«Horas de junio» de Carlos Pellicer

 

(apro).-

Casi al principio del libro “Rupestre”, editado en 2013 gracias a las gestiones del promotor Jorge Pantoja, leemos la siguiente cita escrita por el joven profesor queretano Felipe Cabello Zúñiga –alias “El chino”, debido a su melena rizada:

“Las canciones de Pellicer han sido el proyecto en el que más fe he tenido, en el que más creo, lo he presentado muchos años con lecturas de divas y actrices, la mejor Alejandra Montalvo, mi ex del grupo Teatro La Rendija. En 1987 casi lo concreté en disco con apoyos de la escritora Julieta Campos, cuando gobernó Tabasco con Enrique González Pedrero.”

Disculpen el atrevimiento; pero quien habla es su servidor y autor de la gustada columna “Silencios.Alteraciones”, toda vez que desde 1972 comencé a musicalizar poemas de Carlos Pellicer Cámara, “El poeta de América”, al cual conocí por medio de mi hermano Armando Ponce (coordinador de la sección cultural de la revista Proceso) en su casa de Las Lomas de Chapultepec, durante una de las funciones del “Nacimiento” que Pellicer colocaba año tras año de la Navidad a la Epifanía de Jesucristo. Y más alto… Como cuenta Cabello Zúñiga:

“Entona el primero de los poemas de Carlos Pellicer Cámara, que musicalizó con una guitarra prestada, por septiembre de 1972 para su compañera del grupo 410, Clara Stella Turner Barragán, con la que actuaba cantando en la Prepa 6 de Coyoacán ‘Antonio Caso’. Ella le presentó a Nina Galindo… Beto Ponce conoció a Carlos Pellicer por Armando en 1975. Al oírlo cantar ‘El segador’, Pellicer exclamó: ‘Muy bien, Ponce, siga, va muy bien. No se pierda’…”

El segador, con pausas de música,

segaba la tarde.

Su hoz es tan fina,

que siega las claras espigas y siega la tarde.

Segador que en dorados niveles camina,

con su ruido afilado,

deshojando las finas espigas de oro

echa abajo también el ocaso…

Por aquel año de 1972, también brotó “El sembrador”, que junto a “El segador” son poemas de “verso libre” dedicados a José Vasconcelos, aunque… antes de seguir adelante, deseo platicar algo.

A finales del año 2019, el promotor cultural Arturo Saucedo me hizo el favor de concertar un grato encuentro con la antropóloga Lucina Jiménez López, quien desde 2018 dirige el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). Para ella, autora de los volúmenes Democracia cultural: una conversación a cuatro manos y Teatro & públicos: el lado oscuro de la sala, canté unas cuantas de la veintena de melodías mías con versos de Pellicer. Por primera vez (¡en décadas!) pude comprobar lo sensitiva que es una funcionaria como Lucina Jiménez, dispuesta a difundir esta obra musical pelliceriana entre la población mexicana. Y miren que toqué puertas…

El sembrador sembró la aurora;

su brazo abarcaba el mar.

En su mirada las montañas

podían entrar…

Después de “El segador” y “El sembrador”, fue hasta 1986 cuando otros poemas de Pellicer revivieron para ser cantados al pueblo tabasqueño, tal como cuenta Felipe Cabello Zúñiga en el libro “Rupestre” (Comisión de Cultura y Cinematografía / Conaculta / Ed. Imposible. 159 págs.):

“Armando recita versos de Pellicer como el ‘Nocturno a mi madre’, y pide a Beto Ponce su versión musical del poemario ‘Cosillas para el Nacimiento’, realizada entre 1986 y 1990 durante su estadía en Villahermosa, Tabasco, casado con la tabasqueña Marina Wade García (que conoció el 18 de agosto de 1985, un mes antes de los sismos del jueves 19 de septiembre y quien indirectamente lo salvó de morir en el departamento de Rockdrigo González).”

