La Barragana: Tres Ignacias y un fantasma

La Jornada Semanal

De la historia a la ficción, de la ficción a la historia, o de la ficción y de la historia se cuenta aquí la vida breve de una mujer soldado en defensa de la Constitución de 1857 y contra los invasores franceses y austríacos: ‘la Barragana’, le dicen, y es una que son tres y cada una a su vez una realidad y un fantasma, trenzada dualidad que suele suceder y más en detrimento de una mujer.
Ignacia Riechy es un fantasma.

¡Finalmente! Ya no se escuchan las voces y los gritos se apagaron. Atrás quedan los balbuceos y vociferaciones de la tropa y de los oficiales; los gestos obscenos y las facciones derruidas por el alcohol. Su olfato ya no se expone a los olores pestíferos de eructos y gases. No siente las miradas en su cuerpo, miradas que desnudan y humillan. No ve la baba, baba cáustica, que escurre por las bocas de sus compañeros de campaña, baba que se arrastra hacia su boca, baba que ensucia con su beso violento. ¡Finalmente! El latigazo del insulto dejó una herida profunda que jamás podrá cicatrizar.

Ignacia Riechy quiere ser un fantasma.

Sabemos muy poco de ella. Puede ser que ella sea dos y que entre ellas habite el fantasma.

En Liberales ilustres mexicanos, un compendio publicado en 1890 por la Imprenta del Hijo del Ahuizote, se le dedican cinco páginas escritas por Enrique m. de los Ríos. Nació en Guadalajara, hija de un hacendado de origen español. De los Ríos subraya de manera obsesiva el carácter romántico de Ignacia Riechy que le hizo desear y hacer cosas no propias de su sexo, tales como defender la Constitución de 1857 y la patria contra los invasores franceses y austríacos. Le reprocha el no conformarse con su papel natural de madre potencial y enfermera de los hombres heridos en batalla. Encuentra apoyo y un uniforme masculino gracias al General Refugio González, participa en la Batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862, cae prisionera de los franceses y se enfrenta a “toda clase
de molestias y vejaciones” cuyo carácter De los Ríos no especifica. Escapa de la prisión y, enferma y maltratada, se recupera en Guadalajara. El General José María Arteaga la acepta en su tropa. Se distingue, en Jalisco y Michoacán, por su valor, destreza militar, patriotismo y honradez. Muere Arteaga fusilado e Ignacia Riechy se junta a los restos dispersos de su tropa. A comienzos de 1866 se suicida cerca de San Juan Zitácuaro.

¡El gordo arteaga! ¡qué hombre! él sí hombre: feo, torpe, maldiciente. ¿Él inmune a los chistes y chismes? Sus oficiales y soldados se reían de él a sus espaldas o abiertamente. ¡Las muecas maliciosas porque su caballo sufría bajo el peso del general! ¡Las innumerables caídas! ¡Las lesiones y huesos rotos! Pero Arteaga sí era hombre y protegía a Ignacia porque, para el gordo, el valor más grande, el único que cuenta, consistía en superar obstáculos. Él superó las limitaciones de su obesidad incorregible y de una torpeza innata. Ella trató de superar un obstáculo mucho más grande: ser mujer en el siglo xix mexicano, aunque no importa ni el siglo ni el país. Él fue sacrificado y hoy las calles y plazas de las ciudades se vanaglorian con su nombre. Ella se sacrificó y hoy pocos se acuerdan de su nombre.

Antes de familiarizarme con las cinco páginas (entre más de ochocientas) sobre Ignacia Riechy, que publicaron los Hijos del Ahuizote, había leído su historia en la voluminosa Historia de la Guerra de Intervención en Michoacán que Eduardo Ruiz dio a la imprenta en 1896. Ruiz, un fiel seguidor de Vicente Riva Palacio, menciona a la Barragana de la guerra de intervención en tres ocasiones. La introduce a la historia como “la célebre amazona Ignacia Riechy, vestida de hombre, y que disfrutaba el empleo de comandante de escuadrón”: el nacimiento. Describe su actuación al lado del mítico guerrillero Nicolás Romero. De nuevo es “La Barragana Da Ignacia Riechy, que peleó al lado de Romero, llenando de admiración a este jefe”: el auge de su vida. Ruiz dedica página y media al último episodio, a la muerte de Ignacia Riechy. La burla apenas se disfraza cuando habla de una mujer “de aspecto varonil”, cuando advierte que “era preciso fijarse mucho en sus facciones para comprender que pertenecía al sexo débil”. Apenas podemos deducir de la narración de Ruiz que, durante una comida degenerada en borrachera, el coronel José Gómez Humarán ofendió a Riechy con chistes y comentarios “pesados”. Se trata de una cuestión de gradación: burlarse de ella era normal y permisible, Gómez Humarán simplemente “se pasó”. Culpa del alcohol, por supuesto. ¿Culpa del alcohol también el que Riechy, integrante del Estado Mayor del fallecido Arteaga, se retirara de la fiesta, escribiera tres cartas de despedida (una dirigida a Romero) y se pegara un tiro? Ruiz cierra el párrafo con una frase digna de Guillermo Prieto quien quizás efectivamente la escribiera: “se disparó el arma y la Riechy cayó bañada en su propia sangre”.

