Sobre el escritor del fín del mundo

(apro). –

El novelista y cuentista chileno Luis Sepúlveda Calfucura falleció este jueves a la edad de 70 años en el Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, España, a causa de complicaciones derivadas de covid-19.

El escritor se contagió en febrero a su vuelta del festival literario portugués Correntes d’Escritas, en Póvoa de Varzim, cerca de Lisboa.

“Nos ha entristecido profundamente, pues Luis era un escritor muy querido y activo en la comunidad literaria en la Semana Negra de Gijón, en las jornadas de literatura iberoamericana que se organizaban cada año en Asturias. Es terrible constatar que este virus mata”, declaró telefónicamente a El País Juan Cerezo, editor de la casa editora catalana Tusquets.

Hacia 2011, Sylvie Deleule realizó un documental de su vida las producciones Arte y Drôle de Trame: Luis Sepulveda, l’écrivain du bout du monde (Luis Sepúlveda, el escritor del fin del mundo, ver: droletrame.com).

El presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón, había expresado en un tuit: “El personal sanitario lo ha dado todo por salvarle la vida, pero no ha superado la enfermedad.”

A su vez, el profesor Gustavo Guerrero, editor de la prestigiosa editorial Gallimard de Francia, dijo a El País:

“Sepúlveda tuvo éxito en Francia antes de publicar en español. Aquello respondía a una internacionalización, una globalización del mundo editorial algo que también pasó con Zoé Valdés. El exilio de izquierdas latinoamericanas tenía una larga tradición en Francia, la figura de Sepúlveda de alguna manera dio un nuevo rostro a esa literatura engageé o comprometida”,

Sepúlveda, nacido en Ovalle, Chile, el 1 de octubre de 1949, es hijo de un militante comunista y una enfermera mapuche.

Se formó en producción teatral en la Universidad Nacional de Chile. “Profundamente rojo”, siendo estudiante se afilió al Partido Comunista de su país y a la llegada por vía democrática del presidente Salvador Allende al poder colaboró en la publicación de volúmenes clásicos de bolsillo, asequibles por poco precio al pueblo chileno.

Fue encarcelado tras el golpe de estado militar de Augusto Pinochet en septiembre de 1973, permaneció dos años y medio en prisión, para salir gracias a las gestiones de Amnistía Internacional desde Alemania.

Residió en este país por algún tiempo, pasando a la clandestinidad y organizando un grupo teatral de convicciones políticas comunistas; se exilió en Uruguay, Brasil, Paraguay y Ecuador, donde convivió con los indígenas shuar o jíbaros.

En 1997, la editorial Espasa publicó la antología El juego de la intriga, donde se incluyó la narrativa de Luis Sepúlveda, Paco Ignacio Taibo II, Javier García Sánchez y Martín Casariego. Ese año, del 4 al 13 de julio, se llevó a cabo la X Semana Negra de Gijón, donde participaron Sepúlveda y el mexicano Taibo II, uno de los principales fomentadores de dicho festejo literario y del género detectivesco y de narrativa criminal.

Entrevistados hacia 1992 por Étonnants Voyageurs de Saint-Malo, Normandía, con el colombiano Álvaro Mutis y Anne-Marie Savarin, Sepúlveda dijo a la televisión acerca de su libro Un viejo que leía novelas de amor, recién traducido al francés por la editora gala Anne Marie Metallié:

“El personaje central [Antonio José Bolívar Proaño, viejo de 70 años] vive en algún pueblo perdido de la Amazonía ecuatoriana. Todas las vidas son extraordinarias; este personaje tuvo una vida de campesino de la sierra. Un individuo ingenuo que un día cae en una trampa: La trampa es la proposición de una vida mejor como colono en un territorio que no acepta más presencia que la que había, que es la presencia de los indígenas del lugar.

“La palabra amigo, la palabra enemigo, es un concepto de una ambivalencia muy europea. Se refieren mucho a una suerte de relación humana muy establecida y en la Amazonía de la selva se sobrevive o no se sobrevive, pero no existen esas ambivalencias. Si [el personaje] va a acabar su vida ahí [en aquel pueblito] eso no lo sabemos. Hay que esperar dos novelas más porque esta novela es la primera parte de una trilogía. No, él no tiene amigos shuaras [jíbaros] en el pueblito donde vive, porque los shuaras viven en la selva; tiene una relación con ellos. Podemos decir que el personaje al comienzo odia la selva, pero un día se enfrenta a una realidad que le escupe la cara y le dice: ‘Para que te eduques’.”

Voz de los olvidados
Condecorado Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa, Sepúlveda estuvo muy ligado al cine. Amorosamente, se unió a Margarita Seven en Alemania y tuvieron tres hijos. Se mudó a Gijón hacia 1997 con su antigua pareja chilena, Carmen Yáñez, con quien procreó a su hijo Carlos Lenin.

Un viejo que leía novelas de amor fue llevada a la pantalla grande por el cineasta australiano Rolf de Herr, con el actor neoyorquino Richard Dreyfuss. Igualmente, el director napolitano Enzo D’Alô le adaptó Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar en 1998, película animada.

Escribió una veintena de novelas, ensayos, guiones y varios relatos de sus largos viajes, entre ellos: Crónica de Pedro Nadie (1969), Los miedos, las vidas, las muertes y otras alucinaciones; Cuaderno de viaje (1986), Patagonia express (1995), Mundo del fin del mundo (Tusquets, 1996), Desencuentros (1997), La locura de Pinochet (2002), Los peores cuentos de los Hermanos Grimm (en coautoría con el uruguayo Mario Delgado Aparaín, 2004), Los calzoncillos de Carolina (2006), Historia de un perro llamado Leal (2016), Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud (2019). Su último libro, Historia de una ballena blanca, salió en 2019.

“Poner el título [a un libro propio] es a veces una cosa bastante complicada, generalmente uno busca alguna referencia que esté dentro del mismo libro, yo creo que como muchas cosas es simplemente casual. Un viejo que leía novelas de amor es un libro de aventuras; primero, escribir un libro ya es en sí una aventura, yo no soy de los que tienen un plan a priori, sino que empiezo y no sé lo que va a salir y bueno, el título también es un resultado de esa aventura”, decía. Y evocando a Miguel León-Portilla:

“La buena novela a lo largo de la historia ha sido la historia de los perdedores, porque a los ganadores les escribieron su propia historia. Nos toca a los escritores ser la voz de los olvidados.”

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