Zuzi Quatro

Roberto Ponce

 

(apro).-

Toc toc toc.
–¿Quién es?
–Tienes cinco minutos.
Mierda. “Okey”.
Un último chequeo al espejo. Me alboroto el cabello. Colocándome la toalla alrededor de mi cuello, abro la puerta del vestidor, rápidamente brinco las escalinatas hacia el pasillo, cruzo la carpa de los bocadillos, atravieso seguridad, y finalmente voy al mismo túnel donde cierto reconocido dictador fascista caminó para ofrecer uno de sus discursos –un lugar bastante fantasmagórico para andar, con ecos de ¡Heil Hitler! rebotando por las paredes. La alcaldía es de la boscosa Walderbühne, el lugar es Berlín, la fecha el 3 de junio del año 2000, mi cumpleaños el número 50.
Subo al escenario y saludo a la banda. “Hola, chicos. ¿Todo listo?”

Honk honk. Tap tap. Ah ah ah ah ah ah ah. “Probando uno, dos, tres… probando uno, dos, tres”.
“Perfecto. ¡Ahora todos ustedes pongan atención! Quiero su completa concentración esta noche. Cuadren bien los ritmos y síganme con la mirada cual si fueran halcones. Hay 22 mil 300 personas allá afuera y no quiero que cometan ninguna pendejada.”

Me cuelgo el bajo, ajusto tono y el volumen. Bum bum bum. Respiro. Espero. Dios mío, ¡haz que yo les guste esta noche! Ahora, veamos. Primero van “The Wild One”, “Tear Me Apart”, “She’s in Love With You”, bang bang bang, sin parar.

Entonces “Stumblin’ In” con una transición suave a “48 Crash” y sin olvidar que comienza con el golpeteo del bajo nada más. Correcto. “Glycerine Queen” para el solo de bajo, después la partecita de Andy en la bataca. Por el amor de Dios, ¡que no se me olvide esta nueva secuencia! Llega “Can the Can”, “Devil Gate Drive”. Salida en falso. Entrada inmediatamente con el fraseo del requinto para “If You Can’t Give Me Love”, con la sección a capela. ¡Okey, creo que ya está!

El promotor de la gira: “Todos están preparados. Ya pueden presentarla.”
“Que les vaya muy bien. Apúrenle, entren. ¡Pásensela suave!” Por favor, Dios mío, haz que les guste a todos especialmente esta noche pues mis mejores amigos vinieron a verme. Beso a mi marido. “¡Buena suerte, querida!”
“Meine Damen und Herren… here ist Suzi Quatro!”

Gritos. Aclamaciones. Grandes dosis de adrenalina. Corre la cinta introductoria. Chillido de la guitarra. “Oh Suzi Q… oh Suzi Q… oh Suzi Q, baby I love you, my Suzi Q.” (Dale Hawkins) Baterista, saxofonista, pianista, guitarrista, trombonista y el músico de la trompeta aparecen y toman sus sitios. La pequeña Suzi de Detroit toma una larga aspiración y mira hacia los cielos. Y así es que…
Suzi Quatro se adueña del centro del escenario y el espectáculo comienza.

23 de octubre de 2006
Son las 12:23 p.m. No puedo creer que les dije que sí. 90 mil palabras para fines de enero –¿cómo diablos voy a hacer eso? Pero ya firmé el contrato y no hay marcha atrás.
Ahora, ¿cómo voy a escribir? Necesito completo silencio… Bueno, creo que ya sé –¿dónde más podría estar mejor? Menos mal que hice ya aquel trabajo fastidioso y todo lo catalogué. Okey, voy a menear mis nalgas rumbo al tercer piso. “Cuarto del Ego. Cuidado con tu cabeza” –adoro el letrero. Jesús, mira nomás cuántas cosas –videos, DVDs, álbum de recortes, fotos, premios, chamarras de las giras, pases para los camerinos, incluso mi original primer traje de cuero tipo paracaidista cuelga del techo. A veces me parece imposible que haya estado en esta profesión durante 48 años. Ahora, ¿dónde diablos empezaré?

Soy la pequeña Suzi de Detroit. Yo soy Suzi Quatro. Somos las mismas. Somos diferentes. Nací Susan Kay Quatro, Detroit, Michigan, 3 de junio de 1950. Géminis. “Dualidad” es la palabra.
¿Estamos listos? Pues vamos a descorrer el zipper. Primero la pequeña Suzi.

Los años mozos
Qué onda, aquí la pequeña Suzi.
Vivo por el bosque Grossy Pointy Woods, un suburbio muy bello de Detroit, al lado de macarrónicos, salchichagermánicos, polanskis y hungáricos, la penúltima de cinco hijos que tuvieron Art Quatro (italiano) e Ilona Sanisley (húngara), conocida como Helen. Les presento a Arlene, nacida el 24 de noviembre de 1941; Mike, el único hombre, 12 de junio de 1943; Patty, el 10 de marzo de 1947, yo, y la nena Nancy, 29 de agosto de 1953.
La primera en nacer fue mi media hermana Carol, que mi papá procreó “fuera del matrimonio” (¡cabrón!) justo antes de seducir a mamá metiéndole mano en el culo durante un bailongo en un salón local. No le contó de ese bebé sino hasta que ella se enganchó.

Mamá poseía una belleza fuera de serie –altos pómulos húngaros, ojos avellana, una piel blanca, suave y perfecta, mejillas rosa carmesí, y unos amplios dientes blancos (estas dos últimas características las heredé últimos yo) y un culo tremebundo, ¡de allí la metida de mano! Bailaron, la acompañó a su casa, le dio una serenata con su pequeño ukulele, al tiempo que le manifestaba el amor por su propia familia de él. Poco sabía ella lo canalla que era. La virginidad que mamá había preservado a la edad de 25 años pronto se convirtió en polvo. En sus propias palabras, ¡ajo y paprika, oh Dios, qué mezcolanza!

