El sexo como herramienta de venganza

Ricardo Guzmán Wolfer

La Jornada Semanal

 

El análisis de dos novelas del genial escrito, dramaturgo, poeta y músico, de origen francés, Boris Vian (1920-1959), Escupiré sobre vuestra tumba y Con las mujeres no se puede, dan pie a una muy oportuna reflexión sobre los conflictos raciales, el sexismo y algunas de las barbaridades propiciadas por el capitalismo voraz.
La vigencia de Boris Vian (Francia, 1920-1959), en sus novelas Escupiré sobre vuestra tumba y Con las mujeres no se puede, no sólo deriva de la eficacia narrativa para lograr que el autor se identifique con el narrador, a pesar de ser un violador, asesino y hasta torturador, sino de exponer el proceso mental de quien usa el sexo como arma.

Escupiré… es esquemático en la lucha racial. Basta hacer un personaje con la piel blanca, Lee, a pesar de ser parte de una familia negra donde el racismo ha cobrado víctimas, para modificar el planteamiento: como no parece negro, accede a la sociedad blanca de un pequeño pueblo, donde los jóvenes de clase media son presentados como borrachos y promiscuos, y los de clase alta, además, son pedófilos. Entonces parece adecuado que Lee abuse de ellos emborrachándolos, a pesar de ser menores de edad, y acostándose con las jóvenes. Pero cuando conoce a las hermanas Asquit, de otra localidad y mucho más adineradas, evidencia que el sexo con ambas obedece a un plan para matarlas. Y lo hace, pero paga con su vida.

El esquema maniqueísta se complica. ¿Puede tolerarse la respuesta violenta en una sociedad donde el Estado forma parte de la represión racista? Al final de Escupiré…, con todo y haber sido baleado, Lee es ahorcado. Con su peculiar humor, más evidente en otras novelas, Vian lo plantea como si fuera una peculiar tradición estadunidese que debe respetarse, a pesar de haber sido detenido el asesino por la policía. El Estado racista. ¿Suena conocido? En México, desde hace décadas, las bandas de secuestradores incluyen miembros policíacos o militares en activo o retiro; los cárteles ni se diga. Regiones completas son devastadas bajo la mirada cómplice de la policía. El fenómeno integracionista entre policía, política y delincuencia parece irreversible: los homicidios
y delitos violentos aumentan.

Con las mujeres no se puede es más humorístico, pero de planteamiento visionario. Para atacar la división social, las lesbianas vuelven drogadictas a las jóvenes adineradas para manejar su vida. Pero en contrapartida está Francis Deacon, quien no sólo cuenta con recursos económicos y políticos, también es un depredador sexual que bebe como el que más y no pestañea al rescatar a su amiga, violar a las lesbianas para obtener información y devolver los balazos, las torturas y los sobornos. Todo bajo un discurso plagado de bromas frescas. Vian se emparenta con la literatura negra estadunidese al plantear conflictos sociales, evidenciar las corruptelas en temas de seguros, la policía y los “altos” círculos sociales. Si en Escupiré… se planteaba la lucha racista como inicio del conflicto, en Con las mujeres… no sólo estamos en la franca lucha de los sexos, sino
también en las formas de control entre estratos que, debiendo estar integrados, se confrontan no sólo por el dinero, sino por la posibilidad de imponerse.

Si el discurso sexista se traza de ellas hacia ellos, ellos lo retribuyen cuando Francis y su hermano violan alternadamente a una integrante
de la banda de estafadoras, y resulta que la convierten a la heterosexualidad, como si sólo le hubiera faltado la debida cópula masculina para permanecer en esa “normalidad”. Incluso, ella pide más sexo a ambos; ya no para ver quién puede más, sino porque esa es su verdadera naturaleza. Y el guiño democrático se asoma, pues entonces puede haber usuarios desaforados del sexo en ambos géneros.

Pero el clasismo se desliza en el discurso. Si Francis puede estrellarse voluntariamente, tomar diez mil dólares y hasta acudir a la policía sin el temor de ser detenido, es porque su padre conoce a las personas correctas y además tiene el giro comercial que le permite tener poder en esa sociedad donde el crimen individual forma parte de la cotidianeidad.

A más de cincuenta años de su publicación, ambas novelas nos recuerdan que la denuncia social no está peleada con el humor literario, ni con la necesidad de que el lector participe en resolver los motivos de los personajes. Los protagonistas se presentan como unos pillos que nos remiten a las novelas de aventuras picarescas de muchas latitudes, pero pronto se advierte que Vian no hace unidimensionales a los participantes de sus análisis sociales. La violencia sufrida por negros y lesbianas explica la reacción de rencor y violencia homicida de las novelas, pero nos impone el reto de establecer si también los justifica. Quizá la inmovilidad social nos dé la respuesta. Como en las mejores novelas negras, el dinero manda, pero aquí se plantean algunas consecuencias de ese capitalismo disfrazado de Estado social.

Bajo la óptica de las novelas de Vian, las marchas feministas y su rabia traducida en dañar monumentos y reclamar casi todo, tienen una nueva dimensión. La violencia social está ahí, aunque no se traduzca en cuerpos decapitados y mujeres desaparecidas. El problema es que la violencia se ha diversificado tan irreversiblemente, que muchos minimizan la ausencia de muertos visibles.

*Nacido hace cien años, Boris Vian es un autor que sigue hablando del capitalismo y sus barbaries.

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