El viaje interior de un rey sin diversión

Ricardo Guzmán Wolfer

La Jornada Semanal

 

Comentario a una novela del siglo pasado, ‘Un rey sin diversión’, del escritor francés Jean Giono (1895-1970), en cuya trama parecen convivir, en extraño equilibrio, la extrema crueldad que ejerce un asesino o una bestia en un ámbito rural, con la comprensión e incluso misericordia del policía que es responsable de detenerlos.
Jean Giono (Francia 1895-1970) escribió Un rey sin diversión, hermosa novela bucólica que resulta en un viaje interior, un texto apreciable para quienes suponen que toda aproximación a los asesinos seriales debe estar plagada de sangre o que el enfrentamiento entre hombre y naturaleza requiere una bestia rebelde, o que los encuentros místicos se dan entre rayos y fanfarrias. Bajo la pluma privilegiada de Giono, el asesino salvaje que ha aterrorizado a un pueblo resulta un ser razonable cuando es sorprendido y queda a merced del rey del pueblo, el policía. Igual sucede con el animal sanguinario.

Situada la acción en la campiña francesa, la plácida vida de la comarca en la montaña se ve sacudida por crímenes y desapariciones que escapan a la comprensión de los lugareños por la falta de huellas y de algunos cadáveres. Obligados a pedir auxilio a las autoridades, reciben al inspector Langlois, quien pronto será el personaje central al lado de esa montaña nevada cuyos árboles y campos son en sí mismos una extrapolación de la tierra entera, pero también un lienzo en donde Giono pinta con la suavidad de un impresionista modernizado.

No sólo estamos ante una cápsula de la ruralidad más pintoresca, pues Giono retrata la esencia humana, a veces repleta de inocencia, a veces de incomprensión ante la propia circunstancia. Los campesinos parecen perdidos en la intemporalidad de la soledad rural en lugares lejanos. La búsqueda del asesino se resuelve por azar. Uno de los aldeanos advierte el escondite del asesino, lo sigue, lo identifica y va por el inspector. Langlois lo encuentra, lo aborda y, con peculiar sencillez, salen al campo, donde Langlois le dispara a quemarropa. Sus crímenes son terribles, pero su fin parece misericordioso.

El siguiente depredador será un lobo que también conmueve al pueblo, hasta que el inspector se allega ayuda y logra acorralar al depredador al fondo de una montaña. Giono logra recordarnos novelas clásicas donde el hombre recorre la naturaleza inhóspita, en lucha contra los animales que pelean por su espacio ante la llegada del hombre. Langlois se torna representante de todos los hombres al acercarse de frente al animal y aniquilarlo, como al asesino, en peculiar analogía, con dos balazos a mínima distancia. El último enfrentamiento es con su condición, ya sea por comprender su necesidad de una pareja, ya sea para simplemente dejar la soltería, como exfuncionario. Decidido a casarse, acude con sus dos hermosas amigas de la localidad, una de alcurnia regional y la otra encargada de la posada donde él ha vivido mucho tiempo.

Una trama hilada por tres episodios tangenciales hace de Un rey sin diversión una delicada exposición de ese hombre que primero debe enfrentar y vencer a la crueldad humana, encarnada en ese peculiar asesino múltiple que lo mismo consume a sus víctimas que las desaparece, todo en el interior de un enorme árbol. Así, la naturaleza lo es todo: el refugio del asesino, la esencia de ese hombre, capaz de sacrificar gente y convivir con otros humanos sin levantar sospechas, y el lugar donde la muerte tiene sentido, incluso con muchas víctimas. No hay escenas ni descripciones sangrientas, sólo la brutalidad inherente a cualquier asesinato, pero siempre bajo la mirada del hombre social, núcleo de esta pequeña comunidad. Es Langlois quien da fin a ese asesino y, sin mayor trámite judicial, se excusa ante sus superiores. Es un hombre que comprende la imposibilidad de resarcir la
psique del homicida, la irreversibilidad de sus acciones y la obligación de devolver la calma al pequeño pueblo. Después de esa muerte, la montaña cobija de nuevo a sus habitantes.

El lobo es astuto y voraz, pero es parte de la naturaleza y puede ser eliminado. Langlois, ya entronizado como un conocedor de lo humano entre los residentes del pueblo, es capaz de matar al lobo a quemarropa. Los espectadores admiran su osadía al acercarse a la bestia, pero antes de matarlo, el inspector parece dialogar con él, como si le explicara que podrían haber coexistido en otras condiciones, pero que ahora el inspector está obligado a cumplir el deber de ultimarlo. El lobo ha roto con el equilibrio hombre-naturaleza y lo pagará, aunque esté en su esencia matar y comer seres indefensos, como parecen ser esos habitantes, casi exentos de la aguda mirada del rey Langlois.

En la última línea del libro se cita a Pascal: “un rey sin diversión es un hombre lleno de miserias”. Si el libro se titula “un rey sin diversión” podríamos suponer que el matrimonio del rey con el que cierra el libro parece a las mujeres del pueblo una inexplicable forma fallida de cerrar una vida gloriosa. En voz de ellas se plantean finales alternos. En el último, el hombre fuma un cartucho de dinamita en lugar del cigarro diario, que provoca “una enorme salpicadura de oro” con lo cual la cabeza de Langlois “adoptaba al fin las dimensiones del universo”.

Giono logra un texto de tal placidez que incluso la muerte cobra sentido en la brutalidad humana.

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