Joyce Carol

Eve Gil

La Jornada Semanal

 

Nacida en junio de 1938, en Lockport, Nueva York, Joyce Carol Oates es una autora enormemente prolija y peculiar, de gran originalidad y depurado estilo narrativo, que publicó su primera novela a los veinticinco años, en 1963, y seis años después ganó el National Book Award, lo cual la proyectó internacionalmente. Su nombre se menciona cada año para ganar el Premio Nobel de Literatura. En esta semblanza se comentan algunas de sus obras esenciales.
La verdad más profunda del alma americana es su superficialidad de historieta…
jco

Cuando Joyce Carol Oates habla de box, pareciera referirse a un arte mayor al que equipara con el ballet pero se asemeja más a su escritura: “ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo”. Siendo una niñita logró que su padre, un rudo obrero de nombre Frederic Oates, la incorporara a su ritual pugilístico. Lectora ferviente de Lewis Carroll, en especial de Alicia en el país de las maravillas, que leyó junto con Blanche, la abuela paterna –la genuina “hija del sepulturero”–, la pequeña Joyce debió ver aquel espectáculo de espaldas sudorosas como el ingreso a un nuevo mundo.

La futura escritora no tuvo una infancia, lo que se dice, normal, aunque con el tiempo llegó a ser divertido asistir a la escuela acompañada por su madre, Caroline, quien cursó la primaria en el pupitre contiguo al suyo. Criatura de frágil constitución, toda ojos, más parecida a una cigarra brillante que a una atleta, Joyce podría decir lo contrario que Barry NcGuigan cuando se le preguntó por qué se había hecho boxeador: “No puedo ser poeta. No sé contar historias…” Joyce no pudo usar sus puños para pelear, pero aprendió a narrar a través de ellos. Su iniciación formal como escritora a los catorce años tuvo lugar cuando su querida abuela Blanche le obsequió su primera máquina de escribir. No hubo poder humano que la apartara de aquel artefacto que se convertiría en extensión de su persona.

Considerada la autora estadunidense con mayor posibilidad de ganar el Nobel de Literatura, invocada cada mes de octubre desde hace unos veinticinco años, Oates nació el 16 de junio de 1938, en Lockport, Nueva York, y es la mayor de tres hermanos: Fred junior y Ann Lynn, una niña autista. Tras pasar por la universidad de Siracusa, se licenció en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad de Winsconsin, y realizó un doctorado en Rice. En la maestría coincidiría con el futuro editor (y esposo) Raymond j. Smith, quien murió de neumonía el 18 de febrero de 2008. Fundaron no sólo una familia, también una revista y una editorial. A los diecinueve años conquistaría su primer premio literario en un certamen convocado por la revista Mademoiselle. Publicó su primer libro, un volumen de cuentos titulado Junto a la puerta del norte, en 1963, a los veinticinco. No sería sino hasta la publicación de la novela Ellos (1969), con la que obtuvo el National Book Award en 1970, que se consagraría en el ámbito editorial internacional. Imparable, Joyce ha acumulado a la fecha la friolera de ciento veinte libros publicados, entre novelas, colecciones de relatos, ensayos y obra dramática, incluyendo los firmados bajo los seudónimos de Rosamond Smith y Kelly de Lauren. Su asombrosa productividad le ha acarreado críticas: ¿a qué horas se dedica esta señora a cocinar, tejer, cuidar nietos…? Se ha sugerido que sufre de un trastorno obsesivo-compulsivo.

Una familia violada y un ángel de luz

En una de las reseñas más virulentamente misóginas que he leído, el argentino Rodrigo Fresán señala: “Oates no sabe lo que es el miedo a la página en blanco y, de tenerlo, lo vence enseguida llenándolo de letras negras. No hay año –desde su debut en 1963– en que esta pálida mujer de mirada lánguida no edite al menos un par de libros.” No recuerdo que alguien haya cuestionado, por ejemplo, a John Updike, a j. b. Priestley, a los Dumas, o al mismísimo Shakespeare, por su inmensa capacidad de trabajo. Hasta una novela considerada menor como Ángel de luz (1981), atrapa al lector con la complejidad de sus estructuras narrativas, nunca lineales, dosificando la exposición de hechos hasta hacer estallar la bomba de la primera revelación. Su forma tan peculiar de desarrollar a sus personajes, sin dejar de asombrarnos con una nueva insólita revelación de hábitos, secretos, caracteres, vicios, contribuye a causar ese indeleble efecto de agotamiento emocional. Personajes que se crecen por encima de su patetismo para tornarse entrañables, como el Michael Mulvaney de Qué fue de los Mulvaney, poblada de sublimes cobardes, cuyos hombros no soportan la grandeza de su espíritu, mientras que los valientes, como Kirsten y su hermano Owen, se ganan nuestra compasión. Los Mulvaney son encantadores, populares, guapos, envidiados, dignos de Disney… pero todo acaba intempestivamente apenas Marianne, la hija mayor, es violada, durante una cita, por el hijo de uno de los hombres más importantes del pueblo. La historia, paradójicamente, es narrada, en ocasiones juzgada, desde la perspectiva del “benjamín” de la familia: es a través de su mirada silenciosa e inadvertida que la grandeza se va disipando, la del padre en especial, al que se solía admirar por su valor y entereza, hasta que termina desterrando a su hija favorita porque no resiste ver su propio dolor personificado en ella. Los Mulvaney pasan a convertirse en los apestados del pueblo: la familia violada y abierta de piernas. Son sistemáticamente violados una y otra vez por las habladurías, la crueldad de los incansables verdugos. Será el muchacho genio de la familia, el segundo hijo, quien llegará a la conclusión de que sólo la venganza podrá devolverles un poco de dignidad.