No soy La Barragana. Ni sabía quién era hasta que Arteaga me contara. Soy Ignacia Riechy, de 50 años de edad, oficial del Ejército de Oriente, condecorada y elogiada en los partes de Arteaga y Romero. No soy Juana Barragán, la compañera de Morelos. La pintan en medio de la batalla de Cuautla con su vestido largo y bien encorsetada. Así no se va a la guerra, así no se sobrevive una batalla, así no se escapa de las violaciones. Soy Ignacia Riechy, la que viste el uniforme de un oficial del Ejército de Oriente. Nada más ni nada menos. Gómez Humarán me llama Marimacha y grita a los cuatro vientos que mi lugar no es el ejército, no es la guerra. Pero soy Ignacia Riechy, oficial distinguido por Arteaga, Riva Palacio y Nicolás Romero. No soy La Barragana.

En sus andanzas con juárez, Lerdo de Tejada y José María Iglesias, Guillermo Prieto se enteraba de todo. Y todo lo convertía en poesía. Ni siquiera el rompimiento con Juárez, para apoyar al infeliz González Ortega, pudo parar esa avalancha de poemas patrióticos y populares. ¿Quién le habrá contado la historia de Ignacia Riechy? ¿Riva
Palacio? ¿Ruiz? “Tinieblas y claridades de la Intervención y del Imperio i. Grande y verídico romance de aquellos que dejan abriendo tamaños ojos” se publicó el 26 de agosto de 1894 en El Universal. Prieto resalta el romanticismo de la vida de Riechy quien “ostentó atrevida/ de mancebo los instintos,/ cual si el sexo equivocara/ enloquecido el destino”. La “mujerona/ de ancha espalda” es una heroína liberal, no cabe duda. Su lucha es doble: contra franceses y traidores; contra sus compañeros que la insultan y se burlan. Hay dos preguntas clave en el romance: “¿Para la mujer no hay patria?/ ¿Es un ser envilecido/ que la libertad rechaza/ y de esclava es su destino?” Prieto dista de ser el protofeminista de la literatura mexicana. Para el poeta, Riechy es una “extraña poseída”. Se trata de un elogio que la pluma más productiva decimonónica traza sobre el papel, un elogio porque la posesión y el furor con el que se defiende una convicción contra el nomos son idealizaciones románticas. El suicido de Riechy es, por ende, resultado de los principios románticos caducos a finales del siglo xix, es un símbolo también de lo anacrónico de la poética del bardo. Puede ser que, precisamente porque es anacrónico, el poema de Prieto sea el texto que más justicia le haga a Ignacia Riechy. Posiblemente acierta cuando alude a los insultos proferidos por Gómez Humarán: “–No sirve ni para madre./ Y convirtiéndose obscenos/ los dichos y los dislates,/ su virtud escarnecieron/ escupiéndola cobarde/ y arrastrando por el cieno/ sus virtudes con desaire.”

La maternidad no le importa; el amor, el del alma y el del cuerpo, no le ha interesado gran cosa. Pero sí duele el “no sirve ni para madre”. ¿Por qué el “ni”? Desde niña escucha que el “ser madre” es su destino y su obligación, lo más noble que le depara la vida femenina. ¡Y ahora “ni para madre”! Trató de ser una ciudadana del siglo xix, es decir: patriótica. La tachan de loca, “poseída”; la excluyen. A ella no le importa ser mujer u hombre. Sólo se es humano y ciudadano y patriota. No hay más. Ser mujer o ser hombre son extras que un dios arbitrario reparte. Sí duele el “no sirve ni para madre” porque implica un mucho más tóxico “no sirve ni para ser humano”. Ignacia Riechy no sabe de ideales románticos, de la rebeldía de las pasiones, de la locura creativa. Se puede ser romántico, apasionado y enajenado cuando se aprende a ser humano. A Ignacia Riechy ni el derecho del aprendizaje se le otorga. Empieza a ser fantasma minutos antes de pegarse el tiro.

