tiempo.

La construcción dramática de Las musas huérfanas es poderosa. Nos va adentrando en la vida y la situación de los personajes sin mostrarnos todo abiertamente. Los actos nos descubren quiénes son, y a través de las situaciones que se plantean sabemos de su pasado y el porqué de sus comportamientos. Cada personaje tiene sus razones, y si bien en un principio no se comprenden las reacciones, la habilidad del autor nos va desenvolviendo lo que cada uno de ellos guarda y se resiste a compartir.

La hermana menor es una mujer de lento aprendizaje a quien ha tenido que cuidar su hermana, pero con demasiado rigor, convirtiendo su vida en una cárcel. Carmen Mastache la interpreta con delicadeza, sin esquematizar, simplemente mostrando su ingenuidad y su inteligencia entremezcladas. Su característica distintiva es querer comprender el significado del mayor número de palabras, que apunta con plumón rojo en la mesa convertida en libreta. La hermana que la cuida, interpretada muy bien por Tania González, está cargada de responsabilidades y rigidez.

Llever Aiza, sin exageración y conmovedoramente, interpreta al hermano que se viste con los hermosos vestidos de española de su madre, diseñados por Rodrigo Sosa. E Indira Pensado que interpreta, en su tono exacto, a la hermana lesbiana que se fue a Alemania como militar y no quiere saber nada de la familia.

En la particularidad de cada personaje está su encanto. El autor y los actores dan cuerpo a seres únicos que se convierten en universales. La humanidad en cada uno de ellos se adentra en el espectador para comprenderlos y, al mismo tiempo, abrir cientos de interrogantes. Boris Shoemann –también director del Teatro de la Capilla desde 1999–, dirige con habilidad tanto a los actores como el movimiento escénico y sus convenciones. Los actores no salen de escena y permanecen sentados o de pie dando la espalda pero manteniendo su presencia. No hay maleta ni aditamentos que manipular. Con una mesa y cuatro sillas, que se mueven en el escenario, se construyen figuras e imágenes consistentes y el lugar se puebla de emociones e intensidades.

En esa pieza, esencialmente realista, que juega con los tiempos pasados y presentes, Bouchard utiliza el sarcasmo y el humor negro para hablarnos de temas que conectan con sentimientos internos compartidos. Da vueltas a la historia y nos sorprende constantemente con secretos que se develan, con intenciones ocultas que salen a la luz y con mentiras sostenidas que caen una a una como gotas de colores en un lienzo emborronado.

Las musas huérfanas se ha escenificado ya en diferentes teatros desde 2017, como en la Sala Salvador Novo del Teatro de la Capilla –el cual cuenta actualmente con México en escena del Fonca–, y formó parte de la programación de Carrusell Teatral del 16 de octubre al 21 de noviembre en el Cenart, donde Boris Shoemann –naturalizado mexicano hace diez años– festeja tres décadas de su llegada a México, presentando de su repertorio como director cinco obras francófonas y una mexicana.

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