Transcurrieron algunos años. Estamos en 1953, yo tengo tres cuando mi pequeña hermana Nancy llegó del hospital, traída al mundo por cesárea. Tanto la madre como la bebita casi mueren. Todos en el hogar fuimos estrictamente católicos y los doctores se vieron obligados a preguntar: “Señor Quatro, hay un problema, ¿a quién debemos salvar, a la madre o a la hija?” A lo cual él replicó: “¡Carajo, salven a las dos!”. Este es mi recuerdo más antiguo.
Yo veía desde el patio cómo mami salió del carruaje familiar con su nueva adicción meciéndola entre los brazos. Puso a Nancy en su cuna para una siesta –y entonces los celos treparon hasta la cabecera. Colándome sigilosamente en su cuarto, tomé los diminutos dedos perfectos de la mano de mi hermanita y se los mordí.
Me escondí en el baño, riéndome bajito, mientras oía el escándalo:
“¿Qué demonios le pasa a esta niña? ¿Por qué está chillando tanto?”.
Cuatro años después, acostada en esa cama, la culpa se deslizó por el colchón. “Lo siento, Nancy’, grité desde el pasillo. “Dios mío, lo siento”.
–¿De qué me hablas? –respondió Nancy.
–Mira, cuando eras una bebita, te mordí los dedos –le respondí entre sollozos. Me puse a llorar tan fuerte, con ese llanto como cuando no puedes dejar nada de aire en tus pulmones–. ¡Por favor, perdóname! […]

Una noche de 1962
Me puse mis mejores prendas y maquillaje para dizque mi debut.
Estaba cerca la Navidad y había sido invitada a una pijamada en casa de mi amiga Carol. Estaba absolutamente sorprendida por todos los regalos, no sólo bajo el árbol, sino por los apilados en los cuartos. Carol me dijo que iban a abrir uno cada día hasta llegar el 25 de diciembre. Bueno, ellos eran bastante ricos –mansión gigante, muchos automóviles, varios sirvientes–, de hecho una casota típica de la zona pudiente de Grosse Pointe donde se hallaban las residencias.
En fin, hicimos lo de costumbre –comimos pizza, vimos una película con palomitas de maíz– hasta que llegó la hora de dormir, sólo que yo no tenía sueño. No sé cómo fui a dar al sótano donde se hallaba Gregg, el hermano mayor de Carol, escuchando música, y pensé que el buen momento había llegado. Primero bailamos un poco, después puso en el tocadiscos “Half Heaven Half Heartache” de Gene Pitney y comenzamos a besarnos –eso, sólo besarnos. Después de todo, sólo tenía yo 12 años. Esto se prolongó unas cuatro horas con Gene Pitney cantando la misma canción una y otra y otra vez. ¿No te parece fantástico cómo puede una besuquearse tanto cuando se es muy joven? Luego me volví a encontrar con Gregg en Florida hacia el año 2001 y ahora ya tuvo una foto con los dos haciendo lo mismo, ¡besarnos! En 1962 yo llevé a lo largo de seis meses su brazalete de identidad plateado, si bien pronto aquel “romance” mordió el polvo. […]

La rutina de mi papá –levantarse a las 5:30 a.m. para irse a trabajar a la planta, regresar a las 5 p.m., comer rápido, echarse una pestaña cortita, irse a tocar música a las 8 p.m., regresar a casa a la 1 a.m.– significaba que casi no lo veíamos. Cómo demonios tuvo tiempo él para embarazar a mi mamá en ocho ocasiones –ella abortó a tres– es algo que no sé. Mi mamá siempre nos aconsejó que nunca nos casáramos con un músico, ¿por qué entonces ella lo hizo? Yo también lo habría de hacer. Siempre imaginé que papá había hecho lo correcto y que a mi mamá le había tocado el palito más corto del cerillo.

Su vida era cocinar, limpiar y educar a cinco hijos, a la vez que llegó a cuidar hasta ocho niños huérfanos a lo largo de su vida. Realizaba estas labores sin egoísmos, con amor puramente incondicional. Sin embargo, a mí me hubiera gustado verla sonreír verdaderamente al menos en una sola ocasión. El último recuerdo que tengo de ella es que se veía insatisfecha. Si hubiese tenido la oportunidad, habría hecho mucho más con su existencia y mis hermanas están de acuerdo (Mmmm, estoy comenzando a ver el cuadro ahora mismo. Comienzo a entenderte, pequeña Sussie… ¿Por qué no reproduces aquel poema que le escribiste a mami? Creo que es importante.)
“Una Madre”
El rostro de una madre, una cuna más para mecer
El lugar de una madre, un corazón frío que encender
Día tras día, no hay ningún visible placer
¿Habrá manera de aliviar su penar?

Una sonrisa solitaria barre su escoba
Polvo del vacío llenando la habitación
Retratos de chiquillos comparten la pared
Noche a noche caen las sombras
Sobre las estériles semillas de su matriz

Un rostro de madre, tan tierno para acariciar,
Fue la tragedia que necesitaba yo con tanta urgencia.
(Tomado del libro ‘Unzipped: The Original Memoir by Glam Rock Sensation Suzi Quatro’, la primer bajista del rock pesado con fama mundial en los años setenta. Esta biografía, publicada por la artista en 2007 en la editorial londinense Hodder and Stoughton, sirvió para el guión del documental Suzi Q, el cual fue estrenado el año pasado.

Esta entrada fue publicada en Mundo.