Edelmiro mayer nació en Buenos Aires en 1837. Su vida es la de un aventurero militar. Batalló en tres países: el suyo, Estados Unidos y México.
A partir de 1865 funge como coronel en las
tropas de Mariano Escobedo. Participa en las acciones de San Gertrudis, San Jacinto y –el tragicómico final– Querétaro. Se subleva contra Juárez y sólo la intervención de Domingo Faustino Sarmiento le salva la vida. Sale de México para regresar cuatro años después y enemistarse con Porfirio Díaz. Esta vez la salida es definitiva. Muere en Argentina en 1897. Escribe sus memorias de guerra en 1891 y las publica bajo el grandilocuente título Campaña y guarnición. El ambiente republicano contra el Imperio de Maximiliano. Memorias de Edelmiro Mayer. El excoronel es mentiroso o, fenómeno comprensible, le falla
la memoria en sus Memorias: tergiversa fechas y nombres y se adjudica unos poderes que no podía haber tenido. Mayer inserta un capítulo de ocho páginas sobre Ignacia Ruiz. ¿Quién es? El Museo Nacional de las Intervenciones expone una foto de Ruiz: una mujer joven, en sus veintes, al lado de su caballo. Se etiqueta como “concubina” de un capitán Velarde quien cae muerto en la guerra. Esta otra “Barragana” había sido prisionera de los franceses en la Martinica. Juárez mismo le otorgó el grado de mayor de caballería. Combatió hasta el final de la guerra. Especulo: se crea una ficción y nace un nuevo personaje, una mujer que en 1857 tenía dieciocho años, se emborrachaba, pegaba duro y tenía ganas de fornicar, sobre todo con el coronel Edelmiro Mayer. La Ignacia Ruiz de Mayer muere en 1870: borracha y víctima de una riña con otra mujer. Se confirma la versión expuesta en el Museo Nacional, aunque puede ser que ésta sea precisamente la propagada por Mayer. En este caso, el argentino revela una mentira. Afirma que asistió a su funeral, pero Mayer ni estaba en México, se había refugiado en Europa.

Hay otra “Barragana”, otra Ignacia Ruiz que se dio a conocer como torera sin suerte y, más tarde, se dedicó al robo. José Francisco Coello Ugalde encontró sus rastros y se burla de ella porque no sabe lidiar bien. Es una “Barragana”, pero no es ni la Ruiz de Mayer ni, mucho menos, Ignacia Riechy. Aquéllas peleaban con los franceses, ésta, en 1865, con toros en la imperial Ciudad de México.

Ruiz, riechy. veinteañera, cincuentona. Soldada, guerrillera, torera. Casta porque fea y varonil, lujuriosa porque guapa y contestona, ladrona porque pobre. Victima de las bromas ponzoñosas de oficiales y tropa, victimaria porque contesta a las burlas con golpes. “No sirve ni para madre”, una, porque sólo quiere defender la patria; “no sirve ni para madre”, la otra, porque en realidad es una tal para cual, aunque el cual sea un extranjero fanfarrón, un buscapleitos político que cree que todas las mujeres se enamoran de él, quieren acostarse con él. “No sirve ni para madre”, la tercera, porque no tiene ni dónde caerse muerta. veinte años y cincuenta, fea y guapa, obediente y contestona, casta y lujuriosa, abstemia y borracha, viva ahora y muerta en unos segundos, viva ahora y muerta dentro de cuatro años o muerta quién sabe cuándo. Soy mujer. Soy culpable. Soy mujer. Soy culpable. ¿Por qué los hombres desean lo que desprecian? ¿Por qué su baba cáustica quiere penetrar en mi boca abyecta? Tengo ciencuenta años y tengo veinte años y no tengo edad. Mi culpa siempre es la misma. El agua cristalina de Michoacán no limpia mi boca, no borra las huellas que la baba incrusta en mi lengua. Soy un fantasma y “se disparó el arma y la Riechy cayó bañada en su propia sangre”.

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