Marylin y la hija del sepulturero

Marilyn Monroe, personaje que obsesionara a Joyce tiempo atrás, será la apoteosis de este rasgo estilístico en Blonde, novela que, inexplicablemente para muchos, perdió el Pulitzer de 2001. Marilyn rebasa su patetismo; se impone a su tragedia, una y mil veces contada, que en la prodigiosa pluma de Joyce adquiere un aliento épico. En Blonde, más que diosa del sexo, Marilyn es la representación de una feminidad de suyo vejada durante siglos, como si de algún modo Joyce les hablara a sus lectoras a través de su personaje: Todas hemos sido una “Marilyn”… todas nos hemos sentido tentadas, obligadas incluso, a ser o fingir que somos objetos sexuales. Es, como casi todas las novelas de Joyce, una historia de familia, de búsqueda desesperada, casi agónica de la figura paterna. La hija del sepulturero, otra saga familiar que, si nos dejamos convencer por la dedicatoria –“para mi abuela Blanche Morgenstern, la “hija del sepulturero”– aborda algo cercano a la autobiografía, tiene por protagonista a Rebecca Schwart, la protagonista, cuyo único tesoro en la vida es un diccionario, tiene mucho de la querida abuela Blanche, pero también de la propia Joyce. Es la historia de una familia alemana que emigra a Estados Unidos, huyendo de la persecución nazi, y cuya cabeza, Jacob Schwart, brillante matemático, se verá obligado, entre otras cosas debido a su absoluto desconocimiento del idioma inglés, a trabajar como sepulturero, es ni más ni menos la historia de la abuela Morgenstern. Jacob y Anna Schwart llegan a aquel pueblito al norte de Nueva York con tres hijos, habiendo salido sólo con dos varones. Rebecca nace a bordo del inmundo buque donde han realizado el trayecto, con todo en contra para sobrevivir. A partir de la milagrosa supervivencia de Rebecca, cuya existencia parece pender de un hilo, de principio a fin, se plantea la posibilidad de un destino. Rebecca vive inmersa en un ámbito adverso a las mujeres… empezando por la misoginia, digamos, inocente, del hermano mayor, Herschel, que goza confundiendo a su hermanita, aunque en el fondo la ame. Posteriormente, la misoginia del padre que, como magníficamente se expone en esta novela, no es otra cosa que miedo. Miedo a la mujer… a la sexualidad de la mujer… a la sexualidad, a la ternura y a la inteligencia de la mujer. Jacob, quien apenas tomar la pala que estigmatizará su identidad, sufre una transformación casi kafkiana, enloquece por poco al enterarse, a través del periodiquito local, de que su hija pequeña, la mujercita, ha ganado un concurso de ortografía cuyo principal premio es un diccionario que la chiquilla de opacas trenzas negras defenderá con uñas y dientes. La familia Schwart se desintegra en forma trágica, quedando a la deriva la hija pequeña, quien una vez más se erige superviviente de una muerte que parecía inevitable. Quién sabe de dónde saca energía la adolescente Rebecca para seguir adelante, rechazando incluso a la que pareciera la milagrosa intervención de una maestra que promete protegerla de los inminentes peligros a los que se expone una muchachita sola. Su inmadurez la llevará a cometer otro error: enamorarse de un hombre no muy distinto a su propio padre, aunque lo sea en apariencia, que volverá a ponerla al borde de la muerte junto con su hijito. Una vez más, Rebecca reunirá el valor necesario para salvar a su hijo, aunque ello le exija una maniobra todavía más drástica: convertirse en otra persona, una encantadora y joven viuda de nombre Hazel Jones.

Viajes al futuro que será pasado

La más reciente novela de jco, Riesgos de los viajes en el tiempo (Alfaguara, México, 2019), es un ejercicio de ficción especulativa, mucho más complejo de lo que su título –prometedor de por sí– permite esperar. Su protagonista, Adrienne Stohl, en la que también advierto rasgos vinculantes de su creadora, es una joven universitaria de un futuro no demasiado lejano, donde un gobierno presumiblemente democrático, que en realidad es una dictadura semiblanda, considera peligrosos a los sujetos que desarrollan una inteligencia superior a la estándar y se atreven a pensar
por sí mismos. Adrienne, que forma parte de una segunda generación de este régimen (su padre, un científico, fue duramente castigado por cuestionar la forma en que sus experimentos eran aplicados), pese a ser advertida por sus progenitores del peligro que corre si destaca más de allá de una destacable mediocridad, termina por ser interceptada y su castigo consiste en ser remitida al año 1959, a una universidad de señoritas en Winscotia, ciudad que ya no existe, y donde habrá de lidiar con una sociedad que minimizará su ingenio por el simple hecho de ser mujer. La paranoia perseguirá a Adrienne, transformada en Mary Ellen, porque sabe que cualquiera de los que se le presentan con una sonrisa podría ser un agente del futuro que informa sobre sus actividades.

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