Gunter Grass y los niños perdonados de Hitler

 

En el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, Adolfo Hitler envió al combate a cerca de 200 mil niños y adolescentes. Los aliados –vencedores hace 75 años– decretaron una amnistía para los jóvenes alemanes nacidos a partir de 1919 que participaron en la guerra. Después, algunos de los sobrevivientes de esa generación se volvieron importantes por contribuir destacadamente en la construcción de la democracia alemana. Uno de ellos: el Premio Nobel de Literatura Günter Grass

BERLÍN

(Proceso).-

Hans V. acababa de cumplir 16 años cuando quedó ciego. La mayor tragedia de su vida sucedió días antes de que la Alemania nazi capitulara ante las fuerzas aliadas el 8 de mayo de 1945. Fue durante uno de los ataques de los bombarderos estadunidenses cuando las esquirlas de una bomba cegaron para siempre a este niño originario de Sajonia.

Como todos sus compañeros de secundaria, Hans V. era auxiliar de artillería antiaérea de la Wehrmacht, el ejército alemán, y a su corta edad tuvo que formar parte de la denominada Generación Flakhelfer (ayudantes de artillería antiaérea), ese grupo de alrededor de 200 mil niños a quienes Adolfo Hitler mandó a la lucha en la última fase de una guerra que ya se sabía perdida.

Como muchos temas y asuntos relativos al pasado nazi, el de la participación de los menores de edad, aún niños, en la guerra promovida por los nacionalsocialistas permaneció durante mucho tiempo silenciado en la opinión pública alemana. En parte porque lo polémico del tema, si bien coloca a esta infancia como víctima, también la apuntala como autora, porque fue justamente esa generación la que después construyó las bases de la democracia alemana y contribuyó al esplendor económico del país.

Fue en 2006 cuando el escritor y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1999, Günter Grass, destapó la caja de pandora. En un pasaje de su novela autobiográfica Pelando la cebolla, el autor confesó su paso voluntario, a los 17 años, por la temida Waffen-SS, la sección armada del grupo paramilitar nazi.

Guenter Grass, ganador del Premio Nobel de Literatura. Foto: Foto AP / Fritz Reiss
El tema entonces saltó a la palestra y el debate no se hizo esperar entre los que condenaron los años de silencio y ocultamiento y pusieron en entredicho la calidad moral de una de las plumas más reconocidas de los últimos años, y entre quienes pidieron indulgencia y comprensión no sólo para Grass, sino para toda una generación que compartió las mismas circunstancias históricas: crecer en medio del nazismo.

En su libro El ayudante antiaéreo. Una generación rota, el historiador Malte Herwig señala que, al término de la guerra, las potencias vencedoras decretaron una amnistía para los jóvenes alemanes nacidos a partir de 1919 que participaron en la guerra. “Pero con los años, la amnistía fue seguida por la amnesia. Y los errores juveniles fueron perdonados y olvidados”, apunta Herwig.

Además de Grass, el también politólogo menciona en su texto nombres que después se volvieron importantes por contribuir destacadamente en la construcción de la nueva república alemana y que, sin embargo, durante sus mocedades sucumbieron a la seductora demagogia de Goebbels, Hitler y compañía, afiliándose incluso al partido nazi. Algunos de ellos son el también escritor Martin Walser, el compositor Hans Werner Henze, el político Hans-Dietrich Genscher, quien durante casi 20 años fue ministro federal; e incluso el mismo Joseph Ratzinger, elegido Papa en 2005 y quien, si bien no fue miembro del partido, sí participó a los 16 años como refuerzo de la fuerza aérea alemana en 1943.

Junto a ellos hubo muchos más. Una generación de hombres y mujeres cuya niñez y adolescencia estuvo impregnada por la pobreza de la posguerra y por la ideología nacionalsocialista.

Niños entusiasmados

A partir de 1943 el ejército alemán comenzó a necesitar refuerzos. En 1942 el avance de los nazis y sus aliados se había detenido: Japón perdía las batallas navales y las tropas europeas del Eje fueron derrotadas en el norte de África y en la decisiva batalla de Stalingrado. Urgían, entonces, los refuerzos para suplir a todos los soldados alemanes que permanentemente eran trasladados desde 1943 a combatir a los frentes oriental y occidental.

En la dirigencia nazi se discutió la posibilidad de llamar a filas a los niños a partir de los 15 años. El ministro de Educación y dirigente del partido nacionalsocialista, Martin Bormann, se opuso a ello. Pero el jefe de Propaganda, Joseph Goebbels, y el Reichsmarschall, Herman Göring, estaban en favor.

Entonces Hitler decidió que serían los alumnos de secundaria y bachillerato quienes ocuparían los espacios en el frente “doméstico”, para que alrededor de 120 mil soldados adultos llenaran, a su vez, los huecos causados por las bajas en el frente oriental.

Fue así que el 15 de febrero de 1943 los primeros 70 mil niños de secundaria juraron luchar con obediencia, valor y lealtad. Fueron tres generaciones completas –los nacidos en 1927, 1928 y 1929– y alrededor de 200 mil niños los que tuvieron que ir a la guerra hasta el final de ésta en mayo de 1945. Sus edades oscilaron entre los 15 y 18 años y su tarea era la de operar los cañones antiaéreos conocidos como flak. Eran, pues, auxiliares de artillería aérea.

Pero además de los flakhelfer, en los últimos meses de la guerra –en octubre de 1944– los nazis crearon el Volksturm, la última formación militar que buscaba apoyar al Ejército alemán (la Wehrmacht). Incluyó a prácticamente todos los hombres, desde los 16 a los 60 años, que tenían la tarea de reforzar las tropas. Las Waffen-SS, la sección armada del grupo paramilitar SS de los nazis, también reclutó a jóvenes, casi niños, al final de la guerra.