En realidad, el tema de que uno es responsable de quien le salva la vida es sapo de otro popal; lo cierto es que esa melodía había surgido desde mi estancia en Aarhus, Dinamarca, y el poema de “Cosillas para el Nacimiento” ciertamente es uno de los mejor logrados (Federico Álvarez del Toro dixit), por tratarse de cuartetas cuya prosodia no es difícil de empatar con armonías mayores y menores, facilitando un pegajoso estribillo. Lo alabó Susana Cato (“Ellas: las mujeres del 69” e “Ishjir”, en Ediciones Proceso), quedaría mejor el título de “Pedacitos de cielo” por tratarse del Nacimiento del Niño Jesús:

Por el agua y la tierra,

noche en el aire.

Por el agua del día

vienen los ángeles.

Apenas en el mundo

un Niño cabe:

pedacitos de cielo

son sus pañales.

Como un pájaro nuevo

la noche canta.

Hay palabras y estrellas

en su garganta.

Vivir en selvas tabasqueñas y específicamente, en el barrio de la ceiba de Atasta, no sólo me ayudó a comprender mejor la poesía “tropical” de Pellicer, sino también a sentir las profundidades de la poesía misma. Así, fusioné las influencias de un tal Sebastian, de Dinamarca, y de Gainsbourg a través de la martiniquense Jöelle Ursull, con los ritmos terciarios de los sones y zapateados que fluyeron otra pieza afortunada, alegre, malambolesca: “Mariposa”. Diez líneas nada más, pero hermosas:

Mariposa, flor del aire

peina el área de la rosa.

Todo es así, mariposa,

cuando se vive en el aire.

Y las horas del aire son

las que de las voces vuelan.

Solo en las voces que vuelan

lleva alas el corazón.

Llévalas de aquí, que son

únicas voces que vuelan.

Por ver a mi amada, recorría Villahermosa de extremo a extremo, entre huele de noche y trópico lacustre. Ese caminar sofocante y húmedo me llevaba por la Laguna de las Ilusiones con ecos de un mundo donde todo era sonoridad vital, bajo las estrellas más limpias del universo. De esas andanzas surgió “Yo no sé qué tiene el mar”:

Yo no sé qué tiene el mar,

que se ha vuelto tan callado

desde el último crepúsculo lunar…

Nina Galindo y yo habíamos formado el dueto Callo y Colmillo en el movimiento de rock rupestre, hasta la muerte de Rockdrigo. Conmigo en tierras de “El choco tabasqueño”, varias veces fue a cantar a Tabasco y una de las piezas pellicerianas, intitulada simplemente “Madrigal de Junio” (estilo que tiene más que ver con Chico Ché y los tamborileros de Nacajuca, que con la viola de gamba, obvio, del italiano Claudio Giovanni Monteverdi), le gustó a Nina Galindo –prometiéndole yo que pronto la grabaríamos. ¿Cuándo…?

Si yo te fuera olvidando

todo el amor te daría;

escúchalo y no lo entiendas:

llévelo la poesía…

El valle en junio señala

nuevas orillas.

Vamos a ellas robándolas,

míralas.

Orillas del mes de junio

que en una estatua se aíslan;

La lluvia después le deja

cadáveres de caricias.

Junio te lleva y te trae

con idéntica delicia.

Pensando en ti, se me va,

de junio a junio, la vida.

Era tiempo de comenzar a cantarlas y así las llevé por todo Tabasco, por Chiapas, por Yucatán, por Nepantla; con David Huerta y Roberto Fernández R etamar; con Samuel Gordon y Santa Sabina; en giras promovidas por la Comisión de Radio y Televisión de Tabasco (Corat), donde yo produje montones de programas musicales como “Allá en el Rancho Eléctrico” o “El niño y la radio” (1986-1990), y por el Instituto de Cultura de Tabasco, dirigido por Laura Ramírez Rasgado. Entre el 14 y el 25 de junio en las jornadas “Horas de junio”, del Conjunto Cultural “Carlos Pellicer” de Xochimilco, estrenando el soneto cantado:

Hoy hace un año, Junio, que nos viste,

Desconocidos, juntos, un instante.