Nota de interés:

“Uno simplemente estaba defendiendo a su patria. Y teníamos la idea de que estábamos haciendo algo por ella”, explica Jan-Heinz Schierenbeck, flakhelfer originario de Bremen, en el documental Entre la lucha aérea y los exámenes de latín, y que reúne los testimonios de un grupo de sobrevivientes de esta generación.

“Eran nuestros enemigos. Y con esa idea crecimos, teníamos que ver a esa gente como nuestros enemigos”, dice por su parte Richard Dzikowski.

“Nos sentíamos como soldados y queríamos ser soldados y no sólo ayudantes. Y de hecho lo fuimos, porque entramos totalmente en acción”, expone Gerd-Heinrich Neumann.

Como ellos, muchos de los niños y jóvenes que fueron a la guerra lo hicieron, contrario a lo que se pensara, entusiasmados y orgullosos de poder servir a su patria. Si la propaganda nazi había envuelto a los adultos, los menores –que no conocían más sistema que ese– prácticamente no se cuestionaban nada.

Tras un apresurado entrenamiento de cuatro semanas, la mayoría de ellos lograba dominar el radar y la balística y quedaban listos para operar directamente los cañones antiaéreos. Y es que, para prácticamente todos, la disciplina militar no les era del todo desconocida.

Las chicas relámpago

Desde el inicio de la dictadura el partido nazi convirtió a las Juventudes Hitlerianas (HJ) en la única asociación juvenil reconocida por el Estado. Su tarea era reclutar a todos los niños varones del Reich en edades entre los 10 y 14 años para adoctrinarlos en el espíritu del nacionalsocialismo, educarlos bajo la premisa de lealtad a Hitler y darles una preformación militar.

Para el caso de las niñas, existía la Unión de Niñas (Jungmädelbund) y la Unión Alemana de Chicas (Bund Deutsch Mädel), que agrupaban a las niñas de entre 10 y 14 años y de 14 a 18 años, respectivamente.

Acorde con el concepto nacionalsocialista, las HJ buscaban dominar y homogeneizar el pensamiento de la niñez y juventud en todos los ámbitos de la vida. Y por eso el cumplimiento cabal de las actividades y citas con la organización tenían prioridad sobre cualquier otra cosa, incluida la escuela.

Desde 1944 las mujeres también fueron llamadas al ejército. Las adolescentes se desempeñaron, en su mayoría, como asistentes de noticias y a algunas más –conocidas como blitzmädel o chicas relámpago– se les instruyó en la operación y reparación de los reflectores con los que alumbraban durante las noches y madrugadas a los bombarderos aliados para buscar su derribo.

Hay una estadística oficial que refiere que durante esos últimos años de la guerra cayeron alrededor de 60 mil menores de edad. Pero historiadores e investigadores coinciden en que, aunque se desconoce la cifra exacta, en realidad fueron muchos más.

El alivio

Hans V. quedó ciego sólo unos días antes de la caída de Berlín. Pese al enorme drama de no ver más, el todavía niño de apenas 16 años, a quien el casco y uniforme de guerra le quedaban enormes, sintió alivio y cierto dejo de alegría cuando, herido, fue transportado al hospital. Quedaban atrás los temidos bombarderos estadunidenses que tenían la misión de destruir a los flaks alemanes.

Días después la guerra terminó. Pero Hans V. nunca más recuperó la vista. Sanado de las heridas un par de años después, el aún adolescente tuvo la posibilidad de asistir a un instituto para ciegos en su natal Chemnitz, donde recibió una formación y logró trabajar durante su vida adulta como telefonista y secretario taquimecanógrafo. También se casó y tuvo hijos.

Su historia la cuenta a Proceso Karl Wilmes, quien a los 18 años también, como soldado alemán, perdió la vista durante la guerra.

La historia de Wilmes es similar a todas: entusiasmado con la posibilidad de hacer carrera en la fuerza aérea alemana, como radiotelegrafista, el joven se enroló voluntariamente. Sin embargo, en vez de ser enviado a la Luftwaffe, lo destinaron a la infantería, en la unidad de refuerzo de las tropas en el frente oriental.

“Me fui a la oscuridad el 21 de agosto de 1944 a las 16:55 horas. Después de la comida se registró un ataque del Ejército Rojo y en mis ojos entraron esquirlas”, recuerda con asombrosa lucidez este abuelo, que el 1 de abril cumplió 94 años.

Como Hans V. y muchos más, el joven Karl sintió alivio cuando lo sacaron del frente para trasladarlo a un hospital militar. Durante los días y semanas posteriores sólo lo animaba el hecho de volver a casa, con su familia. Pero la sorpresa fue grande cuando volvió a su natal Gelsenkirchen, en la cuenca del Ruhr: ya no había casas y la ciudad estaba totalmente en ruinas.

“La familia estaba gracias a Dios, pero no había más casa, ni más pueblo. Fue medio año –hasta que terminó la guerra– de andar mudándonos de casa en casa permanentemente porque los constantes bombardeos lo destruían todo”, dice.

Al término de la guerra Wilmes fue sometido a dos operaciones, pero no logró recuperar la vista. Sin embargo, en una de las dos intervenciones conoció a la que se convertiría en su esposa, la enfermera Mía Nolte.

A 75 años de aquello y ya ambos viudos, Hans V. y Karl Wilmes todavía de vez en cuando toman juntos una copa de vino. Estos dos exflakhelfer pasan los últimos años de su vida en la casa de retiro para ciegos de guerra de Brilon-Gudenhagen, en el estado federado de Westfalia del Norte.

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