Llévame a ese momento de diamante

Que tú en un año has vuelto perla triste.

Álzame hasta la nube que ya existe.

Líbrame de las nubes, adelante…

En aquel festival participó la marimba chiapaneca de mi involvidable y sensacional hermano Zeferino Nandayapa (él me arregló “Cosillas para el nacimiento”), así como la guapa Susana Alexander y el poeta Dionisio Morales con “Práctica de vuelo”. En 1990, con Marina Wade, viajé a Siracusa, Sicilia (Italia), donde en 1928 Pellicer había escrito el poema “A la poesía” que abre su poemario “Camino”, y allá cayó del cielo con una veintena de acordes, en un piano jazz –cerca del cuadro de Caravaggio en la Basilica di Santa Lucia al Sepolcro. Lucina Jiménez afirma que merece una sinfónica…

SABOR de octubre en tus hombros,

de abril tu mano da olor.

Reflejo de cien espejos

tu cuerpo.

Noche en las flautas mi voz.

La vez que la estrenaba en Macuspana, pasó en el camino torrencial Andrés Manuel López Obrador. Años más tarde, cuando fue regente de la Ciudad de México, lo entreviste para Proceso y le entregué dos cassettes: uno con mis piezas de Pellicer, y otro con las de “El choco tabasqueño”. Prometió apoyarme para hacer un disco pelliceriano, cosa que los mismos tabasqueños no me creyeron, supuestamente por mil razones (todas entonces “políticamente correctas”), una que me pegó por hoy obsoleta: quesque la homosexualidad de don Carlos Pellicer Cámara iba en contra del macho tabasqueño. ¡Ay, mojo, maistro…! Como remanso rítmico, troqué a balada rock versos de “Poemas en el mar”. ¡Qué Schubert ni qué ocho cuartos!:

Pintado el cielo en azul.

El mar pintado en azul.

El alma suelta en azul…

Ayer el mar, lleno de represalias,

lanzó sus gladiadores sobre este litoral;

lo mismo que los bárbaros rugiendo en tos de Italia

desmelenadamente devorando la paz.

Y el chunchaquero sonsonete de Karmito y Los Supremos, con la mano de Lázaro de la Corat, del poemario “Recinto y otras imágenes”, pa’ variar:

Tú eres más que mis ojos porque ves

lo que en mis ojos llevo de mi vida.

Y así camino ciego de mí mismo

iluminado por mis ojos que arden

con el fuego de ti.

“Vacaciones de lágrimas” fue un obsequio de Daniel Tuchmann en La Paz, Baja California Sur, así que sobraban canciones. Pero basta de aburrir a mis lectores; total, llevé el espectáculo con lecturas por la Feria del Libro en Monterrey, Nuevo León, a la cual me hizo favor de acudir a verme mi ídolo infantil Eulalio González “El piporro”. Y también llevé a Pellicer por St-Lô, Normandía (Francia), “La capital de las ruinas y del unicornio”, donde grabé en Pianos Le Chevallier con Patrick Servot y Michelle Depince. La última pieza data del comienzo del siglo; Pellicer la escribió en junio 1967:

Si sólo de tus ojos yo tomara

la actitud para ver, sólo a ti viera.

Si yo a tu corazón pudiera entrar,

saldría bien poblado de luceros.

Hay en tu corazón cielo de noche,

lo dicen alto tus ojos, yo lo veo.

Y paseo el destino de mis ojos

sobre el jardín de toda tu persona.

Horas de junio pensando en tus ojos,

en tu sangre tan bella.

El mediodía

y su inmenso estandarte

se inclinan para ti. La poesía

calla, sólo en ti la lluvia cae.

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